Actualizado el 3 de junio de 2011

Van Morrison

Por: . 14|5|2011

Para Matxitxa

No siempre ha vivido en su Irlanda natal, pero Van Morrison (Belfast, agosto de 1945) es algo así como el epítome de esa tierra. Cantante y compositor de largo historial, siempre se las arregla para volver una y otra vez sobre las tradiciones musicales y narrativas de su país. Los sonidos celtas y cierta fascinación por la mística nacional han ido jalonando su obra, sin caer —por suerte— en un folclorismo estéril. Sucede que Van es también fruto de otras culturas entremezcladas, que aprendió a degustar desde edad temprana, y que hoy forman parte integral de su cancionero. A estas alturas es todo un veterano, pero su capacidad de investigación y reelaboración de influencias es el cimiento vital de un devenir que se aprecia en constante actualización.

Después de escaramuzas juveniles tocando saxo en bandas de tercera categoría, pasó al frente de Them, el primer gran aporte irlandés al rock internacional. El éxito fulminante de un tema de su autoría, “Gloria”, en 1964, lo acompaña desde entonces. Con eso no hay dudas: se trata de uno de los clásicos del género, tres acordes básicos, un texto de solapada —o explícita, según cada cual— sensualidad, y un estribillo fácil de memorizar, tocado y retocado por múltiples entusiastas hasta hoy. La sencillez del tema ganaba con un juego de tensiones manejado por los cambios de tiempo; los pocos minutos originales se transformaban en descargas de media hora, según el ánimo de su creador cuando subía a un escenario. The Doors, Shadows of Knight y Patti Smith sentaron cátedra con sus versiones, pero incontables músicos se la han apropiado, desde los cabecillas punk hasta Pachy Hanks y la mayoría de los combos cubanos de los años 60 y 70. También con aquel grupo Morrison comenzó su excursión por estilos variados, algo que consolidaría en su carrera posterior. No obstante, aprendió muy rápido algunas de las desventajas de trabajar en una formación estable, y antes que terminara esa década ya estaba debutando como solista.

Si obviamos por un momento sus álbumes con Them, se puede decir que la proyección de Van Morrison es más discernible a través de su discografía en solitario. Lejos de las exigencias contractuales y lógicas ataduras sonoras de una banda fija, su música adoptó aires más libres y hasta a veces insospechados. Su segundo disco, por ejemplo, Astral weeks (1968), es una obra de arte que ha resistido el paso del tiempo. Ubicado en algún punto donde coexistían la canción de autor, el rock y las formas tradicionales, con una instrumentación ecléctica —la guitarra acústica y el contrabajo dominando— dejaba claro que Van se labraba su propio camino, sin concesiones. Saludable actitud posible en momentos en que el rock, como lenguaje sonoro, estaba construyendo su identidad, desembarazándose de los grilletes de las modas. En ese sentido toda la trayectoria de Morrison ha sido como un zigzag, tan impredecible como el eventual éxito comercial o de crítica para algunos de sus trabajos.

Su discografía es de trazos bien logrados, temprana madurez que le permitió definir un estilo, cante lo que cante. Sin dudas, la década del 70 fue la más productiva, con álbumes de notable fuerza interior como Moondances (1970), Veedon fleece (1974), Wavelength (1978), Into the mystic (1979) y el doble en vivo It’s too late to stop now, también de 1974, que por la calidad del repertorio, los arreglos y la misma grabación, es señalado como buen punto de partida para los interesados. Esos títulos pavimentaron una trayectoria que se diversificaría en años siguientes, con puntos climáticos en No guru, no method, no teacher (1986), The healing game (1997), What’s wrong with this picture? (2003) y Pay the devil (2006), entre alrededor de cuarenta discos. A los ya citados yo agregaría colaboraciones con crédito compartido, como Irish heartbeat (1988) junto al colectivo The Chieftains, con un magnífico rescate de piezas tradicionales, How long has this been going on (1996) con el pianista Georgie Fame, donde el hálito jazzístico domina toda la producción, y, desde luego, The skiffle sessions (2000) junto a Lonnie Donnegan y Chris Barber, pioneros de ese estilo en Gran Bretaña y mentores de los airados chicos que como Van, se lanzaron a hacer música desde fines de los 50.

La suya es una liga de los tempos lentos asociados al blues, sobrios arreglos para metales de jazz, instrumentación escueta con pocas incursiones en lo electrónico, elementos folclóricos, el exultante carisma del mejor rhythm and blues (no esa copia maquillada que abunda por ahí) y el vigor del rock sin disfraces. También hay country, gospel, soul, elementos de la música tradicional celta. Su habilidad para tocar piano, guitarra, saxo tenor o harmónica le posibilita enfrentar las orquestaciones con firme decisión sobre qué necesita en cada momento. Llama la atención el modo de manejar la economía instrumental; un recorder o una flauta sirven para establecer contrapuntos a su voz, o perfectas melodías complementarias. Apuesta por la inmediatez, el punto de espontaneidad en una sesión de grabaciones, las primeras tomas, antes que la lenta elaboración y el perfeccionismo de machacar horas y horas una misma pieza. Como vocalista pone un toque de desgarro, sutil a veces, evidente otras, para marcar con acento de melancolía hasta las canciones más optimistas. Su forma de repetir frases, como una letanía, ayuda a enfatizar esos pasajes, mientras en ocasiones parece también dialogar consigo mismo. Muchos lo señalan como una de las voces más influyentes en la historia del rock, y tal vez esto se deba a la paradoja de no ceñirse a este género específico, sino a manejarlo todo con idéntica pasión y convicción interpretativa.

Como letrista muestra sus obsesiones, un imaginario recurrente con recuerdos de niñez y adolescencia, relatos costumbristas, agudas miradas sobre las religiones, el paso del tiempo, las siempre controversiales relaciones con la industria musical, el propio acto de componer, y la esquiva naturaleza humana. Algunas canciones son abiertamente autobiográficas, mencionando lugares y personas reales, aunque también hay una sostenida apelación a la mística. Así, junto a textos donde casi desnuda sus pensamientos íntimos, se hallan otros totalmente crípticos que han generado polémicas y estudios diversos. Por tanto, mencionar canciones dentro de su extensa producción, sin acudir a la demagogia de los “grandes éxitos”, es una tarea peliaguda. Yo citaría, entre muchas otras, evocadoras o festivas, “Rough god goes riding”, “Caravan”, “Cypres Avenue”, “I forgot that love existed”, “Ballerina”, “A town called Paradise”, “Brand new day”, “Foreign window” —mi preferida—, o el instrumental “Celtic excavation”. También legó canciones pegadizas de impacto instantáneo como “Domino” y “Brown eyed girl” (radiada en Cuba como “La chica de los ojos café”, versión paliducha del mexicano Roberto Jordán). Sin embargo, la mayor parte del material de Van Morrison muestra a un compositor intimista, con una calma que domina sus mejores momentos.

Cuando se acerca a una canción ajena, es como si la examinara con una lupa antes de grabarla: le da vueltas, le toma el pulso, consulta referencias, hasta seducirla y hacerla suya. Rendiciones memorables de “I just want to make love to you” (Willie Dixon), “Here comes the night” (Bert Berns) y “Bring it on home to me” (Sam Cooke) se unen a otras de Mose Allison, John Lee Hooker, Rodney Crowell, Sonny Boy Williamson y Hank Williams. Su versión de “The new Symphony Sid” (Lester Young) es pura alegría, mientras que su fabulosa lectura de “Comfortably numb” (Pink Floyd) en el concierto The wall, que Roger Waters y sus invitados presentaron en Berlín en 1990, preserva intacta toda la emotividad del tema.

Resulta difícil etiquetar a Van Morrison. Su inclusión en los diccionarios de rock no es óbice para que grabe discos de jazz. Su posicionamiento ocasional en el mundillo pop no contradice su apego a las raíces folclóricas; un pasado de skiffle se completa con su pasión por el soul; es un cantautor que también escribe piezas instrumentales. A veces se le ve en conciertos benéficos, o simplemente compartiendo con sus amigos, como en el recital de despedida de The Band, documentado por Martin Scorsese en El último vals. Inquieto, reservado y casi perennemente hosco (no recuerdo muchas fotos donde se le vea sonreír), prefiere las audiencias pequeñas, y marcar distancias respecto al viciado negocio musical (fundó su propia editora para quitarse problemas de encima). Pese a condecoraciones y premios conserva ese aire entre ciudadano de a pie y huraño patriarca familiar, así como una decidida vocación por seguir haciendo arte a su manera. Quizás el viejo león de Belfast ahora ruge en un tono más bajo, pero su música conserva incólumes las visiones brumosas de la mítica Caledonia y el firme latido del corazón irlandés.

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