Actualizado el 26 de junio de 2013

Lionel Loueke

Por: . 23|6|2013

Para Mr. Acorde

Lionel LouekeAlgunas de las experiencias sonoras más interesantes de los últimos treinta años se han dado a través de las mezclas genéricas, las rupturas de estereotipos y la curiosidad creativa. Estas premisas han generado etiquetas diversas (quizás entre las más conocidas —y gastadas— estén las de “fusión” y “world music”), millones de comentarios a favor y en contra, y un número creciente de obras que desdeñan los clichés, gracias a músicos que se arriesgan en territorios nuevos o, al menos, no tan trillados. También dichas condiciones se dan en la producción de Lionel Gilles Loueke, guitarrista, compositor y cantante que, en apenas una década, se ha situado entre los nombres más destacados del panorama contemporáneo.

Nacido en abril de 1973 en Benin, en la zona occidental de África, comenzó a temprana edad con los tambores, pasó luego al bajo y finalmente se decidió por la guitarra. Autodidacta y con precarias condiciones (cuenta que llegó a usar rayos de bicicleta como cuerdas para el instrumento) se empeñó desde temprano en quebrar el fatalismo geográfico de su lugar de origen. Trabajar con bandas locales, tocando los mismos acordes noche tras noche, no le resultó satisfactorio. Poco a poco reconoció sus limitaciones conceptuales, descubrió el jazz, se interesó en la improvisación y se dedicó a transcribir los pasajes solistas de Miles Davis y a intentar descifrar el modelo guitarrero de George Benson y Django Reinhardt. Cuando decidió ampliar sus conocimientos, el itinerario de estudios lo llevó por Costa de Marfil y Francia antes de recalar en reputados colegios de Estados Unidos, país desde el cual ha venido impulsando su carrera hasta hoy.

Antes de abocarse en una proyección individual grabó con sus mentores, el trompetista Terence Blanchard (Bounce y Flow) y el pianista Herbie Hancock (Possibilities y River: The Joni letters). Desde entonces se ha vinculado asimismo a Gretchen Parlato, Vinnie Coaliuta, Charlie Haden, Avishai Cohen y Roy Hargrove para conciertos o discos. Junto a dos condiscípulos —el contrabajista sueco de ascendencia italiana Massimo Biocatti y el baterista húngaro Ferenc Nemeth— dio vida a Gilfema, que dejó un fonograma homónimo en 2005 y su continuación, tres años más tarde. Mostrando sus capacidades de instrumentistas y compositores, piezas como “Okagbe”, “Tinmin”, “Vera”, “Hormonix” y “Allgon” evidenciaron la lograda interacción de quienes habían comenzado un decenio antes tocando en las aulas.

En su listado de colaboraciones figuran (¡cómo no!) trabajos con músicos cubanos. Descargas junto al saxofonista Yosvany Terry y entrecruzamientos en los estudios de grabaciones con Pedrito Martínez, se complementan con sus apariciones en el disco XXI century (2012) del pianista Gonzalito Rubalcaba, y el proyecto Cuban crosshitching (2013) que encabezó el percusionista santiaguero Arturo Stable, y reunió a la cantante mexicana Magos Herrera, el bajista neoyorkino Edward Pérez y el canadiense Seamus Blake en el saxo tenor. Lástima que estos trabajos hayan pasado casi inadvertidos para el melómano promedio en nuestro país.

Hasta el presente su discografía personal se limita a unos pocos pero significativos álbumes. In trance (2005) y Virgin forest (2006) apuntaron a un híbrido de jazz y géneros tradicionales africanos, con predominio de estos últimos y un lenguaje acústico. Karibu (2008) y Mwaliko (2010) marcaron una transición donde los sonidos más diversos fueron confluyendo, hubo un viraje decidido hacia las armonizaciones propias del jazz, y creció la instrumentación empleada, además de contar con las contribuciones adicionales de su coterránea Angelique Kidjo, Esperanza Spalding, Richard Bona, Wayne Shorter y el ya citado Hancock. Finalmente Heritage (2012), contrario a lo que podría parecer en una interpretación superficial de su título (viniendo de donde viene Loueke) dio un vuelco hacia una electrónica sutil, sin perder los matices acústicos, en buena medida gracias al pianista y coautor Robert Glasper. Cinco discos que permiten observar su progresiva maduración como compositor y su vocación por explorar las posibilidades de la guitarra, pero funcionan también como una panorámica del mestizaje actual: el hilo conductor de un creador que tiende puentes donde otros juegan a las postalitas folclóricas y las divisiones de dudosa autenticidad.

A Lionel se le puede situar en una tradición guitarrística africana que tiene nombres como los de Ali Farka Touré (Mali), los senegaleses Mansour Seck, Ismael Ló y Baaba Mal, el guineano Sekou Diabate, los congoleses Diblo Dibala, Rigo Star, Bopol Mansiamina y Dally Kimoko, el nigeriano King Sunny Ade y el egipcio Ali Khattab, entre otros. Músicos que, partiendo de sus respectivas experiencias culturales, han trascendido más allá de sus países, incursionando a veces en géneros distantes de los folclores nativos. En el caso de nuestro protagonista beninés, uno de los elementos característicos de su estilo es el modo en que arpegia con la mano izquierda mientras usa la derecha para percutir. Por momentos evoca los tañidos del kora y otros cordófonos de su continente. A la vez hace rítmicos chasquidos vocales, apaga el cordaje para conseguir sonidos secos (introduciendo pedazos de papel entre las cuerdas de nylon), seduce con tempos inusuales, y últimamente emplea modernos pedales distorsionadores además de cambiar eventualmente hacia las cuerdas de acero. Todo esto le da una gama bien amplia de opciones expresivas que le sirven lo mismo para la defensa acústica y unipersonal de sus canciones, que para integrarse en una banda eléctrica y mantener un liderazgo.

Sorprende un poco descubrir que la riqueza de la música de ascendente Yoruba va mucho más allá del mero ligamento a las percusiones con que se le ha querido asociar en Cuba. Las modulaciones vocales y el notable empaste melódico comparten esa ancestral herencia que Loueke devuelve directamente desde las fuentes en sus canciones. Formas tradicionales que se yuxtaponen con jazz y funk generando un híbrido donde fuerza y delicadeza se complementan. Aunque de manera eventual echa mano a piezas de Sting (“Sister moon”), John Coltrane (“Naima”), Wayne Shorter (“Nefertiti”) o provenientes de su tradición nacional (“Vi ma yon”) transformándolas hasta casi volverlas irreconocibles, lo principal se apoya en composiciones propias, ya sean instrumentales o cantadas en los dialectos mina y fon.

Algunas apuntan más hacia el jazz, como “Griot”, “Lost magic”, “Freedom dance”, “Ife”, la soberbia “Shazoo”, y “Ouidah” con su impactante diálogo entre la guitarra y el piano eléctrico. En otras (“Hide life”, “Ami O”, “Nonvignon”) el componente folk está mucho más presente. Unas suenan nostálgicas, evocadoras (“Chardon”, “Hope”), enfatizan lo acústico (“Flying”, “Twins”, “Benny’s tune”), establecen un equilibrio entre reposo y viveza (“Tribal dance”), apuestan por complicados pulsos rítmicos (“Farafina”) o proponen (“Agbanon blues”) una revisión funk a ese género de prehistoria algodonera. Un detalle interesante es el enfoque que sugiere en “African ship” sobre algo tan execrable como la esclavitud. Loueke habla de los sobrevivientes que consiguieron regresar a sus sitios de nacimiento, portando esos recuerdos de pesadilla pero también un bagaje cultural y cognoscitivo diferente. Todo muy emocional, lo cual se nota en su forma de cantar y en la depurada construcción melódica. Aún dentro de su complejidad es música que destila cierta inocencia, tal vez heredada de los tempranos e inexpertos días en los que entretenía turistas en tugurios de Benin.

Jazz, blues, funk, cantos litúrgicos, armonización avanzada, ritmos folclóricos yorubas y guitarra, mucha guitarra, envuelven la creatividad de Lionel Loueke. Su criterio (bien certero) es crecer desde las raíces, no vararse en ellas. Así como no quiere desligarse de la música de sus ancestros, tampoco pretende renunciar a la libertad de incorporar nuevos aprendizajes. En ese contrapunteo subyace el atractivo de su trabajo. Ha sido un proceso intuitivo, de constante experimentación, pero valió la pena. La condición de emigrante le ha permitido una perspectiva diferente, donde los orígenes no se anulan, sino que se integran a una visión global y ecuménica a la vez. A fin de cuentas las procedencias geográficas son apenas un azar: más importante es lo que se haga con el material que la vida nos pone delante. Quizás por ello en su obra no existe un choque de culturas, sino una necesaria y estimulante convivencia.

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