Actualizado el 14 de enero de 2014

John Greaves

Por: . 6|1|2014

John GreavesSi bien es cierto que la música pasa por un proceso constante de mutación, donde se van sucediendo géneros y estilos, lo actual no es solamente lo que pinchan los DJs o se dicta desde las listas de éxitos. Que determinados sonidos no atraigan los reflectores mediáticos, no significa que no existan. El danzón y la giga se siguen interpretando y escuchando hoy día, junto a los beats electrónicos, boleros de nuevo cuño, el pop más blandito, el polémico reguetón y el free-jazz. Hay para todos los gustos. En esa diversidad necesaria, pero alejado a la vez de los caminos trillados, el bajista, cantante y compositor galés John Greaves (enero de 1950) sigue abocado a proyectos colectivos o individuales, cuyo signo común transita por la curiosidad.

Su paso por el grupo Henry Cow (1969-1976) fue también su entrada al mundo profesional, tras amenizar bailes con la orquesta de su padre y cursar estudios universitarios. Integró la alineación “clásica” con el guitarrista Fred Frith, Chris Cutler en la batería, Tim Hodgkinson en teclados y saxofón, y la recientemente fallecida Lindsay Cooper en el fagot (sustituyendo al saxofonista fundador Geoff Leigh). Su desempeño en el bajo eléctrico fue eficaz soporte para una música maciza y dúctil a partes iguales, que pronto se conoció como “rock en oposición”, más como postura estética que como uniformidad sonora. Participó en los discos Leg end (1973) y Unrest (1974) de clara orientación instrumental, y en sendas colaboraciones posteriores que mezclaron a la banda con el ensamble anglo-germano Slapp Happy: Desperate straights e In praise of learning, ambos en 1975, con un acentuado discurso ideológico de izquierda que marcaría las futuras trayectorias de algunos de sus involucrados.

En esta etapa Greaves tuvo su estreno como compositor. Junto a “Teenbeat” —firmada con Frith— y varias improvisaciones colectivas, destacó su pieza “Half asleep, half awake”. Tras una introducción a piano aparecen las melodías fragmentadas, el impredecible pulso rítmico y los jugueteos instrumentales: marca de fábrica para Henry Cow. Lo tomas o lo dejas. Más adelante el bajista asumió otros recursos autorales, pero la impronta de la banda no lo ha abandonado del todo.

También en esos años fraguó un binomio creativo con el letrista y guitarrista Peter Blegvad. “Bad alchemy” fue el primer tema compuesto entre los dos, y el inicio de una colaboración intermitente que se extiende hasta la actualidad. El paso siguiente fue Kew rhone (1977), disco que todavía hoy suena tan intrigante como en los días de su aparición, cuando el punk pateaba puertas y ventanas. Los arreglos de metales, la armonización general y el estilo vocal de Lisa Herman —sobre todo— apuntaron al jazz (“Apricot”, “Pipeline”, “Nine mineral emblems”) en su modalidad europea, con ese rasgo experimental y libre que lo caracteriza. Desde entonces han mantenido colaboraciones ocasionales, tanto a través del proyecto The Lodge (Smell of a friend, 1988), a trío con Chris Cutler (Just woke up, 1995; Hangman´s hill, 1998), en dúo (Unearthed, 1995), o en fonogramas de cada uno por separado.

Sus estancias en National Health y Soft Heap lo vincularon a la llamada “escena de Canterbury”: para los primeros escribió “Squarer for Maud”, casi doce minutos de exquisito jazz-rock. Asimismo, trabajó con uno de los estrategas del minimalismo (Michael Nyman), el compositor David Cunningham, el violinista Michael Zentner y el trompetista Michael Mantler, entre otros. Una experiencia interesante fue su participación en Songs from the beginning, de Alain Blesing, cantando piezas antológicas del rock progresivo. Todos estos contextos diferentes ayudaron a dar forma a los cimientos de su propia obra. Porque en su discografía, Greaves ha trazado un constante zigzag, resultando en la imposibilidad de adivinar cada una de sus movidas.

Sus álbumes personales son un calidoscopio de estilos diferentes. Navegan entre el rock arriesgado, la canción de autor (versionó a Brassens), algo de jazz y folk, sin fijar ancla. La propia instrumentación varía, pasando de lo acústico a lo eléctrico, de formatos reducidos y poco convencionales (voz, piano y cello, por ejemplo) a secciones enteras de metales. Así, mientras Tambien (2005) lo grabó con el empleo exclusivo de sintetizadores, Loco solo (2002) es un registro a piano y voz, en directo, en la capital nipona, y en The pig part (2002) exploró el potencial de construcción musical instantánea junto al baterista Pip Pyle y el guitarrista Philippe Marcel Pung. En Parrot fashion (1984) se tornó accesible sin apartarse de sus letras cargadas de surrealismo, y para On the street where you live (2001) se aventuró a cantar clásicos del jazz en onda crooner. Títulos como La petite boutelle de linge (1991), el impresionante Songs (1995), The caretaker (2001) y The trouble with happiness (2003) son bazas recomendables para entender su variedad de líneas. Huyendo de lo reiterativo, sus canciones van por los ritmos latinos (“Deck of the moon”), el rock progresivo de puntería (“Lullaby”, “Almost perfect lovers”), rememoran pasajes de Henry Cow (“Swelling valley”), entran de lleno en el terreno de los cantautores (“The green fuse”, sobre un texto de Dylan Thomas) o se sostienen sobre tranquilos acordes de piano (“Back where we began”, “Rose c´est la vie”).

Reconoce que su principal interés apunta a la composición, pero sin descartar del todo su instrumento. Sin embargo, es cada vez más frecuente encontrarlo asumiendo las tareas de vocalista. No es un cantante de alta tesitura, aunque suena convincente y emocional cuando asume el rol en muchas de sus incursiones discográficas, manejando complejas melodías con facilidad. De todas formas, recurre a otras voces en ocasiones (Robert Wyatt, Kristoffer Blegvad), y se percibe un obvio predominio de féminas como Jaqueline Cahen, Caroline Loeb, Susan Belling y Jeanne Added.

Su fascinación por la cultura francesa lo condujo a trabajar con músicos de esa nacionalidad, en particular la pianista Sophia Domancich y el guitarrista Patrice Meyer. Esa inclinación marcó la génesis de discos como Chansons (2004) con la cantante Elise Caron, Le dogme des VI jours (2004) al lado de Marcel Kanche, y —principalmente— el Greaves Verlaine (2008), llevando a partituras algunos poemas de Paul Verlaine, figura clave del simbolismo decimonónico galo. Además de ser trabajos interpretados en ese idioma, están  imbuidos con sonoridades evocadoras de la tradición musical del país.

Entre sus más recientes aventuras está el ya citado The Artaud Beats, cuarteto que lo reunió de nuevo con sus colegas de los días de Henry Cow, el baterista Cutler y el flautista Geoff Leigh, más la cantante y pianista japonesa Yumi Hara Cawkwell. Rock disonante, con destellos de la antigua banda común, que muestra “otros” sonidos dentro de una actualidad cada vez más indefinible.

La propuesta de John Greaves no es la mejor del mundo (si es que en el arte existe la categoría “mejor”): apenas una obra más, parte del cuerpo de ese iceberg metafórico que avanza bajo la superficie del mar. Por suerte conserva coherencia, incluso en su heterogeneidad, lo cual me parece positivo en tiempos donde cambiar de casaca artística es casi una moda. Entre el rock más expresivamente cerebral y la canción acústica, el jazz sin recetas, la poesía y las musicalizaciones de eventos audiovisuales, su carrera no deja de sorprender. Bajista y pianista autodidacta, actor teatral y compositor, ni por equivocación su música se acerca a los estándares del mercado mayoritario, lo cual no es bueno ni malo: sencillamente es. No parece preocuparse, pues está convencido que en el mundo de los sonidos organizados siempre harán falta opciones para cultivar.

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