Actualizado el 18 de mayo de 2012

Fulano

Por: . 2|5|2012

Para Joaquín Borges Triana

FulanoEl fatalismo geográfico no es necesariamente un axioma. Así como Cuba tiene excelentes agrupaciones de jazz, rock, palos flamencos o tango, Japón cuenta con orquestas soneras de primera línea. No es “globalización” sino la consecuencia inevitable de las comunicaciones. En el caso de Chile, tal vez lo que más se conoce de su música son las cuecas, galopitos y mapuchinas folclóricas, y la canción protesta o de corte social impulsada en los 60 por figuras como Violeta Parra, Víctor Jara y Patricio Mans, junto a los conjuntos Quilapayún e Inti Illimani. Sin embargo, en tiempos de préstamos e intercambios, también cuenta con una escena donde abundan géneros importados como el jazz, el rock, el hip hop, la salsa y la electrónica, con diferentes niveles de integración y madurez. Asimismo hay un sector que apuesta por las fusiones, o una elaboración de difícil encasillamiento genérico. Músicas de crisoles que se niegan a dejarse atrapar por las etiquetas. En ese segmento se ubican, entre otros, los trabajos de Akinetón Retard, Mar de Robles, La Desooorden, Tryo y Fulano.

Nacido en 1984, en los predios universitarios que serán su baluarte principal desde entonces, Fulano se armó una trayectoria lentamente, articulada desde una concepción arriesgada que lo identificó ya en sus tempranos días. Entre el punk contestatario de Los Prisioneros, el rock direccional de Los Tres y La Ley, y el aliento andino de veteranos como Congreso y Los Jaivas, su propuesta brilló por el eclecticismo y la imposibilidad de ubicarlos en alguno de los nichos previos del mercado. De hecho tampoco tuvo demasiado mercado: era abiertamente “rara” tanto para los clichés de la escena comercial, como para las ortodoxias del jazz y el rock local. No se parecía a nada ensayado con anterioridad en el entorno pinochetista y ochentero nacional. Sus producciones iniciales, publicadas por el sello independiente Alerce, ganaron notoriedad sólo entre estudiantes y melómanos desprejuiciados, circulando en espacios reducidos y sin que los grandes medios de difusión le hicieran mucho caso, aunque más adelante fueron captando el interés de esa gran minoría que —sin importar geografías, políticas o calendarios— muestra su entusiasmo ante las músicas de riesgo. Con el tiempo Fulano devino banda de culto y un secreto a voces que traspasó fronteras.

La alineación principal, que funcionó de 1984 hasta 1996, comprendió a la cantante y clarinetista ocasional Arlette Jequier, la dupla de saxofones de Cristián Crisosto y Jaime Vázquez, Jaime Vivanco en los teclados, el bajista Jorge Campos y la batería de Willy Valenzuela. En realidad, el reparto de las responsabilidades instrumentales era muy intercambiable, extendiendo el rango tímbrico de su obra. Posteriores cambios trajeron a sustitutos en diversas etapas, como el saxofonista Rafael Chaparro, el tecladista Felipe Muñoz y Raúl Aliaga en la batería. Interconectado con Santiago del Nuevo Extremo y los ya citados Congreso al compartir miembros, Fulano desarrolló su trabajo como un taller de creación donde cada idea se afilaba con las contribuciones de todos. Si bien los compositores principales fueron Campos, Vivanco y Crisosto, los aportes de cada músico resultaron siempre cruciales.

Su discografía resultó breve y espaciada en el tiempo. El debut homónimo en 1987, ya planteaba un concepto que mantendrían en lo adelante: música sin categorías, humor, potencia instrumental y visión sardónica de su realidad. Le siguió En el bunker (1989), con más de 100 minutos, que sigo considerando su álbum más cohesionado. La combinación de piezas directas y otras más experimentales le dio una consistencia que podía haberse extraviado debido a su duración. Sin embargo, ahí están algunos de los momentos más brillantes de la banda: “No me gusta que se metan conmigo”, “Sentimental blues”, “Perro, chico, malo”, “El dar del cuerpo”. Cuatro años más tarde presentó El infierno de los payasos, conciso y rockero, con menos aristas exploratorias, pero sin decaer ese sello iconoclasta que ya lo consagraba. En 1997, su último disco en estudio hasta hoy, Trabajos inútiles, fue otra exposición de una música que abrevaba en múltiples géneros sin ceñirse a ninguno. Vivo (2003), grabado en directo un año antes con selecciones de su repertorio, mostró a la banda en todo su potencial. Fue además homenaje póstumo a uno de sus pilares, el tecladista Jaime Vivanco, fallecido prematura y sorpresivamente en enero de 2003, a los 42 años de edad.

Para los memoriosos —como el colega Joaquín— me gustaría recordar que el festival habanero Jazz Plaza, en su edición de 1990, permitió al público cubano presenciar el trabajo de Fulano en su mejor momento, algo que, por otro lado, ayudó a restar rigidez a un evento que a veces parece funcionar solamente como vitrina de una reiterativa latinidad, en menoscabo de las muchas variantes que subsisten hoy sin problemas dentro del jazz. Su concierto en Casa de las Américas fue un hito en ese tiempo, pues nos acercó a sonoridades que, por prejuicios o desinformación, sólo se asociaban al rock anglosajón y europeo. ¿Se conservará esa grabación en los archivos de Casa? Buena pregunta.

Al escuchar la música de Fulano es fácil notar que los pasajes solistas se distribuyen sin reiteraciones de instrumentos, aunque los metales dominan. Teclados y flauta aportan breves intervenciones, mientras el bajo destaca en sus momentos de protagonismo gracias a la endemoniadamente veloz pulsación de Campos y el empleo de distorsionadores. Hay temas construidos con una base esencialmente rock, otros tienen una movilidad que los acerca al jazz, y existen amplios espacios de improvisación más o menos controlada. Los eventuales giros de atonalidad no lastran el discurso instrumental. Melodías circenses, funk (“Godzilla”), ska y ritmos intrincados, cantos raperos, clásica contemporánea de honda inspiración zappiana (“Nadie nos conoce”), intertextualidad, algún improbable “Tango”, efectos de estudio y rápidos dibujos de metales y percusiones, son ingredientes que se cuecen en ese múltiple ajiaco que es la obra de Fulano. Muchas de sus piezas rebasan los 7 minutos de duración (“Ciego y perdido en una ciudad extraña”, “Buscando peyolt”, “La historia no me convence, sólo me atraganta”, “Fruto del goce”, “Gran Restrictor, ten piedad de nosotros”), aprovechados para generar tensiones de calma e intensidad. Sin embargo, una miniatura como “Buhardillas” apunta también hacia la solidez compositiva.

Por otra parte, la alternancia en la voz solista —femenina y masculina— contribuye a la variedad. En el caso de Arlette sobresalen su timbre vocal, sus cualidades expresivas (sensual, desgarradora, mordaz) y la manera en que emite sonidos sin palabras (“Arañas de tribunal”, “Suite recoleta”) como distintivos de la música “fulana”. En cuanto a los textos, muchos cuestionan y satirizan la cotidianeidad social chilena donde no escapan los militares (“Adolfo, Benito, Augusto, Toribio”), burgueses y snobs, mientras la propia interpretación acentúa el matiz irónico. Un extracto de “Canción formal (en 7/8)” ilustra dicha intencionalidad: “mis amigos me dijeron: tienes que transar, si tú buscas la fortuna tienes que agradar con una canción tranquila, casi, casi comercial, con un pego de aburrida y letras normal”. Incrédulos ante los dogmas ideológicos, su discurso va a lo medular de la sociedad, mirado con un prisma crítico y vivencial. Hasta sus temas instrumentales son una declaración de principios éticos.

La muerte sorpresiva del tecladista Vivanco frenó en seco la trayectoria del grupo. No sólo se perdió uno de los compositores claves sino también un amigo insustituible, algo de suma importancia dada la camaradería que, en buena medida, sirvió siempre de motor impulsor a la experiencia grupal. La decisión de desarmar la banda en ese momento fue la única salida emocionalmente posible. El regreso en 2009 para recordar el cuarto de siglo de la fundación, con una serie de recitales y la posibilidad entre manos de una reunificación formal, preparó el terreno para las expectativas de sus seguidores.

No obstante, abocados en sus propios proyectos (Jorge Campos Project, Araukania Kintet, Mediabanda) no hay seguridad plena que los miembros de Fulano retomen una historia plural que siempre estuvo marcada por la intermitencia, aunque ellos aseguren, apelando una vez más a la ironía —desde el título de su DVD oficial— que “la farsa continúa”. El contexto ha cambiado, y el impulso primigenio quizás haya disminuido con los años. La reciente salida del baterista Aliaga hace peligrar esa continuidad. Pero al margen de lo que pueda deparar el futuro, la agrupación sigue siendo una referencia al hablar de la música latinoamericana contemporánea. Ni todo rock, ni todo jazz, ni todo folclor, algunos le llaman “vanguardista”, término impreciso que no apunta a ningún lado. Tampoco hay necesidad de cartelitos que resguarden una nacionalidad o una dirección creativa. Por suerte los pentagramas no tienen banderas.

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