Actualizado el 11 de agosto de 2011

John Paul Jones

Por: . 8|8|2011

Para Daniel Jáuregui

Con una personalidad que acusa cierta reticencia a dejarse iluminar por las candilejas de la fama, John Paul Jones, compositor y multi-instrumentista inglés nacido en enero de 1946, es recordado, sobre todo, por haber sido parte de Led Zeppelin. Pero no hay que olvidar que , más allá del impacto histórico de dicha banda, este señor tiene un trecho de más de cuarenta años en el mundillo musical, marcados por una disciplina espartana y aportes relevantes. En cierto modo se le puede ubicar en una tradición de flemáticos bajistas británicos, junto a Bill Wyman (Rolling Stones) y John Entwistle (The Who), impecables en lo sonoro y discretos en escena, dejando que otros se roben el show, mientras van puliendo cada nota desde su posición. No es casual que esa misma actitud lo caracterice a lo largo de toda su trayectoria hasta hoy.

Entrenado en centenares de sesiones durante la prolífica década de los 60, Jones se destacó no solo como instrumentista sino también haciendo arreglos para formatos diversos. Su experta mano (muchas veces sin constar en los créditos) se hizo notar en grabaciones de Donovan, Jeff Beck, The Yardbirds, Cat Stevens, Tom Jones, los ya citados Stones y cancioneras de la época como Lulu, Nico y Dusty Springfield, entre cientos más. En esas vueltas coincidió muchas veces con el guitarrista Jimmy Page, y esto lo llevó, casi por selección natural, a formar parte de su siguiente grupo. La trayectoria de Led Zeppelin es harto conocida, así que no me extenderé en ella, pero sí me gustaría separar un poco la maleza y arrojar luz sobre lo que fue el desempeño del tranquilo bajista, trabajo que a veces pasa inadvertido.

Eclipsado por el aparataje visual de Page y el cantante Robert Plant, Jones, sin embargo, fraguó con John Bonham una de las secciones rítmicas más influyentes en el rock, lo cual no es poco decir. Si Page podía dedicarse a sus acrobacias guitarreras y Plant a su desmelene vocal, era porque estaban respaldados por una plataforma sólida y cambiante al mismo tiempo, que funcionaba con una precisión de relojería. Sólo hay que escuchar los figurados y pulsos del bajo, y la riqueza de la interacción con la batería, tanto en las grabaciones meticulosamente ensayadas, como en las kilométricas improvisaciones en las cuales la banda se abocaba al subir a escena. Incluso cuando apenas son unas pocas notas, la potencia las hace estallar. También fue Jones el encargado de los matices, tocando órgano, guitarras acústicas, mandolina y varios teclados, que daban un toque adicional a las melodías, e interviniendo en los arreglos, donde “No quarter” es un perfecto ejemplo. Por otra parte, contribuyó como compositor en algunos temas emblemáticos: “Communication breakdown”, “Black dog”, “Heartbreaker”, “In the evening”, “How many more times”. El trabajo con su instrumento se hace notar especialmente en “Trampled under foot”, “Misty mountain hop”, “Fool in the rain” y “The crunge”, sin olvidar la sutil firmeza del blues en “Since I`ve been lovin’ you” y “Dazed and confused”. No quiero dejar fuera dos momentos de la discografía donde la presencia de Jones me parece sustancial, aunque desde ángulos distintos. En primer lugar la canción “All my love”, firmada junto al vocalista, cuyo pasaje central en el sintetizador es una de las líneas melódicas más recordadas de toda su producción. El otro momento está en “Kashmir”, que si bien no lo cuenta como autor, sus teclados contribuyen a realzar el carácter modal de la composición, esa aura intrigante que planea sobre la misma y la convirtió en un clásico. Por cierto, Interactivo le hizo una excelente versión en vivo, con Yusa asumiendo la voz, y un formidable arreglo de cuerdas por Robertico Carcassés.

Al desaparecer Led Zeppelin en 1980, el bajista se tomó su tiempo para regresar a la actividad musical. Cinco años después escribió la banda sonora para el filme Scream for help, un thriller de Michael Winner, y así apareció su primera obra en solitario, con Page y Jon Anderson (de Yes) como invitados. Más adelante vendría su curiosa aventura junto a la cantante de origen griego Diamanda Galas, The sporting life, en 1994, disco que logra entrelazar, en temas como “Devil’s rodeo”, “Do you take this man” y el que lo titula, cierta sensibilidad pop, concisos ritmos de rock y las nada ortodoxas piruetas vocales con las cuales la diva ha aterrorizado auditorios operísticos convencionales durante decenios. Realmente una asociación que sorprendió a muchos, descolocó a la mayoría, y sirvió para que Jones se sacudiera parte de su pasado de encima.

Los siguientes dos álbumes permitieron rescatar la producción de Jones en un contexto más cercano a lo que ya se le conocía. No se trata que Zooma (1999) y The thunderthief (2001) regresen al sonido de su antigua banda, pero sí que el componente rock resulta mucho más visceral y potente, sin descartar un filón experimental. En el primero sobresalen piezas como “Goose”, “Tidal” y “B. fingers” (estas dos últimas con Trey Gunn apuntalando un costado de fiereza eléctrica), además de la titular. Se trata de un disco completamente instrumental, donde el compositor ajusta sus referentes, diseñando una obra que rezuma fuerza con cada escucha. Para el siguiente, Jones incorporó también temas cantados y remansos acústicos —como la versión al tradicional “Down by the river to pray”— destacando temas del calibre de “Shibuya bop”, “Hoediddle” y “Angry, angry” (donde se consigue trasmitir esa sensación de enojo encapsulado). Con estas grabaciones el bajista revisaba su experiencia en distintos frentes (composición, interpretación, orquestación), ahora desde una libertad creativa superior. No tenía nada que probar, ni siquiera su propia historia. Fueron ejercicios de reinserción en el mercado del disco, pero sin la aparatosidad que arrastran estrellas más visibles y a veces menos dotadas.

Desde los años 70 hasta hoy, Jones ha limitado bastante sus colaboraciones, tal vez hastiado de aquella época tan enriquecedora en lo artístico como estresante en lo humano, cuando salía de una sesión solo para entrar en otra. Como productor, arreglista o tocando diferentes instrumentos (teclados, cordófonos acústicos y eléctricos varios) aparece invitado en discos y conciertos de Heart, Foo Fighters, Paul McCartney, REM, Peter Gabriel, Madeline Bell, Lenny Kravitz, Brian Eno y los catalanes de La Fura del Baus. Todo un muestrario de diversidad para alguien que estaba mostrándose como un músico cuya inspiración va pareja a su curiosidad.

En 2009, mientras sus antiguos compañeros de banda se pegaban bandazos sin conseguir foco, John Paul Jones reapareció en un nuevo proyecto, Them Crooked Vultures. Completado con dos músicos jóvenes que crecieron escuchando a Led Zeppelin —el baterista Dave Grohl, proveniente de Nirvana, y el guitarrista Josh Homme, de Queens Of The Stone Age— la fórmula de trío se aplicó a fondo para lograr un álbum debut homónimo que suena fresco y maduro a la vez, armando a partes iguales entre todos sus miembros. La mezcla de adrenalina, electricidad, experiencia y desprejuicio resulta vital para canciones con aires melódicos setenteros (“Scumbag blues”, “Warsaw or the first breath you take after you give up”), estructuras rítmicas de notable fuerza (“Caligulove”), y una energía intrínseca (“Spinning in Daffodils”) que gana puntos en los conciertos. Si se perciben trallazos propios del grunge de los años 90, es porque dicho estilo puso al día lo aprendido machacando algunos de los discos donde Jones había participado décadas antes.

Una buena cantidad de bajistas lo citan como una influencia crucial en sus carreras. Muchos jóvenes músicos se han sobrecogido al compartir escenario con quien reconocen como una leyenda viva. Parco en sus declaraciones, con un perfil bajo en cuanto a reflejo mediático, John Paul Jones es uno de esos veteranos que renuncia a vivir del pasado (por muchas regalías que le proporcione), más interesado en explorar conceptos diferentes, abrir espacio a la experimentación, y propiciar la retroalimentación con las nuevas generaciones. Si comenzó como un degustador de soul, funk y blues para complementar su pasión por lo clásico y el folclor, hoy se acerca también a la electrónica y la composición orquestal. El elemento rock no lo abandona, claro; supongo que a estas alturas ya no podría. Es su clave principal. Lejos de anquilosarse en una obra que, sin dudas, lo sobrevivirá, reparte la sabiduría acumulada, consciente de que su rol como creador aún no ha terminado. ¿Qué mejor herencia se puede legar?

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