Actualizado el 13 de diciembre de 2013

Carlos Varela

Por: . 20|11|2013

Para Rochy, Josué y Arrechea.

Carlos VarelaDurante décadas la trova y el rock han llevado una relación disfuncional en Cuba. Su posible mezcla con naturalidad pasa por múltiples tropiezos, provocados principalmente por quienes pretenden preservar la hipotética pureza de cada una de esas líneas. Descontando la (imprescindible) libertad creativa, y sin glorificar las bondades de alguna fusión, vale aclarar que pocos han logrado esa simbiosis en la escena nacional con la efectividad de Carlos Varela.Estos dos lenguajes y actitudes, para nada antagónicos, coexisten en su obra para determinar un modelo de canción quese ha ganado un lugar por derecho propio.

Equidistante de la herencia nueva trovera y de las reformulaciones conceptuales promovidas por la vanguardia plástica de inicios de los 80, se adentró con su guitarra en un mundo de afinidades, primeramente musicalizando textos de su hermano Víctor. Muy rápido comenzó a componer con un estilo que exudaba sencillez poética y de acordes. Se vinculó al Movimiento de la Nueva Trova desde 1980, y tuvo un período compartiendo con Santiago Feliú, Gerardo Alfonso y Frank Delgado. Juntos llevaron adelante algunas de las presentaciones más intensas de esa década, concebidas a puro guitarrazo y canciones que comenzaban a hacer historia. Sin embargo, hoy casi no queda nada del Carlos lírico e introspectivo de “India”, “Entre la hierba”, “Estrella Polar”, “Flor de loto” y muchas más. En todo caso, de aquella temporada rescató el filo incisivo que ya mostraba en “Hijo del fuego”, desarrollado luego en temas que causaron escozor entre los censores.

Las orquestaciones de sus primeros fonogramas, con el respaldo del grupo Señal en el Asfalto, se reconocían deudoras del Afrocuba ochentero que había acompañado a Silvio. Sección de metales, doble teclados e inclinaciones de pop y funk pespunteadas de jazz (también Sting le había volado la cabeza a más de uno) eran sus rasgos más evidentes. Poco después, la guitarra eléctrica de Dagoberto Pedraja estimuló un acercamiento rock que hasta ese momento subyacía más bien como actitud. A partir de ahí la obra de Carlos ha mostrado flexibilidad moviéndose entre el rock melódico y su versión más cañera. Incluso un tema casi puramente “vanvanero” como “El humo del tren” no escapa del sonido pop-rock.

Algunas de sus referencias más comunes son los espacios (abiertos o cerrados: el mar, la ciudad), la libertad (asociada en ocasiones al acto de “volar”) y los sueños (como anhelo de lo que no está, más que en su condición onírica). Así nos asoma a un universo temático que se mueve por lo autobiográfico (“Siete”, “Memorias”), los conflictos familiares (“Desde aquel día en que dividieron todo”, “Como un ángel”, “No es tiempo de cigüeñas”) y sociales (“Todos se roban”, “Cuchilla en la acera”, “Rayas blancas”, “Hombre de silicona”, “La política no cabe en la azucarera”), la frustración y el desencanto (“Como los peces”, “Círculo de tiza”, “Todo será distinto”, “25 mil mentiras sobre la verdad”, “La calle”, “Apenas abro los ojos”, “Muro”, “Como me hicieron a mí”) y el amor (“Grettel”).Textos con un carácter fabulador (“Enigma del árbol”, “Espantapájaros”), personajes citadinos (Douglas Rodríguez, Bola de Nieve, Luis Hernández “El Plátano”) o metafóricos (“Lucas y Lucía”), junto a propuestas como “Jaque mate 1916”—donde se trastocan diversas situaciones cotidianas según la praxis dadaísta—conforman las diferentes miradas con las que el autor testimonia su paso vital.  Muchas veces se le ha querido ver como un cronista generacional; sin embargo, pienso que parte del mérito estriba en que, justamente, rebasa franjas etarias, lo cual tampoco garantiza que todas las lecturas sean semejantes. Condición polisémica del arte, esa multiplicidad de interpretaciones es otro síntoma de trascendencia.

“Guillermo Tell” implicó en punto de inflexión en sus temáticas. Si hasta ese momento tenían un carácter más personal y urbano, contextualizado en su entorno, la leyenda del ballestero suizo puso un toque de universalidad que la hizo trascender fronteras. La novedosa manera de manejar una historia apócrifa, donde es el vástago de Tell quien quiere probarse lanzando la flecha a una manzana colocada sobre la cabeza del padre, supuso una metáfora de amplias connotaciones. ¿Tiene la juventud que servir siempre para probar la destreza —o no— de sus mayores? ¿Se puede invertir la confiabilidad? La canción desató un torrente repartido de simpatías y temores, inaugurando una especie de categoría sociológica (“los hijos de Guillermo Tell”), que englobó a parte de la joven intelectualidad de sesgo transgresor que resultaba incómoda para una serie de funcionarios en esos años.

Además, son contados los creadores que se han inspirado tanto, y de forma tan sostenida, en la capital cubana. No es su única obsesión, pero sí una de las más recurrentes, y así lo muestran sus miradas, casi siempre teñidas de nostalgia, hacia algunos de sus sitios (“Jalisco Park”, “El bulevar”) o ese pedazo de canción que es “Habáname”. Una urbe de ficción y realidad, mitad vivida y mitad imaginada; padecida y (sobre todo) amada. Carlos le canta a sus dolores, angustias y felicidades rescatadas de los escombros y la luz. Sus letras poseen una cualidad casi visual, como flashazos de imágenes: se escuchan también con los ojos, mientras cuida la dramaturgia interna hasta lograr desenlaces bien redondeados. No es fortuito que composiciones como “Una palabra” o “Bajo presión” hayan llegado al mundo del audiovisual.

Precedido por Jalisco Park (1989), En vivo (1990) y el exitoso Monedas al aire (1991), el disco Como los peces apareció en 1994 y todavía se le percibe como un hito medular en su desempeño, además de uno de los más destacados de la canción cubana contemporánea. De sólida producción, alta factura en los arreglos y labor instrumental, y muy, muy buenas composiciones, definió al Carlos que se reconoce hoy. No en balde la mayoría de esos temas figura en su repertorio activo tras casi dos décadas. Seis años más tarde apareció el acústico Nubes, seguido por Siete (2003) y No es el fin (2009) que reafirmaron la nueva orientación rockera, con el intermedio del recopilatorio Los hijos de Guillermo Tell (2005).

En el apartado de colaboraciones, no suele aparecer mucho como invitado de otros, pero por ahí están los dúos con Liuba María Hevia (“El despertar”), Frank Delgado (“Si te vas”), Athanai (“Fantasmas”) y José Luis Barba (“Buscando un buen color”). Sus canciones han aparecido por igual en versiones por cubanos (Los Gens, Moncada, Mayohuacán, Dayani Lozano, Amaury Pérez, Mezcla, Girón, Ernán y Harold López Nussa, Nubes) y extranjeros (Ana Belén, Miguel Bosé, Luis Enrique). Menciones especiales para Rochy, una de sus intérpretes más sostenidas, y Diana Fuentes con la recreación de “Luna de vino tinto”. Como coautor ha puesto su firma junto a Kelvis Ochoa (“Piedras en la voz”), Carlos Alfonso (“Pasos”), Joaquín Sabina (“Tan joven y tan viejo”) y “Not so close, not so far”, escrita a trío con la norteamericana Beth Nielsen Chapman y Santiago Feliú. De sus incursiones en temas ajenos rescataría “Esos locos bajitos” (Serrat) y, sobre todo, el modo en que llevó a su terreno interpretativo “Balada de Nicanor” (de Frank Delgado).

Tal vez sea Carlos Varela uno de los artistas cubanos de mayor proyección internacional en la actualidad. Sus actuaciones en el país tampoco han aflojado la marcha tras más de tres decenios, aunque a la vez sea fácil percibir el relevo de su público. Es natural: cambian los significados y sus receptores. Pero no hay dudas que sus canciones (las de antes, las de ahora) siguen tanto conmoviendo y entusiasmando a sus fieles como enervando a sus críticos. A estas alturas resulta difícil encuadrarlo en un término tan maltratado como el de “trovador”. La impronta rock lo acerca más al modelo “cantautor”, si bien el legado trovadoresco está presente en sutiles destellos creativos y en una conexión personal con su historia. Asimismo, lo persigue la polarización alrededor de su trabajo: quienes se identifican en sus versos, y quienes se escudan en la sospecha. Al final, creo que este gnomo cincuentón y voyeur citadino será de los que continuará cantando y haciendo caminos “aunque se quede sin voz, aunque no lo vayan a escuchar, aunque lo dejen solo como a Jalisco Park”.

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