Actualizado el 3 de septiembre de 2013

Metallica

Por: . 23|8|2013

Para Diony y Zeus

 

MetallicaAbanderado del thrash y fundado en la polucionada ciudad californiana de Los Angeles, en octubre de 1981, Metallica es uno de los grupos punteros en el escenario rock, y al mismo tiempo uno de los más alabados y vituperados. Seguidores pasados y actuales viven en perenne camorra señalando bondades y puntos flacos de su obra, a la vez que el cuarteto ha transitado por diversas etapas dejando un rastro de discos, canciones y anécdotas de todo tipo. El baterista Lars Ulrich y el guitarrista James Hetfield, ambos nacidos en 1963, se han mantenido como dupla fundadora y base, responsables de la casi totalidad de las composiciones y estrategas de un sonido que, sin dejar de variar, sigue siendo el mismo.

La banda surgió en una época cuando sintonizaron las herencias del punk y el rock más avasallador del decenio previo. Ignorando tendencias de moda (y ciertos “raros peinados nuevos”) Metallica se apuntó a una escena que comenzaba a germinar: música tocada a alta velocidad, desenfrenado vigor y creciente propensión hacia lo oscuro (tanto al nivel sonoro como lirico). Junto a Slayer, Megadeth y Anthrax conformó la élite del estilo que pasó a denominarse thrash metal, sirviendo como referente a quienes vinieron detrás. Kirk Hammet (1962), proveniente de los seminales Exodus, sustituyó como guitarrista líder en 1983 a un problemático Dave Mustaine, para conformar con Hetfield un tándem de cuerdas bien consistente, mientras el bajista original, Ron McGovney, dio paso al mítico Cliff Burton, fallecido prematuramente en un accidente en septiembre de 1986. Lo reemplazó Jason Newsted hasta su portazo a principios de 2001; más de dos años después entró un entusiasta Robert Trujillo, fogueado en el respaldo de Ozzy Osbourne. Con esta alineación Metallica se ha mantenido en la última década.

En cuanto a su obra, la trilogía discográfica oficial de sus inicios es un crescendo constante. Kill ´em all (1983) mostró trazas sin pulir de un montón de influencias, pero ya marcando un sendero composicional propio con “Seek and destroy” y “Whiplash”. Ride the lightning (1984) fue un paso adelante con canciones armónicamente más complejas (“For whom the bell tolls”, “Fight fire with fire” y la titular), mientras el sonido se refinó para Master of puppets (1986), cúspide creativa del cuarteto. La fórmula se concretó en riffs turbulentos, despiadados ritmos de batería y textos existenciales: thrash en su mejor esencia. “Disposable héroes”, “Battery”, “Leper messiah” y la que lo nombra, hicieron del álbum un hito para quienes se acercaban al estilo como intérpretes o escuchas. Todavía hoy sigue seduciendo generaciones. Tras ese punto llegaron And justice for all (1988) y Metallica (1991), goznes en su trayectoria, a partir de una palpable simplificación sonora que para muchos fue sinónimo de “traición” a los ideales originales. Y es que hubo un cambio, sin dudas: se abandonó la crudeza de los primeros días, pero la renovación es parte de todo ciclo vital, y los miembros del grupo —cuyas motivaciones también se iban transformando— eligieron explorar otras opciones para no encasillarse en lo ya hecho.

Desde entonces se sucedieron Load (1996), Reload (1997), St. Anger (2003) y Death magnetic (2008); varios registros en vivo, documentales y filmaciones de sus conciertos, más el (casi) inevitable acústico para MTV, así como Garage inc (1998), con versiones a temas de otros artistas que los influenciaron (Thin Lizzy, Diamond Head, Motorhead, Blue Oyster Cult, Queen, Misfits) con un plantel de invitados donde aparecieron Les Claypool, Jim Martin, Gary Rossington y John Popper entre otros. Pero, avivando aún más la polémica entre fanáticos y periodistas, aunque con resultados contrastantes, hay dos discos que resumen esa intención transgresora. En primer lugar, S & M (1999) grabado junto a la Orquesta Sinfónica de San Francisco, California. Para este tipo de encuentro los antecedentes en el metal eran prácticamente inexistentes, pero lo que pudo haber sido un bodrio pretencioso devino una obra compacta donde la potencia de la banda fue arropada por la instrumentación clásica con arreglos y dirección de Michael Kamen. Por otro lado, Lulu (2011), la sorpresiva —o no tanto— colaboración con el veterano cantautor Lou Reed, tomó desprevenidos a muchos y recibió críticas demoledoras. El peculiar estilo “hablado” del neoyorkino, con el soporte de Metallica, semejó un paseo por el lado oscuro de la poética, con música de controlado ruidismo, ritmos macizos y psicodélicas repeticiones de acordes. Demasiado para el promedio de seguidores de ambos artistas, aunque no dejó de ser un trabajo interesante entre tanta experiencia predecible que aparece en el mercado.

MetallicaLo que ha hecho de Metallica una de las agrupaciones dominantes en el rock de las tres décadas pasadas es, ante todo, su apego a una línea sonora sin descartar la experimentación eventual y los riesgos calculados. Sus integrantes no son “virtuosos” según la acepción más socorrida del término, pero manejan con eficaz soltura la construcción e intensidad de su música, mediante una combinación de tempos rápidos, melodías apuntaladas por algunos de los riffs emblemáticos del metal, e imaginativos pasajes solistas. “Enter sandman”, “Nothing else matters”, “Some kind of monster”, “Sad but true”, “Eye of the beholder”, “The unforgiven”, entre otras, son piezas que les sirven como identificación. En el plano lírico se enfoca en los códigos habituales de los extremos metaloides (muerte, destrucción, guerras, paranoias, frustración), así como críticas ácidas que atacan por igual las políticas gubernamentales y las gestiones de la industria comercial. Pero también sus textos contienen alusiones bíblicas o tomadas de la literatura contemporánea (Hemingway, Lovecraft). Instrumentales (“Orion”, “Call of Kthulu”, “Anesthesia”, “Suicide and redemption”) y baladas de alto voltaje (“One”, “Fade to black”, “Mama said”, “Bleeding me”) no desentonan entre un grueso de canciones explosivas. Tampoco el empleo de instrumentos nada comunes en el thrash (violín, hurdy gurdy, cítara), o llamar a la cincuentona heroína pop de los años sesenta, Marianne Faithfull, para poner los inquietantes coros de “The memory remians”. A destacar además las labores de productores externos (Flemming Rasmussen, Bob Rock, Rick Rubin) que han sido piezas claves para encauzar las ideas según los cambiantes intereses del colectivo.

Controversias mediáticas como el pleito con el sitio Napster por las descargas no autorizadas de su música en Internet, o cuando un premio Grammy que le parecía destinado fue a dar a las manos de Jethro Tull, no han dejado una huella demasiado visible en su trayectoria. Sus miembros se han abocado a contribuciones en proyectos de Santana, Danzig, Mercyful Fate, Primus y Septic Death, al tiempo que el grupo sirve como inspiración para los homenajes más eclécticos (Brutallica, Beatallica, Apocalyptica, Dream Theatre): respetuosos, insólitos o descacharrantes. No se debe olvidar que un creciente puñado de sus canciones figura en los repertorios en cualquier latitud, desde los argentinos Daniel Telis Project y los japoneses Hatallica, hasta la coreana Youn Sun Nah, los rusos Azeroth y el antiguo ídolo “teen” Pat Boone, sin descartar agrupaciones de nuestra geografía.

Mirándolo bien, Metallica y Rolling Stones comparten paralelismos. Ambos han mostrado una longevidad artística sustentada sobre binomios creativos y mancuernas de guitarras, sobreviviendo a muertes de integrantes, disputas internas, problemas de alcoholismo y egos, coqueteos con diferentes sonoridades, y estableciendo oportunas asociaciones con algunos de sus maestros. ¿Será la banda de Ulrich y Hetfield la continuadora del legado de supervivencia de los ingleses? Quién sabe: tiempo al tiempo.

Aferrarse a un estilo o género cualquiera, con sus inevitables limitantes, no es un pecado. La apertura hacia otros tampoco lo es. Sin embargo, el metal ha generado un nuevo tipo de fundamentalismo donde cada vez que un músico se aparta un milímetro de alguna supuesta línea inviolable, le llueven ataques y cuestionamientos de toda índole. Metallica asumió tal riesgo bien temprano en su trayectoria: justo después de grabar las placas definitivas del thrash. Y es que el reto (cuando está bien encauzado) estimula la emoción e introduce una dosis de libertad. Sus álbumes siguientes podrán gustar más o menos, aceptar o no sus variantes, criticar con individual acidez sus movidas de desvío, o renunciar a escucharlos, pero es evidente que el grupo angelino eligió la autosatisfacción y un crecimiento no siempre valorado, antes que alguna hipotética concesión. Eso sí, su capacidad de conservar el volumen brutal y hacerlo de modo incluyente, redefiniendo conceptos, tanteando aquí y allá con la disposición de asumir logros y deslices, sigue incólume tras más de tres décadas dando batalla.

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