Actualizado el 11 de abril de 2013

Bill Frisell

Por: . 2|4|2013

Para Pachy López

Bill FrisellCon presencia destacada en la historia del jazz, a partir de los años 60 del siglo pasado la guitarra inició un período de protagonismo con figuras entre las que se menciona a Bill Frisell (Estados Unidos, marzo de 1951). De alumno inquieto en el Colegio Berklee a pichón sesionero de free-jazz, paso a paso sustentó una trayectoria que hoy resulta destacada referencia en el instrumento. Tiene una treintena de discos a su nombre, colaboraciones en géneros y estilos diversos, clases magistrales y musicalizaciones en el cine y las artes plásticas, así como el respaldo de la crítica y una mayoría de músicos, aunque no se puede decir que su obra sea pensada exactamente para un mercado tendenciosamente amplio.

Como parte de una generación que se forjó en el downtown neoyorkino, ostenta una faceta que tiende hacia lo no-convencional, donde la atonalidad y la fiereza ruidista hacen de las suyas. Se trata de un terreno peligroso y tentador a la vez, que remite a lo exploratorio y la interacción entre los implicados. A diferencia de John Zorn, uno de los capos de dicha estética, y con quien suele colaborar, Frisell no se obsesiona con la deconstrucción sonora, aunque puede acudir a ella sin remordimientos conceptuales. En realidad cultiva más lo melódico, tanto en sus propias composiciones como cuando asume las ajenas, en cuyo caso cambia detalles mínimos, pero sin alterarlas demasiado.

Repasando su discografía, se encuentran piezas de John Coltrane, Burt Bacharach, Gershwin, Bob Dylan, Madonna, Thelonius Monk, Hank Williams, Muddy Waters, John McLaughlin, Sam Cooke, Willie Nelson, Charles Ives y Aaron Copland, entre muchas más. Creo que algunas de sus mejores versiones están en All we are sayin’ (2011), tributo a la obra de John Lennon, con y sin The Beatles. Lejos de mostrar una aproximación radicalmente extrema, respeta los trazos melódicos del de Liverpool, construyendo un disco que se disfruta de punta a cabo, con momentos de fina empatía en “Across the Universe“, “Nowhere Man“, “Hold on“, “Julia“ y “Mother“. Otro tanto ocurre cuando se acerca a la tradición nacional. Lo que la crítica ha bautizado como “americana” es un baúl que admite la mayoría de los géneros raigales de la música estadounidense: country, blues, hillbilly, bluegrass, folk y los atisbos primerizos de jazz y rock and roll. Cantos y sonidos de los campos de algodón, riberas y montañas, signados por la ruralidad y que, transmitidos de una generación a otra por vía oral, conforman un rico corpus cultural. Sin la intención casi antropológica que ha animado a otros como Ry Cooder, Frisell se apropia de todo ese legado, lo reformula desde su perspectiva y lo conduce a otro plano. Asimismo coquetea con boleros y sones raritos, tangos y bossa, folclores de distintas latitudes, música de cámara contemporánea, avant rock, funk y pop del mejor; todo esto mezclado con bandas sonoras inspiradas en filmes silentes de Buster Keaton, y ambientaciones para expos de pinturas (Richter 858, 2005) y fotografías (Disfarmer, 2009).

¿Jazzista? Sí, pero no solo. Álbumes a trío compartiendo titularidad con Elvin Jones/Dave Holland (2001), Paul Motian/Ron Carter (2006), y George Lewis/Zorn (1992), así como la fructífera experiencia junto al brasileño Vinicius Cantuária (Lágrimas mexicanas, 2011) se codean con asociaciones junto a Ryuichi Sakamoto, Ginger Baker, David Binney, Joe Lovano, Lyle Mays, David Sylvian, Marianne Faithfull, Chet Baker, Jan Garbarek, Elvis Costello y David Sanborn, entre otros. En Cuba, muchos años atrás, se podía hallar en las tiendas, un LP del pianista checo Emil Viklicky con su participación. Igualmente destacan los trabajos con cantautoras de perfiles variados (Bonnie Raitt, Gabriela, Lucinda Williams, Rickie Lee Jones, Shawn Colvin) y colegas del instrumento (Vernon Reid, Mike Stern, Arto Lindsay). Todo esto sin dejar de citar al proyecto Naked City, con una decena de grabaciones, recomendadas para oídos muy (pero muy) abiertos: delirantes improvisaciones que se alojan en las fronteras del ruido, la cacofonía y el jazz más cerebral.

Curiosamente, Frisell inició su singladura como solista en 1983 con In line, concebido para solo dos cordófonos: bajo y guitarra. Esa inclinación hacia las cuerdas pulsadas o frotadas volvió a aparecer en Ghost town (2000) —donde asumió toda la responsabilidad— y The Willies (2002), entre otros. Combinando violín, viola, cello, dobro, banjo, ukulele, mandolina y guitarras (acústica y eléctrica), consigue imprimir una atractiva gama de colores. Favorece los formatos pequeños, empleando además instrumentos un tanto inusuales como el acordeón, el clarinete bajo y la tuba.

Que sellos tan serios como ECM, Nonesuch, Blue Note y Savoy hayan respaldado sus discos habla claramente sobre su prestigio como creador: no cualquiera aparece en sus catálogos. Por otra parte es destacable el eclecticismo de una entrega que pese a su variedad no extravía un hilo común, arrojando luz sobre sus intenciones y procesos creativos. Por ejemplo, Floratone (2007) es atmosférico, construido sobre grooves del baterista Matt Chamberlain y con la guitarra desarrollando sutiles melodías improvisadas; tras lo cual el resultado fue a dar a las manos de un par de productores, quienes le dieron el ensamblaje final con toques añadidos por algún que otro invitado. Have a little faith (1993) plantea la reelaboración de partituras de compositores de diferentes generaciones dentro del acervo norteamericano; y Blues dream (2001) le da vuelta al blues, poniendo a un lado el habitual marcaje rítmico, e insistiendo en evocadores ciclos armónicos. Y esto es apenas la punta del iceberg de su discografía.

Si algo lo identifica es un toque suave y nítido, cual si acariciara dulcemente las cuerdas. Esa pulsación mesurada y deslizante, que parece tomarse tiempo en su conversación con los demás instrumentos, unida al excelente manejo del control de volumen, y la parquedad en el empleo de los efectos electrónicos, distinguen su trabajo. Con discretos roces de la uña genera micro-sonidos que a la vez manipula con los pedales; mientras su capacidad de prolongar las notas inserta otro elemento de expresividad en su arsenal de recursos. Como ejecutante se muestra interesado en las texturas y colores, los desarrollos pausados, el ataque preciso y un correcto enfoque de la improvisación como modus operandi. Si bien es introspectiva en esencia, su música está a años-luz de la complacencia. En alguna etapa chocó con el recelo de quienes no aquilataron lo que ese (aparentemente) tímido chico con gafas se traía entre las seis cuerdas de su instrumento. Tiempo y constancia pusieron las cosas en su lugar.

En sus comienzos llegó a limpiar pisos (literalmente), hasta que su talento, curiosidad y avidez intelectual le llevaron al reconocimiento, pero sobre todo a conformar una labor que parece quebrar barreras. Su destreza como guitarrista, el renovador concepto desplegado desde la composición inmediata, y una búsqueda tímbrica que ha logrado definir un estilo y hacerlo reconocible entre miles y miles de instrumentistas actuales, lo colocan en un sitial privilegiado. Tiene fonogramas asequibles y otros más complicados, pero esa cuerda floja le viene de perlas. No es un músico de multitudes, ni necesita serlo: lo suyo va por otros senderos. Diría, más bien, que Bill Frisell es un creador polifacético para el cual el único sonido imposible es el que no existe.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | | | | | | | | |

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