Actualizado el 8 de julio de 2011

Abel Omar Pérez

Por: . 8|11|2010

Perfume de mujerLa escena del rock cubano a fines del siglo XX estuvo marcada por la diversidad de líneas que coexistían sin conflicto. El grunge alternaba con el progresivo, los cantautores se apuntaban a la estética del sonido eléctrico, el rock melódico exhibía rasgos de madurez, mientras que los estilos más ortodoxos (del hard a las distintas corrientes del metal) ganaban adeptos. Se cantaba en español o inglés, junto a temas instrumentales, el discurso empezaba a transgredir, existía el Patio de María. Hoy todo eso parece algo muy lejano. La homogeneidad es común, el género ganó en institucionalización lo que perdió en espíritu de controversia, y el Maxim funciona como nuevo punto de encuentros.

Pero volvamos a los años 90. Uno de los grupos que se ganó el respeto de sus colegas fue Perfume de Mujer, un colectivo mutante, de vida azarosa, organizado alrededor del multi-instrumentista, compositor y diseñador Abel Omar Pérez (La Habana, 1968). Antes que surgiera esta banda ya había ensayado fórmulas cercanas (más en espíritu que en sonoridad) a finales de los 80, en Cartón Tabla (con Lino García en el bajo eléctrico y las voces, y Pedro Pablo Pedroso en teclados y violín). Una estética emparentada, de modo entre casual y telepático, al Rock en Oposición, definía sus coordenadas, violentando cánones, forzando los límites de la creación a través de la parodia, el pastiche y un amago de virtuosismo instrumental. Solo una grabación formal (“Trilogía”) sobrevivió de esos años.

Para Abel el paso siguiente fue armar Perfume de Mujer. Siguiendo los códigos menos manidos del underground (de hecho la banda comenzó en el sótano del Palacio Central de Computación: más subterráneo, imposible) su música se apartó tanto del paliducho pop de la época, como del thrash cada vez más duro. Sin embargo, sus primeras piezas (“Chimenea”, “En la arena”) dieron paso, poco a poco, a un estilo más incisivo, marcado por influencias varias, pero ajeno a la imitación burda. En este sentido me gustaría señalar un rasgo que resulta vital en su quehacer: la improvisación. Se trata de un terreno poco utilizado en el rock cubano, pero que abre estímulos si se transita bien. La creación espontánea oxigena ideas, como dejarse llevar por un flujo de emociones que reacciona a los más leves cambios rítmicos o armónicos. Justo ese elemento fue crucial para poner un acento diferente en la labor que protagonizaba.

Conciertos temáticos como La Última Cena (Sinagoga de 17 y E, enero 1995), Aquarium (Casa de las Américas, junio 1995), Sinfonía, mujeres y dinero (Sala Atril, abril 1996) y Estado Mayor (México, diciembre 1996) ilustraron otra de las constantes en su proyección. Espectáculos concebidos con economía de recursos pero una sorprendente carga conceptual que contemplaba escenografía, ambientación y disfraces como apoyatura de lo sonoro. Por suerte, parte de su obra apareció publicada a través del sello independiente mexicano Luna Negra en su colección “Variaciones en la cuerda”. Perfume de Mujer (1996), Pollos de granja (1998) y El monólogo del caracol (2000) conforman la trilogía oficial de discos. Además, algunas piezas se incluyeron en compilatorios de la propia compañía (Pangea) o de la revista española Margen (en la serie Músicas desde el abismo). Claro, ninguno de estos discos tuvo circulación en Cuba: apenas unas copias pasaron de mano en mano entre amigos y conocidos, alcanzando una intermitente difusión.

Considero Pollos de granja uno de los trabajos más interesantes del rock hecho en Cuba en cualquier tiempo. Grabado contrarreloj, en maratónicas sesiones con una multipista prestada; la contundencia rítmica y los matices aportados por la dupla de guitarras se unen a los dibujos de teclados y los inquietantes textos. Buena parte de las claves para entender cómo estos músicos veían la realidad social cubana de esos años, aparecen ahí. Desilusión, rabia, mesura, optimismo y hasta un candor inocultable, sobrevuelan unos versos ansiosos, musitados más que cantados, en capas de voces que se superponen. El equipo de instrumentistas que apoyó a Abel (que cantó y tocó el bajo) lo integraron Igor Urquiza y Landy Bernal en guitarras, Leo Rodríguez a la batería, y Pedro Pablo Pedroso en teclados y violín, además de contar con las contribuciones de Raúl Ciro y Yalica Jo (voces) y el flautista Manuel Clúa. Para los interesados, recomiendo la escucha de piezas como “Flemas” y “Morrison Hotel”. Esta última funciona cual muestrario de referencias diversas, tanto en el aspecto lírico como en lo netamente musical.

Así como ese fue un álbum abierto, el disco siguiente mostró un contraste total. Desde el propio título ya se marcaban las distancias. Donde antes hubo diálogo, reflejado en la interrelación conseguida a golpe de ensayos por un quinteto deseoso de explorar, ahora el grupo (en realidad solo Abel, quien cargó el peso de composición e instrumentación, junto a Igor en la guitarra) se sumergía en un monólogo, y para colmo, “de un caracol”. Las polimitas funcionaban como detonantes para temas sobrios, con la electrónica y las secuencias programadas en franca recuperación de protagonismo. Sin embargo, yo lo veo como su respuesta (desgarrada, visceral) ante la masiva implosión de un entorno cada vez más incomprensible, cercano y lejano a la vez. La sensibilidad halló un paradójico canal de salida en el hermetismo. Un disco difícil, como la vida misma. Ya lo había dicho antes: “Fabricamos un Arte especial en un medio hostil a los soñadores”.

Tras esa aventura llegó el silencio. Unos pocos conciertos, entre el caos y el alucine, sirvieron de colofón para una banda que se desmantelaba poco a poco, aunque Abel ha proseguido componiendo y grabando en la inspiración de la soledad. La obra que sigue inédita, refleja oasis de introspección, revisiones a temas de Leo Brouwer y Alejandro García Caturla, vueltas de tuerca a la misma revulsiva poesía de siempre, y una mayor apuesta por la crudeza sonora junto al minimalismo de medios.

Como adición a los trabajos que he mencionado hasta aquí, también están experiencias varias, a veces solo coyunturales, como las apariciones breves junto a Polito Ibáñez, Los Gens, Naranja Mecánica o Zeus, y la música para teatro y audiovisuales (como el filme Frutas en el café, de Humberto Padrón). También están Sebastián El Toro y Queso. El primero fue una reunión de amigos para desarrollar extensas improvisaciones entre la electrónica y la psicodelia, mientras el segundo consistió en un proyecto con Raúl Ciro (ex Superávit) para un disco repleto de momentos tan destacables como “Paisaje cubano del día que me quieras”, “Viña 95” o “Tres de un perfecto par”, y que, para variar, tampoco se llegó a publicar.

Tras una larga ausencia de la escena activa, Abel Omar ha comenzado a ensayar tímidamente un regreso, saliendo de su concha (él, también, caracol). Solo queda esperar su nueva música, y cómo se insertará en unos tiempos que se rigen por pulsos bien distintos. Todavía confío en su capacidad para sorprendernos. Espero que lo haga.

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