Actualizado el 28 de septiembre de 2011

Lucía Huergo

Por: . 26|9|2011

Para Felipe Morfa

Hay nombres cuya sola mención encienden el bombillito de la identificación instantánea. Es el caso, por ejemplo, de Lucía. Para la cinematografía cubana es el título de un filme antológico de Humberto Solás que ha sobrevivido esquemas conceptuales, modas y vaivenes sociales. Para la música hecha en Cuba, es pensar en Lucía Huergo (Habana, noviembre de 1951), formidable creadora con una obra referencial, aunque a la vez su presencia mediática casi siempre se diluya en apenas un segmento de su producción.

Para muchos, la carrera de Lucía comienza con los grupos Síntesis y Mezcla. Desde antes, sin embargo, ya estaba su paso por agrupaciones como la de Kotán y el injustamente olvidado Sonido Contemporáneo (de Nicolás Reinoso), así como las descargas de jazz en el Johnny’s Dream habanero en la segunda mitad de los años 70. Cuando se incorpora a Síntesis, a inicios de la década siguiente, no era una bisoña probando suerte, sino una instrumentista respetada por sus colegas, aunque todavía no se había probado como compositora.

Quizás lo primero que llama la atención es su habilidad con diferentes instrumentos. Esto le confiere, por una parte, un grado de autonomía que ya quisieran poseer muchos músicos, mientras por otra la convierte en socorrida baza dentro de propuestas disímiles. Más asociada al saxofón soprano y la flauta, domina también el clarinete, el oboe, los teclados electrónicos y el mundo de la computación y las programaciones, así como la muy difícil labor de orquestar partituras propias y ajenas. Con un bagaje adquirido en la academia, su natural inclinación hacia los géneros más diversos, el rigor conceptual con el cual enfrenta el acto creativo, una tendencia hacia la experimentación libre de ataduras, y su experiencia en contextos variados, no es un azar que haya dejado huellas indelebles en la producción musical del país.

Su llegada a Síntesis fue crucial. El grupo atravesaba una etapa de inestabilidad nominal, tras el paso de varios teclistas (José María Vitier, Juan Carlos Valladares, Gonzalito Rubalcaba, Ernán López-Nussa) enfrentando la definición de un sonido que partía de los tempranos escarceos con el rock sinfónico y la estética trovadoresca. Su estancia determinó, en alguna medida, los futuros pasos del colectivo, como atestiguan los discos Hilo directo (1986) y Ancestros (1987). Sobre todo, y para sorpresa generalizada, en el primero de ellos incluyó, junto a “Con la luz de la mañana” (firma compartida con Donato Poveda) dos piezas que contrastaban con el resto del material. “Asoyín” y “Meregguo” inauguraron una tendencia que el jurado del extinto Premio EGREM se apresuró a categorizar como “Rock Cubano”, galardón incluido. Los elementos sincréticos de raíz africana fusionados a la electrónica y el rock devinieron piedra filosofal para Síntesis. Para el disco siguiente escribió “Titi Laye” y “Eleyeo” que todavía hoy la banda interpreta en sus conciertos. Quienes hayan seguido a Síntesis en el último cuarto de siglo entenderán fácilmente la labor de Lucía en una proyección desarrollada luego, con creces, por Esteban Puebla (su reemplazo) y el binomio de Carlos y Equis Alfonso.

Su paso a Mezcla, en el verano de 1988, pareció casi predecible. Mientras Síntesis es una banda más ligada a los timbres del rock, el grupo del guitarrista Pablo Menéndez muestra un abanico genérico más extenso. Lucía figuró en un par de discos, Cantos (1992) —con la presencia de Lázaro Ross— y Fronteras de sueños (1994). En ambos aportó no sólo sus habilidades como intérprete sino también algunos temas nuevos. Aquí cabría destacar “Barasuayo”, que continuaba la dirección enunciada en su grupo previo.

No obstante, lejos de una rígida ligadura a esa sonoridad, lo interesante es cómo Lucía mantiene un contrapunteo constante entre diferentes líneas expresivas. Así vemos que en su obra aparecen canciones de un corte lírico heredero de la (nueva) trova junto a ejercicios de jazz melódico, e incursiones en la mencionada fusión que algunos bautizan como “afro-rock”. Sin dudas hay un predominio de lo instrumental sobre lo vocal, pero esto tampoco supone un desbalance.

La evidencia está en sus discos como solista. Sinfonía Hemingway (1996) es su homenaje al autor de Por quién doblan las campanas. La obra del escritor norteamericano se traduce a temas como “Daiquirí” y, sobre todo, “Danzón Habana”, una verdadera joya cuando ya pocos pensaban que en Cuba se podían escribir danzones con todas las de la ley. El álbum Lucía (2003) presentó una riqueza de matices con las colaboraciones de instrumentistas como Enrique Pla y Jorge Luis Chicoy, y las voces de Telmary y Haydée Milanés, entre otras, además de retomar algunas de las piezas grabadas con Síntesis y Mezcla, pero abordadas ahora con un enfoque más personal. Finalmente, su reciente Zona azul (2010) resume quizás la mayoría de sus ideas con una perspectiva de madurez en temas como “Empezar un nuevo día”, “De danzón a tango”, “Inspiración en Fa” y la que le da título. Lo suyo no va por los alardes de virtuosismo, sino por la limpieza en la ejecución y el regusto por las melodías de incuestionable toque cubano sin caer en los facilismos del folclor de laboratorio intelectual o del trapicheo oportunista.

Con apenas tres álbumes a su nombre, resulta claro que su fuerte son las sesiones de grabación, desempeñándose como arreglista, productora o intérprete. Su rol en fonogramas de Teresita Fernández (Mi gatico Vinagrito, 1995), Liuba María Hevia (Travesía mágica, 2001; Ilumíname, 2002; Secretos cantados, 2007; Puertas, 2009), Yusa (Yusa, 2002; Breathe, 2005), Marta Campos (Quiero dormir con la luna, 1997; Como soy, 1999; Entre rumba, sones y boleros, 2004), Heidi Igualada (Serenata, 2001; En la línea de mi mano, 2008), Ireno García (Canta a Eliseo Diego, 1998), Amaury Pérez Vidal (Eternidad, 1998), Joseph Koomba (Out of the window, 2004) y George Haslam & Bobby Carcassés (Cuban meltdown, 2007) la señalan como una colaboradora selectiva pero que se deja sentir en múltiples detalles. Otros nombres como Marta Valdés, Dono Arango, Xiomara Laugart, Kiki Corona, Ela Calvo, Mariley Reinoso, el proyecto Cubaneo, Miriam Ramos y Sara González se suman a la lista de quienes de una forma u otra, con mayor o menor incidencia, se han beneficiado del talento y la amistad de Lucía.

Por su estudio Lucero Records pasan también artistas consagrados y noveles. Ese trasvase de energías la mantiene en contacto con músicos de diversos estilos y generaciones, con todo lo estimulante de tal experiencia. Suyos son también los arreglos a piezas como la famosa “Arthur” (de Rick Wakeman) que se escucha en el programa televisivo Historia del cine, y “El manisero” (de Moisés Simons) que identifica a Radio Metropolitana, por sólo citar dos casos. Además, incursiona en la música para teatro, danza (Danza Combinatoria), cine (Mujer transparente, San Ernesto nace en La Higuera, Operación Peter Pan) y televisión (Las huérfanas de la Obra Pía, La cara oculta de la luna).

Sin embargo, tras transitar por grupos punteros en la escena nacional y en discos bien conocidos, su propia obra individual resulta escasamente difundida. En esto quizás influya una política comercial de las disqueras cubanas que parece carente de sentido: distribución errática, precios inaccesibles, promoción a cuentagotas. Si a esto se suma cierta tendencia “populista” que predomina en muchos espacios radiales, donde obras así no clasifican en el gusto de los realizadores, se entenderá mejor la dificultad que encuentran creadores como Lucía para llegar a un público potencialmente mayor.

En todo caso echo en falta una mayor presencia de Lucía en los escenarios. Tras su paso por Síntesis y Mezcla, realmente han sido raras las ocasiones para verla en directo. Por lo general aparece como invitada en recitales de otros (Robertico Carcassés, Yusa, Luis Manuel Molina) o descargas entre amigos, pero no mucho más. Es obvio que prefiere la tranquilidad del estudio de grabaciones, más que el desdoblamiento escénico (y el inevitable stress) de un concierto. Son decisiones individuales a respetar, basadas en múltiples criterios, aunque sigo pensando que la vida cultural y musical ganaría puntos si Lucía (y, como ella, Esteban Puebla, Pucho López y otros) se animaran a compartir interpretaciones en vivo con sus seguidores.

Fecunda hacedora de sonidos, Lucía Huergo sigue revolviendo pasado y presente, curiosidad y conocimiento, como la arcana que muchos reconocemos en ella. Es una verdadera suerte contarla entre las grandes creadoras cubanas desde los años 80 hasta hoy. Su legado ya está definitivamente impreso en la cultura nacional. Mis respetos para ella, en la seguridad que todavía tiene mucho que aportar.

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