Actualizado el 8 de julio de 2011

Rick Rubin

Por: . 1|9|2010

Para Agapito Martínez

Rick RubinLa producción discográfica es una especialidad controvertida que ha dado nombres tan míticos como los de algunos artistas. Las variantes van desde músicos que asumen la responsabilidad y se ubican tras la consola, hasta aquellos personajes que, quizás sin un entrenamiento netamente musical, tienen —no obstante— un aguzado sentido del oído y una (llamémosle) intuición acerca de cómo deben sonar determinados estilos de música. Así tenemos a Sir George Martin, Manfred Eicher, Gustavo Santaolalla, Martin Birch, Eddie Kramer, Alejo Stivel, Brian Eno, Quincy Jones, Ry Cooder: nombres que generan expectativas, o funcionan como “Ábrete Sésamo”. A estos productores los mueve la inquietud, la aventura de probar contextos diversos y ver qué sale de ellos. Hacen de su oficio algo más que grabar y estructurar sesiones. Tienen tanto de arte y dedicación como el más consagrado de los músicos.

Rick Rubin (1963, Nueva York) es un caso aparte. Si se involucró al punk en sus inicios como instrumentista, pronto demostró una absoluta ineptitud, incluso en un estilo que no brilla exactamente por el virtuosismo. Pero ni siquiera tal descalabro lo desanimó. Hizo del estudio de grabaciones su vocación y empezó a producir discos de hip hop a partir de 1983. Un año después creó Def Jam Records que con el tiempo se convertiría en una de las compañías independientes de mayor influencia.

La carta de presentación definitiva de Rubin fue“Walk this way”en su versión de 1986. Su idea de unir la vieja composición del grupo de rock Aerosmith con el hip hop de Run DMC, amén de marcar su pasión por ambos géneros e ilustrar una intención que devendría bandera en su estilo —la combinación de elementos que hasta entonces se consideraban divergentes— propició una dirección desarrollada durante buena parte de la década posterior. La fórmula del llamado rap rock electrizó audiencias, revitalizó carreras y vendió millones de copias. Fue una baza jugada casi al azar, y ya ven lo que salió. El rock de los 90 fue distinto gracias, en alguna medida, a esa sugerencia sorpresiva del productor.

Un vistazo a su agenda en casi un cuarto de siglo permite apreciar una cantidad y diversidad de artistas impresionantes. A riesgo de esquematizar dichas propuestas dividiré sus producciones en tres grupos principales, que no necesariamente se excluyen.

En primer lugar está el hip hop, cuya escena emergente Rick ayudó a definir mediante discos de primera liga, sin tontas distinciones raciales. Si hasta entonces la mayoría de los DJ preferían tomar fragmentos rítmicos de viejos vinilos de funk o de la era disco, el productor insistió en utilizar riffs de rock, y no solo extraerlos de álbumes ya existentes, sino propiciar la interacción directa en el estudio. Así se entienden las presencias de los guitarristas Kerry King (Slayer) y Vernon Reid (Living Colour) en títulos como Licensed to kill (1986) de Beastie Boys, y Yo! Bum rush the show (1987), de los controversiales Public Enemy, respectivamente. Su revolucionaria visión del género ayudó a oxigenarlo, inyectando una intensidad distinta. Rimas combativas o adolescentes ganaron mucho con la inserción de códigos de rock. No fue la solución única, pero transformó patrones.

El rock metalero también cuenta con un cupo importante en su haber. Quizás su labor más reconocida sea con Slayer (casi una decena de álbumes, desde el clásico Reign in blood, de 1986, hasta World painted blood, del año pasado), contribuyendo a identificar un sonido basado en la velocidad y la energía, del thrash al death metal. Entre muchos otros produjo a System Of A Down (Toxicity, 2001), Audioslave, Red Hot Chili Peppers (Blood sugar sex magik, 1991; Californication, 1999), Linkin Park (Minutes to midnight, 2007), Rage Against The Machine, Metallica (Death magnetic, 2008), AC/DC y Slipknot. Incluso, para evitar cualquier acusación de linealidad, está su trabajo para De-Loused in the comatorium (2003) de Mars Volta, colectivo consagrado en los últimos años entre las esperanzas del rock más experimental y que, desde los presupuestos del metal, se abre a referentes multiculturales.

Finalmente hay que hablar de su vínculo con solistas de tendencias varias. Lo mismo se arriesga con cantautores como Lucinda Williams, Donovan, Tom Petty, Sheryl Crow y Jakob Dylan, el pop de Shakira (Fijación oral) y Justin Timberlake, o las músicas no occidentales de Nusrat Fateh Ali Khan. Un momento especial fue el rescate del veterano Johnny Cash. Sus últimos discos dejaron la impronta de un cantante vital y torturado a la vez, todo entrega sin intersticios, repasando un repertorio voluble (Depeche Mode, Beatles, Paul Simon y canciones tradicionales norteamericanas). Rubin supo extraer el máximo de un cantor que ya venía de vuelta de casi todo, cuando nadie apostaba por su resurrección artística.

No es exagerado decir que la producción es un arte. Implica encauzar energías humanas y transformarlas en resultados musicales. Todo indica que la táctica de Rick Rubin está lejos de la intromisión, aunque carece de un método fijo. Sabe escuchar, deja hacer a los músicos y saca el mayor partido posible del sistema de grabación en crudo, mientras se declara reacio a los adornos. Sorprende entonces la forma en que la desnudez de trucos y recursos hace resaltar potencialidades ocultas en las personalidades de cada creador. Por otra parte no sorprende demasiado notar que uno de los denominadores comunes en su discografía es la equilibrada mezcla de ingredientes. No se trata de unir por unir. Hay que poseer agudeza conceptual e imaginación a borbotones, explorar posibilidades y asumir retos.

Como, por ejemplo, insistir en que “Under the bridge”, canción descartada por los integrantes de Red Hot Chili Pepper, fuera incluida en un álbum, para acabar convertida en uno de sus grandes éxitos.

¿Es Rick Rubin una especie de Rey Midas de la producción? No lo creo. Tampoco todas sus apariciones han estado coronadas por el éxito rotundo o la amable cara de la coexistencia pacífica. Los irlandeses de U2 y el cantante Mick Jagger en una de sus entregas como solista, quedaron “puestos y convidados” en cuanto a trabajar de nuevo con él.

Evidentemente hubo sus discordias y encontronazos. Pero a la vez se le reconoce entre los productores más influyentes de las últimas dos décadas, justo un período de reconversiones musicales, cuando parecía que ya todo estaba dicho.

Heavy, country, hip hop, folclor, música incidental para cine, pop: diversidad que ofrece un voto de credibilidad si se sabe trabajar correctamente, combinando tecnología, paciencia, conocimientos y una dosis de riesgo. Lejos de buscar una especialización sonora, Rick Rubin se las arregla para “meterse en camisa de once varas” y salir airoso, sugiriendo, experimentando. En sus propias palabras: “No trato de buscar una nueva estrella, solo hago lo que me gusta”. Y lo hace bien. Ese es su secreto y su piedra filosofal.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados