Actualizado el 27 de septiembre de 2012

Gerardo Alfonso

Por: | Fotos: . 24|9|2012

Para Tobías y Diego

Gerardo Alfonso. Foto: RichardHabanero de 1958, lleva más de tres décadas inventándose músicas, maneras de decir, tocando aquí y allá, dejando a su paso un rastro de canciones que nos acompañan. Guitarrero furibundo por las esquinas del Vedado, siempre en pos de algún sueño a medio hacer, se fue formando en la inspiración de amigos, libros, casetes y FM. Una decena de oficios después, se decantó definitivamente por la trova, dando un giro a su devenir personal. Desde entonces Gerardo Alfonso es una voz reconocible en la cultura cubana, aglutinador de diversidades, bardo que a golpe de cuerdas ha construido una obra marcada por las confluencias.

En 1980 se incorporó al Movimiento de la Nueva Trova. Tiempos de euforia institucional, hoy lejanos, perteneció a una camada repleta de espíritu cáustico y borbotones de versos, que pretendía no dejar títere con cabeza en un contexto donde lo bueno y lo malo parecían apenas espejismos. Coincidió con hermanos de canciones: Carlos Varela, Santiago Feliú y Frank Delgado. Eran “los topos”, al decir de Joaquín Borges-Triana, o los “trovadores de la herejía” como los llamaron Bladimir y Fidelito. Dejaron atrás la modalidad del cantautor sentado, poniéndose de pie para entonar a una, dos o cuatro voces, intercambiando la guitarra, entre tragos de ron, piernas de mujeres y aquella Casa que una vez fue del Joven Creador. Se desgarraron en recitales minúsculos, haciendo cofradía por las ochenteras noches de la capital. Quedó por ahí un puñado de composiciones casi míticas, muchas que ya ni ellos mismos recuerdan, pero que en esos tiempos eran sus pequeños grandes éxitos. La vida trastocó brújulas, cada quien agarró su camino, y Gerardo siguió dando tumbos entre el aliento de unos y la incomprensión de otros. Por suerte, nunca paró de escribir y cantar.

Imposibilitado de grabar, conoció un primer peldaño de repercusión cuando sus temas aparecieron en otras voces, sobre todo femeninas. Xiomara Laugart interpretó “Eres nada”, “Amiga mía”, “Quisiera” y “Alguien me habló de amor”; Gunila hizo suyas “Distancia” y “Huella sideral”, mientras Rochy incorporaba “Yo también te amé” y “En la vida real”. Curiosamente, varias agrupaciones acudieron también a su cancionero, con alcance popular, sobre todo Moncada y “Yo te quería, María”. Asimismo, Mezcla (“Dicen que”, “Ámame lo más que quieras”, “Aquí cualquiera tiene”), Luis de la Cruz y Bolsa Negra (“Claro de Luna”), Arte Vivo (“La ilusión que yo profeso”), y Vidrio y Corte y Girón con sendas versiones de “Como si fuera un gato” se convirtieron en vehículos para darlo a conocer en los medios de difusión. No fue hasta entrando los años 90 que Gerardo comenzó a pergeñar una discografía personal dentro y fuera de Cuba.

Distribuidos de manera irregular, y con una exposición mediática bastante reducida, pese a premios y elogios críticos, los discos de Gerardo conforman un corpus creativo al cual hay que asomarse sin reservas. Ahí están sus textos de ira y ternura, el meticuloso trabajo de composición reflejado en la riqueza rítmica y melódica, y la variedad en las orquestaciones. Esta condición poliédrica se extiende a los géneros y estilos que asume. Desarrolló un modo casi percutido, con rayados en la guitarra que lo llevaron a idear el “guayasón”, mezclando elementos de raíz afro y música campesina. También se sienten aderezos caribeños de reggae y calipso, toques brasileños, lirismo deudor del mejor pop de los 70, bolero, rumba, funky y rock and roll. Instrumentalmente hay una gama amplia, pues lo mismo se hace acompañar por una orquesta sinfónica que por un formato menor y eléctrico, a veces a golpe de piano o, por supuesto, a guitarra limpia. Si la inexperiencia le jugó una mala pasada, resintiendo el concepto sonoro de algunos tempranos fonogramas, con el tiempo Gerardo se sumió en nuevos retos para salir airoso.

Gerardo Alfonso. Foto: RichardEntre Volando hacia la Luna (1990) hasta La cima (2009) se acumulan títulos como Los lobos se reúnen (1994), Recuento (2000), Las cosas que yo te cuento (2003), Raza (2004) y A orillas del mar (2005), por nombrar solo unos en una docena o más. Algunos funcionan a la manera de compilatorios de piezas ya conocidas (Cuarto de siglo, 2006), y otros bordean más lo conceptual, entre ellos El ilustrado Caballero de Paris (2001) y Leyendas camagüeyanas (2005). Temas imprescindibles en cualquier antología cubana de la canción pertenecen a la rúbrica de Gerardo; otros, como “Tinta china”, “Puestos inversos” o “Pepe Telescopio”, han quedado por ahora en el limbo de lo inédito, sospecho que más por decisiones de producción, que por ser descartes en una obra que sorprende por su extensión.

Aunque abarca un espectro temático amplio, se rastrean fácilmente algunas líneas que tienen mayor representatividad. Hay cuestionamientos sobre una realidad social que desborda al individuo y lo atrapa en situaciones que no siempre se asimilan de la manera más positiva, junto a miradas cargadas de ternura hacia un entorno que, lejos de ser perfecto, posee cierta magia sui generis. Está el espinoso tema racial (más bien yo diría “étnico”), que refleja desde una perspectiva que pugna por no ser excluyente. Está la ciudad, con sus luces y sombras, sus conflictos cotidianos y raíces, su decadencia física y su esplendor humano. Está la reflexión generacional, los sentimientos encontrados, la duda, el frenesí, la reflexión que coloca la edad. Por supuesto, está el amor: mordaz, cerebral, candoroso, directo o sensual, a veces con un toque de humor, a veces abierto de venas. Gerardo habla de casi todo: peripecias de cama, pequeños y grandes personajes de una historia insular, vivencias en los márgenes, sábanas blancas colgadas en los balcones.

Hay irreverencia en sus textos, frecuentes alusiones a La Habana como señales de complicidad, lenguaje que se torna asequible, incluso con el empleo del argot callejero. Su poética pasa por el filtro de la sinceridad y un compromiso donde caben tanto el optimismo y la alegría como la rabia y el desencanto. La ironía de “Si te quieres divertir” y “Comiendo del pastel americano”, contrasta con el lirismo de “Giovanna”, la mirada incisiva de “Revólver” o la nostalgia caladora de huesos presente en “Amigos”. Hay de todo y para todos, aunque su música está lejos de la complacencia.

Su misma vocación plural en la búsqueda sonora lo acompaña en su empeño de reunir voluntades diferentes con una finalidad común. Proyectos tan importantes, aunque no siempre bien valorados, como Tardes de Café, Cinema Sincopado y Almendares Vivo, mostraron otra faceta del trovador. Espacios para lo que ya comenzaba a denominarse “música cubana alternativa”, esas creaciones que serpenteaban por los bordes, en tierra de nadie, y a las cuales Gerardo supo hallarle su denominador común. De tal forma logró convocar, en saludable conspiración de la cultura, a bandas de rock, piquetes de jazz, cantautores, rumberos, instrumentistas de concierto, raperos y exponentes de la electrónica, sin distinciones ni barreras. Superávit, Athanai, Amenaza, Grandes Ligas, Havana, Zeus y el trío suizo de Koch, Schutz & Studer, fueron algunos de los que actuaron en estos foros que desaparecieron casi como mismo habían nacido. El “todo vale” generaba una atmósfera de interacción plena, con beneficio común para artistas y público. Todavía se les echa de menos.

Pese a su agenda de trabajo y las complicaciones naturales de cualquier ciudadano, encuentra tiempo para participar en homenajes a John Lennon, Silvio Rodríguez o la trova tradicional, figurar en el evento multinacional de creación Music Bridges de 1999, cantar “Santa melodía” en el disco Cubanos de José Luis Barba, compartir escena con Habana Abierta, Café Tacuba, Tesis de Menta y compañeros de trovadas, y realizar su propia versión de la “Balada de Nicanor” para el cortometraje Homo sapiens, de Eduardo del Llano. Música para cine (Hoy como ayer, de Rapi Diego, La risa de Ochún, de Thomas Rautenberg y Ulli Langenbrinck) y temas por encargo (“Son los sueños todavía”) muestran su capacidad para interiorizar hasta hacer suyas las exigencias ajenas. Se le ve en descargas improvisadas o formales, guitarra en ristre, apasionándose como el primer día. Y eso que ha llovido bastante desde que comenzó a hacer canciones.

Rebelde atenuado, con una obra sólida y una visión ecuménica que traslada a cada una de sus acciones culturales, Gerardo Alfonso se abre a todo lo humano, sabiendo que cada sentimiento porta una canción en sus entrañas. No teme a la difícil etiqueta de trovador pues su canto se enraíza en tradiciones de griots, la juglaresca itinerante de tantos siglos y la influencia directa de esa escuela en Cuba que alguna vez fue el Movimiento de la Nueva Trova. El instrumento, sea piano o guitarra, es solo su médium. Lo importante es tener algo que decir, no importa si al hacerlo se le cante a un silencio universal.

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