Actualizado el 8 de julio de 2011

Trilok Gurtu

Por: . 16|12|2010

Para Luis Molé

Para los efectos del comercio discográfico y las estrategias de ventas, el término “música del mundo” (o “world music”) tiende a englobar artistas, obras y líneas sonoras muy diversas que, en su mayoría, provienen del entorno no anglosajón. Nomenclatura discriminatoria, solo enfatiza en la “otredad” de un hecho musical, cobijando sin distinciones ragas hindúes y trova tradicional cubana, bossa del Brasil, gamelan, cantos polinesios o de pigmeos africanos y folclores varios, vengan de donde vengan; a veces en el estado más “puro” posible, o también mezclado con ingredientes del moderno espectro Pop.

Incluidos en esa especie de “camisa de fuerza cultural” pero imponiendo sus personalidades creativas a contracorriente, sobresalen nombres que, por distintos factores, han alcanzado una masividad fuera de serie. Uno de esos es el percusionista, cantante y compositor indio Trilok Gurtu (Bombay, octubre de 1951), con antecedentes en los terrenos del jazz y el rock, pero que se sigue considerando a sí mismo un tradicionalista, igual que cuando inició su acercamiento a la música, con apenas cinco años de edad.

Aunque comenzó en los años 70 a hacerse sentir fuera de su país, su consagración llegó en el Trío del guitarrista británico John McLaughlin, que lo acercó a escenarios internacionales, mientras exploraba al máximo las posibilidades de fusionar sus conceptos musicales en un formato pequeño de jazz. No fue esa su primera incursión en grande, pero sí la última vez que formó parte estable de un grupo ajeno. Desde entonces su trayectoria se bifurcó, entre la proyección personal, marcada por discos y actuaciones, y las colaboraciones con otros.

Integró importantes colectivos asociados a tendencias de fusión (Embryo, Oregon, Tabla Beat Science), a la vez que sigue figurando en grabaciones de personajes dispares: Jack Bruce, Alfred Harth, Terje Rypdal, Don Cherry, Gilberto Gil, Mark Nauseef, Jan Garbarek, Dulce Pontes, Freddy Studer, Bill Laswell, Nguyen Le, Joe Zawinul y el dueto de María Joao y Mario Laginha, entre muchos más. Del fado a la improvisación, de la canción a la electrónica, del rock a la música ambiental, su divisa parece ser la libertad de los sonidos, y el placer de convivir con ellos. Alternando entre la batería convencional y las percusiones más eclécticas se convirtió en piedra angular de múltiples proyectos, avalado por la precisión y maestría de su arte, y todo lo que fue aportando a cada experiencia. Géneros y estilos bien distintos le exigían adaptarse y contribuir a la vez, algo que él aceptaba encantado. Por otra parte, la vocación multicultural resultaba obvia, e incluso se reflejaría también en su discografía, donde junto a guitarristas de jazz o rock como Gary Moore, Pat Metheny, Steve Lukather y Roland Cabezas hallamos las voces del colectivo mogol Tuvan Throat Singers, Angelique Kidjo o su misma madre, Shobha Gurtu, una de las más destacadas en la India.

Hablando de sus álbumes, Trilok debuta como solista en 1987 con Usfret, todavía indeciso entre la tradición más desnuda y los acercamientos multigenéricos. A partir de allí despliega casi una veintena de títulos entre los cuales brillan Crazy saints (1993), The glimpse (1997), African fantasy (2000), Remembrance (2002), Broken rhythms (2004), Farakala (2006) y Massical (2009). Si bien se puede establecer un hilo conductor que pasa a través de todos estos fonogramas (ese exhaustivo recorrido por las posibilidades de las percusiones), los mismos muestran a la vez una diversidad de tonos y colores que evitan la reiteración. Esto se refleja sobre todo en sus composiciones, donde huye del folclorismo y consigue piezas de alto vigor rítmico y melodías bien construidas. Mencionaré solo unos ejemplos, diseminados en sus álbumes: “Seven notes to heaven”, “Kathak”, “Offering”, “Believe”, “Shunyai”, “Blessing in disguise”, “Kuruksetra” y “Etnosur”, que sobresalen junto a temas de otros autores (como “Ballad for two musicians”, de Zawinul) y arreglos modernizados de obras tradicionales. La presencia de la electrónica (guitarras, bajo, teclados) se une al componente acústico (saxofón, violín, cello, flauta, piano) en un equilibrio de tensiones que subraya la subyugante cualidad de su obra, concebida casi siempre para grupos pequeños. Sin embargo también ha grabado con orquesta, conjunto de cámara o ensambles mayores sin perder su toque personal. De algún modo transmite alegría, vitalidad, swing y humor, incluso en los contextos más adustos.

Como percusionista destaca entre los más completos de estos tiempos. No es solamente un impresionante intérprete de la batería, sino que forja su estilo mediante la combinación de esta con una amplia gama de instrumentos provenientes de diferentes zonas geográficas y que pueden ser percutidos, frotados o sacudidos. Comenzó con las tablas (ese singular conjunto de dos pequeños tambores hindúes, productores indistintamente de ritmos y sonidos armónicos según se golpee con los dedos en el borde o el centro, o se haga un movimiento deslizante con la muñeca sobre el parche, y que tiene también maestros como Zakir Hussain y Ustad Allah Rahka) mientras emplea otros (africanos, asiáticos, americanos) como la kanjira (especie de pandereta), el dhol (tambor cerrado que se toca con baquetas), el udu (aerófono de vibraciones), la kalimba, el djembé, el madal nepalés, el tambor de agua, las percusiones hechas de metal, el tímpani sinfónico, las congas o tumbadoras, y más. La vocalización onomatopéyica, imitando sonidos de percusión (como en la pieza “Havatight”), es otro de los recursos de los cuales se vale para enriquecer su propuesta. Tal variedad no es gratuita, todo tiene una función dentro de su música; nada está diseñado para buscar un efectismo barato. La utilización es precisa, fruto del estudio sistemático y el conocimiento que eso conlleva. Además, el modo de alternar los golpes con manos y con baquetas es parte de ese interés por huir de la mera responsabilidad rítmica y ofrecer texturas diversas.

Acceder a la música de Trilok es entrar en un mundo de hondas implicaciones filosóficas, donde los sonidos expresan un conocimiento ancestral que enfatiza la voz del espíritu por encima de cualquier consideración material. Tal vez de ahí venga la posición del percusionista que marca distancia respecto a muchos de sus colegas y, por supuesto, a la homogenización que promueve el mercado. Cada una de sus intervenciones en fruto de la interiorización de lo que se quiere decir, un proceso expresivo que pretende ir más allá de la mera reproducción de sonidos. Aunque jazz, rock y funk subyacen en buena cantidad de sus trabajos, no se considera un intérprete de tales géneros. Por ejemplo, enfoca la improvisación desde la perspectiva de la tradición india, donde los envolventes sustratos melódicos y polirrítmicos van surgiendo de manera espontánea entre instrumentistas y cantantes, pero con una connotación que no resulta exclusiva del jazz, sino mucho más antigua. Durante siglos ha sido una de las formas para comunicarse con Dios. Pero incluso si descontamos las consideraciones religiosas, es también música profundamente terrenal, hondo pozo de alegría que derriba fronteras, y lenguaje transmisor que emana desde unos pocos iniciados hasta todos aquellos que aún sin comprender su dimensión exacta se rinden a su embrujo, milenario y actual a la vez.

Junto a nombres como Nana Vasconcelos, Glen Velez, Mino Cinelu, Roberto Vizcaíno, Tino Di Geraldo, Airto Moreira, Ramiro Mussoto, Stomu Yamashta, Pavel Fajt y otros, Trilok Gurtu representa en la actualidad uno de los imprescindibles en el mundo de las percusiones. Su obra ya ejerce como influencia para otros, que lo toman como punto de referencia no solo en el aspecto musical sino por su posición estética, alejada del exotismo usado como gancho en las megaproducciones del Pop y también de esa homogenización aséptica que se esconde bajo el ya citado rótulo de “world music”. Asimilando patrones y giros de culturas disímiles contribuye a enriquecer su propia tradición, suerte de espiral eterna. Como él mismo expresa, su credo apunta a “construir puentes, no hacer barreras”, magnífica manera de recordarnos que la música no tiene banderas. Por eso en su pulso se escucha el más nuestro latido global.

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