Actualizado el 24 de julio de 2011

Joaquín Sabina

Por: . 11|4|2011

Para Eduardo Vázquez Pérez

La canción española, heredera de una larga historia marcada por decenas de influencias, alcanzó uno de sus puntos álgidos en los años 60 del siglo pasado. Serrat, Raimon, Paco Ibáñez, María del Mar Bonet, Luis Eduardo Aute, devinieron nombre de referencia desde entonces. El término “cantautor” los definió, más allá de las lógicas diferencias personales, y centenares de émulos han seguido sus pasos con mejor o peor suerte. En ese contexto Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, febrero de 1949) es un capítulo singular. Mientras que la mayoría de sus antecesores se apoyaban en la chanson francesa o la tradición nacional, con cierta inclinación hacia un formalismo tanto composicional como de proyección, Joaquín eligió el lenguaje lúdico del rock para aderezar sus canciones. Luego se abriría a otros rumbos sonoros, pero ya desde temprano destacó entre sus congéneres por la manera directa y callejera de decir las cosas, más próximo a los Rolling Stones que a Jacques Brel.

Tras estudiar Filología Románica, salvar su cuota de anarquía existencial y antifranquista, y peregrinar unos influyentes años en Londres, se inició en la música profesional (dejando atrás tempranos escarceos adolescentes) y pronto se asoció a Javier Krahe y Alberto Pérez para compartir recitales en La Mandrágora, sitio que devino mítico y catapultó su trayectoria artística. Sus primeros álbumes, sin embargo, carecen de la fuerza y nivel de producción que alcanzaría más adelante, a pesar de incluir algunas canciones memorables y que sirvieron para ubicarlo en el panorama nacional. El verdadero despegue se insinúa en Hotel, dulce hotel (1987) para desembocar en esa tetralogía imprescindible para cualquiera mínimamente aficionado a su música, que son El hombre del traje gris (1988), Mentiras piadosas (1990), Física y química (1992) y Esta boca es mía (1994). Desde entonces ha insistido en una manera de contar (y cantar) haciendo oficio ya con una mayor curiosidad sonora, explorando ritmos y melodías de medio mundo. El directo Nos sobran los motivos (1999) es resumen perfecto de esa etapa, con lecturas nuevas a temas ya conocidos (como la sonera “Medias negras”). También están sus duetos discográficos con Fito Páez (Enemigos íntimos, 1998) y Joan Manuel Serrat (Dos pájaros de un tiro, 2007), así como un largo etcétera de colaboraciones y discos propios recientes (Alivio de luto, 2005; Vinagre y rosas, 2009) cuyo impacto comercial y amplitud de miras lo colocan entre los exponentes más destacados de la nueva canción en castellano.

Con los guitarristas Pancho Varona y Antonio García de Diego conforma un poderoso tándem de creación, responsable de buena parte de su catálogo, y donde por supuesto se evidencia el lado fuerte de Joaquín: los textos. En la música mezclan copla, rock & roll, blues, flamenco, ranchera, merengue, rumba, tango y son, mientras van mudando de lo eléctrico a lo acústico. Una voz que suena a madrugadas, alcoholes y sustancias “políticamente incorrectas”, y que tal vez no funcionaría en otro, le sirve para transmitir ese zumo de complicidad que nos hace partícipes de sus canciones. Comunica dolor, hastío, ternura, irreverencia, rabia, ironía, dudas, humor, desencanto. Se mete en la piel de sus personajes al describir conflictos, pérdidas y ganancias de una vida casi siempre en los bordes. Hay un interesante protagonismo de los perdedores y marginales, y esto lo conecta con las historias cantadas en el blues, por ejemplo; así como con un segmento de la narrativa romántica donde los conceptos sociales de “buenos” y “malos” son intercambiables. Canciones como “Y nos dieron las 10”, “Calle Melancolía”, “Pacto entre caballeros”, “19 días y 500 noches”, “69.G”, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, “Yo me bajo en Atocha”, “Donde habita el olvido”, “Tiramisú de limón”, “Con la frente marchita”, “Gulliver”, elegidas casi al azar, ilustran la gama temática y las construcciones poéticas fundamentales en su obra. También algunos de sus temas tienen interpretaciones antológicas en otras voces. Ahí están Ana Belén cantando “A la sombra de un león”, Juan Carlos Baglietto con “Eclipse de mar”, o Antonio Flores en “Pongamos que hablo de Madrid”. Por su parte, lo mismo musicaliza a Neruda o poetas del romancero español, que canta a Brassens, Dylan, y sus amigos de copas y emociones.

El constante rejuego intelectual que propone en sus textos, con alusiones que toman tanto de la sabiduría de extracción popular como de la historia o la cultura global mediática, brilla en una serie de frases memorables, de las cuales entresaco esta, suerte de verdad medular y no siempre recordada a tiempo: “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Por otra parte, figuras como Debussy, Al Pacino, Lenin, Freud, Joan Manuel, Steve McQueen, Evita, B. B. King, Almodóvar, Machín, Zsa Zsa Gabor, son descontextualizados, subvertidos o reubicados como motivos identificadores. Realidad y fantasía, pasado y presente, comparten cama en su poética. A veces muestra un toque de cinismo para desarmar fetiches sociales (“a mí las moralinas me hacen vomitar”, asegura), en “Rap del optimista”, “El muro de Berlín”, y otras. Ladrones, borrachos, prostitutas, amantes infieles, conductores suicidas, travestís, pequeños seres cotidianos venidos a menos, pueblan sus canciones. Desde los sonetos de Quevedo a los álbumes de Joaquín se puede rastrear la historia cambiante y eterna de la picaresca española.

Además de sus visitas a Cuba, Sabina ha trabajado con instrumentistas de la isla como Sergio Castillo y Tito Duarte, y escrito temas junto a Pablo Milanés (“La canción más hermosa del mundo”, “Una canción para La Magdalena”), Carlos Varela (“Tan joven y tan viejo”) y Santiago Feliú (“Ayer, pasado mañana”). Mención aparte para Frank Delgado por el peculiar acercamiento al bardo español. Muchos recuerdan la apropiación que el trovador hiciera de “Así estoy yo sin ti”, años atrás, alterando el texto original para retratar una realidad cubana, o la inclusión de “19 días y 500 noches” en sus recitales. Pero mejor aún es su tema “Cuatro para dos” (más conocido por el título “Con Sabina en el Vedado”) donde describe un imaginario encuentro con el llamado Rey del Vicio y las peripecias que ambos enfrentan en una Habana bohemia y desinhibida. Sin embargo, aunque Joaquín es a menudo citado como influencia por muchos compositores cubanos, en verdad no se percibe una conexión estilística directa en la mayoría de los casos, sino más como un referente motivador.

Composiciones para cine, versiones a temas de otros, varios tomos de poesía (Ciento volando de catorce se presentó años atrás en una Feria del Libro en La Habana), obras en coautoría con el subcomandante Marcos, Javier Vargas e Hilario Camacho, grabaciones junto a Charly García, Rocío Dúrcal, Rosendo, Manu Chao, Miguel Ríos y muchos más, producciones (Los Chichos, María Jiménez), tributos, campañas benéficas, colaboraciones en revistas: realmente una carrera agitada y diversa. Tanta exposición pública a veces lo coloca en las miras de sus detractores, pero son escaramuzas de las cuales escapa con apenas unos rasguños. De antiguo insumiso, a ser condecorado por el propio Rey de España, el devenir de Joaquín Sabina es el de un poeta y cantor que ha labrado el camino rompiendo esquemas y exponiendo el pellejo de su corazón. Si no siempre ha acertado, si levanta ronchas y aplausos a la misma vez, eso solo indica el riesgo inevitable de la condición humana.

Polémico muchas veces, cuestionado por la exaltación de ciertos tópicos “tabúes”, Joaquín Sabina no juega a las virtudes y defectos. Más bien asume retos, concilia vocaciones, se declara un habitante y cronista de su ahora, un simple ADN intransferible aunque deje jirones de su Yo en sus escritos, un narrador de los límites y sus consecuencias. Poeta de los bordes de la calle, interesado más en el resplandor de sus oscuridades, que en los primeros planos de un sol artificial, nos canta algunas de esas situaciones por las que casi todos hemos pasado (o querido pasar) una vez. Ahí radica, quizás, la belleza de sus canciones, el inefable protagonismo de la otra cara de cualquier vida. Incluso la del pirata cojo, sentado en el bulevar de los sueños rotos, haciendo el cuento de nunca empezar.

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