Actualizado el 23 de noviembre de 2012

Raly Barrionuevo

Por: . 20|11|2012

Para el Centro Pablo

Raly BarrionuevoDesde la norteña provincia argentina de Santiago del Estero, cuna de acendradas tradiciones campesinas, Raly Barrionuevo (1972) se mueve entre dos aguas que a su vez recogen afluentes varios. De un lado el folclor, con su riqueza de ritmos y melodías, sabiduría popular y apego a la tierra, sencillez canalizada en canciones que guardan intacta la voz de los campos con todas sus alegrías, rabias y dolores. Del otro lado el rock, el hálito contemporáneo, diversidad que admite casi todo en su eléctrica sonoridad. Una Argentina doble, autóctona y cosmopolita, urbana y rural, encuentra algunas de sus tantas dimensiones en la obra de quien prefiere llamarse a sí mismo musiquero y activista de la conciencia

Rodeado de sonidos desde su infancia, pasó por un proceso natural de aprendizaje por imitación, hasta zambullirse en la composición, sin haber estudiado música de manera formal. La influencia del rock nacional la tuvo presente también desde su formación más temprana. Raly fue uno de los miles de chicos que guitarreó canciones de Charly, Spinetta o Ceratti, junto con las tonadas de Raúl Carnota y Chango Farías Gómez. De todos modos no conviene olvidar que ambos sonidos tienen una extensa historia de fusiones por allá por el sur.

Su obra —por el momento— está recogida en apenas seis discos en estudio: El principio del fin (1996), Circo criollo (1999), el exitoso Ey paisano (2004), Noticias de mi alma (2007) y el reciente Rodar (2012), con el cual inaugura, por cierto, su independencia artística al publicarlo bajo su propio sello. A ellos hay que sumar un registro en directo, Paisano vivo (2006), el proyecto La juntada (2003) —que lo asoció temporalmente a Peteco Carabajal, Julio Paz y Roberto Cantos, integrantes del Dúo Coplanacu— y Radio AM (2009). Este último fue concebido como tributo a la banda sonora de su niñez, la música que escuchaba cantada en casa por sus mayores, o sonando en las estaciones radiales que tanto peso tienen en cualquier vida pueblerina. Canciones revisitadas desde el prisma de la nostalgia y la pertenencia, como una cápsula de tiempos pasados devueltos al presente. Así aparecen varias generaciones representadas en los tangos, melodías y valses de Julio Lacarra, Homero Expósito, Eduardo Falú, Ariel Ramírez y los Hermanos Ábalos. Asimismo, vale destacar que gente como León Gieco, Liliana Herrero, Luis Gurevich, Verónica Condomí y Jorge Drexler, entre otros, han aparecido como invitados a lo largo de su discografía.

En sus composiciones se cruzan huaynos, vidalas, chacareras, zambas, coplas y bagualas, con rock y reggae. Los acompañamientos son casi siempre reducidos, pero efectivos. Subyace la pulsación del bombo legüero: no en balde fue su primer instrumento en un pueblo (Frías) que, además, le celebra hasta un festival. Las guitarras acústicas aportan un rayado rítmico, mientras la eléctrica dispara riffs y solos, y el bajo sostiene la base, con acentos ocasionales de piano, palmadas y bandoneón. No hay grandes orquestaciones: apenas lo necesario. Él mismo se hace cargo de generar buena parte de los sonidos, programando o tocando instrumentos diversos. En algunas piezas sobresale un inconfundible hálito rockero, como “Baguala del desengaño” y “Solo tus ojos”, o se aproximan al folk-rock (“Cuarto menguante”), al tiempo que el reggae se cuela en “Como danza la esperanza”. El lirismo de “Mariana” se combina con “Circo criollo” y “Donde se gesta el amor” (esta última en coautoría con Pica Juárez) que ilustran el segmento más afincado en lo folclórico. Lo interesante es cómo estas visiones diferentes pueden convivir en un mismo disco. La intensidad de su desempeño vocal es otro de los atributos a destacar, y rompe con ese cierto aire de letanía que caracteriza a algunos cantautores. En lo particular, a veces no me funcionan del todo algunos temas a piano, ni el recurso de las breves declamaciones extrapoladas en una pieza. Pero esas son apenas objeciones mínimas a un discurso conceptual que brilla por su solidez y alcance.

Su poética va más a la direccionalidad que a la sofisticación. Con lenguaje recto y diáfano, herencia del vox populi, no se anda con rodeos y llama a las cosas por sus nombres (y apellidos). Sus metáforas son sencillas: huelen a campo y sinceridad. A veces autobiográfica (“La casa de mi madre”) su lírica acude a recuerdos transformados por la experiencia de vida y adaptados a una (otra) realidad. Esto contribuye también a acentuar el filón popular (no populachero) que lo define. La crítica y denuncia social, y la cobertura de temas álgidos, son asumidas con una visión optimista y esperanzadora, alejada de la excesiva solemnidad que en ocasiones acompaña a este tipo de canción. Ha musicalizado textos de otros autores (Marcelo Ríos, Ernesto Guevara, Horacio Banegas) e incorpora temas ajenos como “De ahícito” (Fortunato Juárez), “Zamba por vos” (Alfredo Zitarrosa), “Celia” (Leo Dan), “Luna cautiva” (Chango Rodríguez) y “Ayer te vi”, de Víctor Heredia, con la cual se alzó con uno de los trofeos en el certamen competitivo de Viña del Mar, Chile, en 2001.

De los siempre interesantes festivales estudiantiles y foros universitarios saltó a los escenarios y eventos de mayor consagración nacional, causando un revuelo. Entroncó con tradiciones a la vez que proporcionaba un aire renovador, una necesaria manera distinta de cancionar la realidad. Si el término “canción protesta” tuvo significados específicos a partir de los años 60, identificando una fuerte movida internacional, para luego derivar hacia sus clichés más superficiales, con Raly —y otros como él— volvió a cobrar un sentido: a fin de cuentas, las causas para protestar no se han extinguido. Cambio, oxigenación, otras formas de encarar el arte de compromisos: fórmulas que signan el desempeño de Raly. La coherencia de su posición como artista y ser humano lo ha llevado también a enrolarse en el apoyo a movimientos campesinos, marchas ciudadanas y proyectos de educación popular. Como apuntó en una ocasión: “Mi utopía es que la música alguna vez cambie la realidad”.

A partir del 2005 el cantautor inició una relación con Cuba, marcada por recitales en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, El Mejunje, la Casa de las Américas, y el teatro Karl Marx. Interactuando con músicos nacionales o presentándose como solista, puso a disposición de los melómanos del patio su canto de todos. Cuatro años antes había incluido la conocida “Hasta siempre”, de Carlos Puebla, en uno de sus discos, de modo que sólo era cuestión de tiempo que el contacto germinara. Quizás donde mejor se ejemplifica este toma y daca entre la isla caribeña y la nación gaucha sea el vínculo que desarrolló con Yusa. La amistad entre la compositora y multi-instrumentista habanera, instalada ahora en La Plata, y el cantautor santiagueño —reubicado en Córdoba— fue ganando en complicidad entre guitarras, versos, anécdotas, mate y asados. ¿Resultado? Raly participó en el tema “Donde alguien me espera” del disco Libro de cabecera en tardes de café (2012) de Yusa, y ella colaboró en su álbum Rodar, también de este año. Todo un lujo para dos creadores que tendieron puentes entre geografías y culturas, para hallar un universo común.

De ser uno de los exponentes más importantes del canto nuevo, a estar prohibido en su provincia natal por algún legislador torcido, Raly Barrionuevo recoge los frutos de su compromiso con una ética de la canción. Notable intérprete del cancionero propio y ajeno, buscando un balance entre lo acústico y lo electrónico, entre el campo y la ciudad, entre lo contemporáneo y sus ancestros, es de los creadores que sienta pautas y redefine conceptos. Los sinuosos senderos de la tradición y las asfaltadas avenidas de la modernidad no representan una dicotomía en su obra, sino los ingredientes con los cuales la alienta. Su música está en los repertorios de artistas reconocidos, pero también en el leve canturreo de un anónimo trabajador rumbo a su taller, un estudiante que va hacia su escuela, o un campesino perdido entre ovejas y coyuyos. Descalzo por los caminos va el trovador: sin dudas, su canto lo precede.

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