Actualizado el 6 de julio de 2012

Steve Vai

Por: . 3|7|2012

Para Juan Raúl y Tony González

Steve VaiDesde Charlie Christian hasta hoy la guitarra eléctrica no ha cesado de renovarse en los ámbitos musicales más diversos. Tras alcanzar madurez en el jazz y el blues, su paso por el rock le abrió un universo de posibilidades expresivas e investigativas con nombres como Jimi Hendrix, Fred Frith, Eric Clapton, Eddie Van Halen y tantos más, hasta casi venir a simbolizar el género en toda su extensión.

Diferentes intérpretes y vertientes lo siguen enriqueciendo día por día, y cuando parece que ya se alcanzó un tope técnico o humano, surgen nuevos instrumentistas que empujan las barreras un poco más allá. Justo eso fue lo que sucedió cuando el neoyorkino Steve Vai (junio de 1960) irrumpió en la escena hace más de treinta años. Desde entonces es una referencia inevitable.

Bandas juveniles le dieron un fogueo tentativo antes que el iconoclasta veterano Frank Zappa lo convocara para transcribir sus complicadas partituras, tarea que Vai disfruta todavía hoy. Pronto se hizo de un hueco en la banda y los discos de su mentor, quien lo responsabilizaba en las “partes imposibles de guitarra”. Su etapa incluyó álbumes como Tinseltown rebellion y You are what you is (1981), The man from utopia (1983), Them or us (1984) y Jazz from hell (1987) que le permitieron formarse en una rigurosa disciplina de trabajo y comenzar a ganar visibilidad mediática. Sin embargo, descontando su debut discográfico personal, algunas composiciones aisladas y ocasionales contribuciones en tributos a Zappa, esta influencia no es muy localizable en su obra posterior.

Sus siguientes pasos lo llevaron a un vínculo con el hard rock y el heavy metal, todavía dentro del formato canción. Le tocó sustituir al sueco Yngwie Malmsteen en Alcatrazz para Disturbing the peace (1985), integrar la banda del cantante Dave Lee Roth en Eat ‘em and smile (1986) y Skyscrapper (1988), e integrar Whitesnake para la grabación de Slip of the tongue (1989). Con estos discos Vai se situó en el foco de interés tanto del público como de los guitarristas. A la vez le sirvieron para valorar mejor sus opciones como solista, lejos del choque de personalidades que implica cualquier trabajo en un colectivo cerrado.

Antes apunté que la primera obra acreditada a su nombre es la única donde las enseñanzas de Zappa se dejan sentir. Flex-able (1984) destaca por las complejas estructuras rítmicas, el soberbio trabajo de guitarra que conserva algunas de las señas “zappianas”, la rica paleta tímbrica, los toques humorísticos —como esas voces que recuerdan dibujos animados— y el alto nivel de composición. A partir de ahí, Vai se decantó más por lo que pronto los críticos denominaron como “rock instrumental”, con una intención conectada a las corrientes del metal. No renuncia por completo a aquella influencia, pero la misma tendrá una presencia diluida en el resto de sus álbumes.

Seis títulos más en estudio redondearon una proyección de alcance internacional. Passion and warfare (1990), Sex & religion (1993), Fire garden (1996), The ultra zone (1999), Real illusions: Reflections (2005) y el reciente The story of light (2012) se complementan con discos en directo como Alive in a ultra world (2001) y Where the wild things are (2009), así como los dos volúmenes del orquestal Sound theories (2007). Entre todos dimensionan la labor de Steve como compositor, guitarrista y productor.

Enfocado en la guitarra, no pierde de vista la importancia de la composición más que como un ejercicio de lucimiento en las seis cuerdas. La recurrencia a los tempos medios puede ser otra de las herencias de Zappa en su obra; no es casual que la pieza “Frank”, concebida como homenaje, se sostenga sobre ese patrón. Hay rock potente en “Damn you”, “The attitude song”, “Under it all”, “Building the church”, “Midway creatures” y “The audience is listening” (cuyo videoclip exhibido en el programa televisivo En Confianza, en 1990, significó el primer contacto masivo del público cubano con su obra). Pero también hallamos melodías tranquilas (“Brother”, “Gentle ways”, “Windows to the soul”) o los contrastes entre una pieza como “Hand on heart”, que destaca por la limpieza en la ejecución, y “The murder”, cuyo fraseo entrecortado y afinación elegida vuelven a evocar al Padre de la Invención. La atmósfera árabe en la introducción de “Fire garden suite”, el lirismo épico de “Liberty” y “Fort he love of God”, el enfoque experimental de “Lucky charms”, el alucine guitarrero de “Freak show excess”, y el sentido de orquestación de “Salamaders in the sun”, son botones de muestra de su diversidad.

Steve VaiMuchos de sus temas carecen de una sofisticada construcción rítmica: más bien son esquemas típicos del rock. Mínimos teclados, percusiones y cuerdas frotadas ponen colores armónicos, pero no escapo a la impresión que sólo necesita de un bajo y una batería para desplegar sus pirotécnicas improvisaciones. Sin embargo, sus acompañantes clasifican entre los más destacados en sus respetivos instrumentos, y algunos de ellos son solistas por derecho propio. Los bajistas Billy Sheehan, Stuart Hamm y Scott Thunes, y los bateristas Terry Bozzio, Mike Mangini, Jeremy Colson, Chris Frazier, Virgil Donati y Gregg Bisonette, entre otros, le cubren las espaldas sobresaliendo justo lo necesario, salvo si el momento lo requiere.

En general pienso que la balanza cualitativa se inclina hacia los cortes instrumentales, más elaborados que las canciones, aunque podría destacar algunas como “All about Eve”, “Little alligator” o “Dying for your love”. En vivo reelabora su mismo material con la consiguiente carga de adrenalina y echa mano a algún que otro tema ajeno si lo considera. Además, sus obras pueden llevarse a un amplio surtido de contextos sonoros diferentes. Mike Keneally, por ejemplo, grabó versiones a piano de piezas suyas, mientras que el propio Steve tiene composiciones donde la guitarra (clásica y eléctrica) se funde a orquestas sinfónicas, o ambientan los cada vez más populares videojuegos.

Junto a su breve discografía en solitario reúne un nutrido número de colaboraciones con Motörhead, PIL, Bob Harris, Joe Jackson, The Yardbirds, Western Vacation, Ozzy Osbourne, Alice Cooper, Devin Townsend Band, The Epidemics, Meat Loaf, Munetaka Higuchi y hasta Eros Ramazzotti. Asimismo comparte discos con colegas de instrumento: Al Di Meola, Steve Lukather, Dweezil Zappa, Mike Stern, Marty Friedman y Orianthi. Esta experiencia se extiende al proyecto G3 donde Vai, Joe Satriani y un tercer guitarrista rotativo salen de giras, algunas de las cuales se recogen en discos. Eric Johnson, Yngwie Malmsteen, Robert Fripp, Steve Morse y John Petrucci están entre los sumados a esta fiesta itinerante de las cuerdas.

Quizás los más memoriosos recuerden la intervención de Steve Vai en la película Cruce de caminos, del director Walter Hill, exhibida también en Cuba. No sólo firmó —junto a Ry Cooder— la banda sonora, ejecutando todas las partes de guitarra que se escuchan, sino que tuvo además una aparición en pantalla durante el duelo final entre su personaje del Diablo Tentador y el protagonista central interpretado por un joven Ralph Macchio. A continuación sus incursiones cinematográficas han crecido, aunque considero que el impacto de la cinta mencionada no ha sido superado.

Abierto al intercambio y la enseñanza, Vai se enrola en proyectos que incluyen asistencia instrumental a nuevos talentos, clases magistrales en universidades y colegios de música, consultoría en el diseño de implementos como amplificadores y pedales distorsionadores, y conversatorios sobre el rol del creador de cara a los nuevos medios tecnológicos y las exigencias y posibilidades del monopolizado mercado del disco. A través de su disquera personal impulsa la carrera de jóvenes músicos que va captando. Es como un ciclo que se cierra: así como Frank Zappa lo sacó del anonimato, apadrinando su entrada a un mundo musical de reconocimiento, ahora Vai hace la misma función para compositores e instrumentistas ávidos por dar sus primeros pasos.

Combinando intensidad y velocidad interpretativas, buen gusto melódico, calculada visualidad, carisma, experiencia de más de tres décadas, vocación pedagógica, talento nato, cuidado en las producciones, teoría musical, conocimientos prácticos de primera mano en un género mutable como el rock, y una pasión desbordante por su instrumento, Steve Vai es un ícono de la guitarra eléctrica actual. Por suerte no es uno de esos malabaristas empeñados en mostrar sus egos correteando por un diapasón. Una melodía imaginativa, un segmento experimental o un frenesí rocanrolero tienen para Vai el mismo valor: son la materia prima de la creación.

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