Actualizado el 21 de diciembre de 2011

Litto Nebbia

Por: . 20|12|2011

Dice el refranero popular que “quien mucho abarca, poco aprieta”, pero a la vez se sabe que cada regla tiene su excepción, y ese es justamente el caso de Litto Nebbia, músico argentino nacido en Rosario en julio de 1948. Para muchos puristas su carrera debe ser un sacrilegio. ¿Cómo se puede tocar una chacarera, viniendo desde los ámbitos del rock? ¿Cómo grabar hoy un disco de jazz, a piano, y al día siguiente un tango con todas las de la ley? Para entenderlo habría que descubrir quién es este inquieto creador, cuya huella tal vez no tenga toda la visibilidad que otorgan los medios de difusión, pero sí la perdurabilidad de lo honesto y el corazón.

Pionero del rock en su país, Litto destacó muy joven en una etapa primigenia junto a Los Gatos Salvajes, presentando sus primeras composiciones junto a versiones al español de piezas anglosajonas: fogueo perfecto para la trayectoria que desarrollaría después. Su conjunto siguiente —casi una continuación del anterior, con el nombre abreviado a Los Gatos— fue el detonante para un movimiento que ha llegado hasta hoy con fisonomía y voz propias, el llamado “rock nacional argentino”. “La balsa”, escrita en 1967 junto al luego mítico Tanguito, fue el exitoso tema impulsor, aunque en Cuba se les conoció por aquella joyita pop titulada “Viento, dile a la lluvia” (1968). La evolución de la banda, pasando del beat de sus inicios a los sonidos más enérgicos de su trabajo final (Rock de la mujer perdida, 1971), permitió constatar que Litto podía desenvolverse en contextos cambiantes, algo que le sería muy útil en sus próximos pasos.

A partir de 1969 inicia su discografía personal con un álbum homónimo, al cual le seguiría un centenar de obras y colaboraciones varias, mientras sus canciones también hallan espacio en los repertorios de Ana Belén, Juan Carlos Baglietto, Mercedes Sosa, Claudio Gabis y Ciro Fogliatta, su antiguo compinche en Los Gatos, entre muchos más. En lo esencial de sus discos cabría mencionar Muerte en la catedral (1973), El vendedor de promesas (1977), Bazar de los milagros (1978), Toda canción será plegaria (1979), Solopiano (1981), Demasiadas maneras de no saber nada (1986), Argentina de América (1992), Siempre bailan dos (2000) y Danza del corazón (2005), hasta el reciente Una canción del mundo (2011), así como sus particulares tributos a Los Beatles (tres volúmenes repasando su cancionero), al blues (con el grupo La Luz) al binomio creativo Gardel-LePera (1998), al rock argentino, y al bandoneón (con sus propias composiciones adaptadas para que sea ese instrumento quien destaque, en el disco Abandoneado, 2010). Concibe cada proyecto no desde el revisionismo o la nostalgia trasnochada, sino con la mirada exploradora de quien confiesa haber hecho de todo “para poder tocar sin prejuicio un bolero” (o lo que sea, agregaría yo). Ha compartido también con Cacho Tejera, Rubén Rada, Enrique Cadícamo, Rodolfo Alchourron, Lito Vitale y el malogrado Facundo Cabral, o como invitado especial en fonogramas diversos. Recién acaba de salir a la venta Sinfonías para catedrales vivas, compilado triple donde artistas del calibre de Gustavo Santaolalla, Pedro Aznar, Fabiana Cantilo, Rino Rafanelli, Gonzalo Aloras, Mariana Baraj, Skay Beilinson, León Gieco, Botafogo y más, como símbolo de respeto, homenajean una buena cantidad de sus creaciones.

Melodista consumado, su música se mueve entre la sencillez y la sofisticación, destilando zumos del mejor pop combinados con los aires tradicionales de su país. A veces acústico, y otras con la polenta eléctrica a tope, algunos de sus trabajos encajan netamente en los cánones del rock guitarrero, mientras otros apuntan al jazz, o acentúan ritmos de bossa o reggae. Sin ser un virtuoso se ha hecho cargo de todas las responsabilidades instrumentales en algunas de sus obras, más como decisión de priorizar el sentimiento intrínseco de los temas, que como ejercicio de ego. Tampoco en un cantante de alto vuelo, pero su voz transmite sinceridad y pasión. La experimentación, pensada en tanto curiosidad y reto, lo conduce por senderos que otros temen pisar, y si los resultados no encajan en las expectativas de todos, esto no le quita méritos a una intención basada en la honestidad.

Como compositor, sobresale por su diversidad de estilos junto a la profundidad conceptual con la cual re-elabora lo genuinamente popular. Se declara un hacedor de canciones, con temas que han trascendido como “Solo se trata de vivir”, “El rey lloró”, “Nueva zamba para mi tierra”, “El otro cambio, los que se fueron”, “Si no son más de las tres”, “Las voces del 60”, y otros donde comparte autoría con la poetisa Mirtha Defilpo (“La ventana sin cancel”, “Hasta el final te mueres”, “En la tierra el sol”), el periodista Pipo Lernoud (“Ayer no más”) o el director cinematográfico Eduardo Mignogna (“Quien quiera oír que oiga”). Prolífico y emprendedor, con más de mil composiciones, entre instrumentales y canciones, Nebbia es de quienes dieron vida al término “rock de autor en castellano”: una poesía de marcado acento regional que marcó a muchos. Tal vez sus letras carezcan del hálito sutil de las de Spinetta, la rabia social inyectada en las de Moris, o la medular visión citadina de Javier Martínez. Pero su frescura de lenguaje, sin dejar de tocar temáticas candentes, es una referencia que no se puede soslayar. Son textos que hablan del amor, la camaradería, la soledad, pero también del entorno de su país, sus vivencias como parte integral de una realidad que tiene sus aristas duras y crueles. Como dice en una de sus canciones: “Nosotros no somos felices, pero conocemos la felicidad”.

Por otro lado, escribe música para niños, cine (Evita, Malvinas, Luna caliente) y teatro, obras sinfónicas, y musicalizaciones de textos de poetas como Federico García Lorca (Romance gitano, 1992) y Juan Mari Montes (Soñando barcos, 2009). También publicó el poemario Muerte en la catedral, impartió clases de composición, y produce discos de otros. Tras fundar su sello Melopea se dedicó a rescatar obras que las grandes disqueras no publican. Hasta el presente conforma un extenso catálogo donde el folclore, el flamenco y el tango conviven con el rock, el jazz y la música instrumental, mediante los nombres de Cuchi Leguizamón, Ketama, Ricardo Soulé, Carles Benavent, el Mono Fontana, Bernardo Baraj, Raúl Carnotta, Martirio, Silvina Garré o Roberto “El Polaco” Goyeneche. Incluso publicó Cuba con voz de mujer, que agrupa grabaciones de Esther Borja, Xiomara Alfaro, Merceditas Valdés, Rita Montaner y María Cervantes, entre otras, y recopilatorios con material de los grupos Síntesis y AfroCuba.

Tipo curioso, estudió solo hasta mediar la enseñanza secundaria, fue desertor del ejército, vivió exiliado en México durante los agónicos tiempos de dictadura. Todo eso sin parar de componer, de imaginar y soñar, llevando a veces la contraria, discrepando, caminando contracorriente en un medio enrarecido por el comercialismo más descarado. Auténtico luchador, se ha hecho a sí mismo a golpe de perseverancia, con una fe casi suicida en sus credos. Fusionar ritmos —vengan de donde vengan— y apostar por asociaciones inéditas y desprejuiciadas, quebrando las barreras de géneros, con una inquietud que no lo abandona desde su juventud, son algunas de sus razones de vida.

A estas alturas Litto Nebbia, el hijo de Martha y Félix, más de cuarenta años después de haber escrito “La balsa”, con su invitación a “naufragar” (según el argot de la época) sigue en pie, laborando en disímiles proyectos a la vez, e inspirando a quienes lo han tomado como influencia o ícono. Está orgulloso de su legado, pero no se ancla al pasado como forma de vida. Tampoco vende según las expectativas de los mercaderes, pero tiene bien definida su postura ante al Arte y su comercio. En sus propias palabras: “yo tengo prestigio, no tengo éxito”. Por suerte, eso no le roba el sueño.

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