Actualizado el 8 de julio de 2011

Fred Frith

Por: . 23|2|2011

Para Landy, Lino, Pedro y Abel

¿La función del arte: expresión o comunicación? ¿Dónde se sitúa la frontera entre ruido y música? ¿Es la creación un proceso, o su resultante? ¿Qué tienen en común las vanguardias del siglo XX (Cage, Varése, Schoenberg) con el blues y el rock? ¿La improvisación es libertad o subterfugio? ¿Tiene la música instrumental un mensaje específico? Tal vez muchas de estas preguntas afloren a la hora de acercarse a la obra de Fred Frith (Gran Bretaña, febrero de 1949), guitarrista y compositor todo terreno, una de las figuras claves del “rock en oposición” desde los años 70, aunque su influencia trascienda tal término. Con una discografía que supera el medio millar de títulos, entre álbumes personales, producciones y contribuciones varias, su papel como creador reivindica posturas concebidas a contracorriente del mercado. O por lo menos lo intenta.

Frith se dio a conocer formando parte de Henry Cow, banda británica que en su momento representó una avanzada inclasificable. Su mezcla de rock, algo de jazz, improvisación, música de cámara e incursiones en las técnicas electroacústicas, dejó discos abiertamente rompedores como Leg end (1973), Unrest (1974) y Western culture (1980) dominados por el discurso instrumental, junto a In praise of learning (1975), con presencia vocal. Como signo de la profunda comunidad de intereses que marcaba al colectivo, tras la separación, y partiendo desde el proyecto Art Bears en adelante, el guitarrista se sigue reuniendo hasta la actualidad con sus miembros básicos (Chris Cutler, Lindsay Cooper, John Greaves, Tim Hodgkinson, Dagmar Krause) en álbumes y conciertos.

Para seguir los sinuosos meandros que adoptó la posterior trayectoria de Fred Frith conviene no perder de vista esos álbumes mencionados, donde ya afloraban algunas de las constantes de su obra. Una postura política de izquierda, el espíritu investigador no desprovisto de cierto radicalismo, la exploración de efectos y defectos de la tecnología, son señas de identidad que lo distinguen todavía. Sin embargo, cuando vamos a su instrumento principal (pues también toca violín, teclados y bajo) definir alguna marca distintiva de su estilo es difícil. Frith es un visionario de las posibilidades de la guitarra eléctrica. Sus innovaciones van por derroteros insospechados, como acostarla en una mesa y percutir las cuerdas con los objetos más heteróclitos (piedras, semillas, cintas metálicas, cepillos, baquetas de batería), manipular pedales de distorsión y controles de volumen en forma (aparentemente) caótica, variar las afinaciones —incluso mientras toca, y más. También hay espacio para el mal funcionamiento humano o tecnológico. La máxima “no hay error en la música” toma un viso nuevo: una nota que pueda sonar “equivocada”, o el empleo disfuncional de instrumentos y maquinarias, sirven a menudo como estimulante punto de partida hacia otros universos sonoros. Quebrar las reglas, voltear patas arriba los conceptos esquematizados por convencionalismos.

Aquí recuerdo dos frases que parecen estar detrás de estas actitudes: “la tradición no son cincuenta años de malos hábitos” decía Varése, mientras nuestro Leo Brouwer recordaba también que “la tradición se rompe, pero cuesta trabajo”. Claro, si se lo propone o si la ocasión lo demanda, Fred toca de manera más o menos “normal”, y quizás esa dicotomía entre lo convencional y su reverso sea lo que lo personalizó muy rápido en un decenio plagado de intérpretes de las seis cuerdas (Page, Clapton, Fripp, Lee, Blackmore, Howe, Beck), desde que en 1974 publicara su primer disco, Guitar solos, que todavía se considera un hito.

La simultaneidad de propuestas es una de sus características, llevando de forma paralela sus apariciones como integrante de grupos y su labor como solista. En realidad, después de Henry Cow y Art Bears sus incursiones en colectivos han sido esporádicas. Con Massacre, demoledor trío junto a Bill Laswell en el bajo y Charles Hayward reemplazando al baterista original Fred Maher, grabó una tetralogía de álbumes que apuntaló el llamado “sonido downtown de Nueva York”, mezcla de dinamismo punk, estética ruidista y energía rock a la enésima potencia. Skeleton Crew pasó de dúo a trío (con Zeena Parkins y Tom Cora) para sus discos de 1984 y 1986, mientras Keep The Dog y Maybe Monday fueron experiencias breves aunque aportaran ingredientes de vitalidad y colorido. Por otra parte el Fred Frith Guitar Quartet giró en torno a composiciones escritas solo para guitarras eléctricas. Finalmente está su grupo más reciente, Cosa Brava, donde estructuras de rock, espontaneidad y sonidos mutantes muestran que Frith sigue aprovechando las ventajas de interactuar con músicos jóvenes o veteranos. En su condición de productor fue baza fundamental para los norteamericanos The Muffins (185) y los franceses Etron Fou Leloublan (Les poumons gonflés), entre otros. Sus apariciones en discos de Robert Wyatt, Brian Eno, Mike Oldfield, Material y The Residents se complementan con dúos eventuales junto a personajes tan iconoclastas como Anthony Braxton, Derek Bailey, John Zorn, Keiji Haino, Rene Lussier, Paolo Angeli, Marc Ribot, Ferdinand Richard y Henry Kaiser, además de sus ex–colegas de Henry Cow, Hodgkinson y Cutler. De hecho, en 1993 estuvimos a punto de tener en Cuba al dueto de Frith y Cutler, en el Festival de Música Electroacústica “Primavera en Varadero”, pero la negativa del British Council a financiar el viaje frustró ese intento. Un par de años después, sin embargo, la obra del guitarrista fue tema del documental Step across the border, exhibido como parte de una muestra de cine suizo en La Habana.

La lista de sus discos es inmensa. Gravity (1980), Speechless (1981) y The technology of tears (1988) pueden servir como tríada fundamental, ya que contienen algo así como el código genético de su música. Pero álbumes como Pacifica (1994, con textos de Pablo Neruda), Allies (1996), The previous evening (1997), Accidental (2002) o The happy end problem (2006) son ventanas a la pluralidad de su propuesta. De todos modos su impacto no se reduce a esa perenne búsqueda de texturas guitarreras, ni a su pasión por la música improvisada o la energía cinética del rock. Frith es un compositor que escribe para conjuntos varios (el Modern Ensemble, o los cuartetos ROVA y Arditti —de saxofones y cuerdas, respectivamente—, por ejemplo), así como partituras para danza, teatro y medios audiovisuales.

Las dificultades armónicas, rítmicas y melódicas las convierten en auténticos desafíos para los ejecutantes, y eso aumenta proporcionalmente su atractivo (“solo lo difícil es estimulante”, decía Lezama). Además se hace evidente su intención de dinamitar barreras genéricas, al incorporar esencias varias, como la música gitana centroeuropea, el gamelán balinés o la electrónica acérrima en un entramado de tensiones y silencios, que a veces se sitúa apenas en el umbral de la posible percepción humana.

Es curioso que a pesar de su acercamiento autodidacta al instrumento y su nula formación académica, Fred Frith no solo sea un reputado profesor en prestigiosos colegios de música, sino que también dicta conferencias, participa en talleres y clases demostrativas, y escribe artículos para revistas especializadas, con un lenguaje que bebe tanto de lo estrictamente musical como de la filosofía y la sociología, además de mantenerse al tanto de los progresos tecnológicos, sin volverse esclavo de los mismos. Además, lleva adelante Fred Records, su propia disquera independiente con la cual canaliza su catálogo más reciente y grabaciones de archivos, toda vez que las transnacionales dominantes, por supuesto, no tienen interés alguno en alguien tan poco vendedor.

Con su aire de tipo despreocupado y trotamundos, pero totalmente consciente de la necesidad de enfrentar argumentos de creatividad ante una cultura musical cada vez más globalizada y estéril, Fred Frith ocupa un sitio privilegiado en la historia contemporánea. Surgido del movimiento de rescate del blues en Inglaterra, transitó por todas las etapas del rock, se abrió a impresiones diferentes tomando de cada una lo que se ajustaba a sus ideas, puso a un lado la utopía desmembrada por la realidad más caníbal, y enfrentó los nuevos tiempos con la tranquilidad, no del reconocimiento popular con sus veleidades, pero sí de sus colegas más aventurados, aunque sin perder ni una onza de su espíritu de transgresión. Con Fred Frith, sin dudas, la guitarra nunca volvió a ser la misma.

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