Actualizado el 7 de abril de 2014

Bela Fleck

Por: . 4|4|2014

Para Miguel D´Oca

 Bela FleckDesde hace varias décadas los instrumentos tradicionales y populares de cuerdas han cobrado inusitado protagonismo. Alejados del lenguaje (casi) convencional de, por ejemplo, la guitarra eléctrica, colorean de disímiles maneras los sonidos de la actualidad, trascendiendo sus hogares y llegando a un público cada vez mayor. Esto se aplica por igual al sitar hindú, el tres cubano, la kora del occidente africano, el koto japonés o el charango andino. Incorporados en los géneros más diversos, del pop taquillero a las búsquedas experimentales, identifican tanto las capacidades de sus respectivos intérpretes como rasgos específicos de procedencia cultural. Quizás algún despistado quiera verlo como una nueva maniobra colonialista, pero lo cierto es que gracias a muchos inquietos creadores las fronteras musicales se van desdibujando sin que ello signifique renunciar a una identidad. En el caso del banjo norteamericano, por ejemplo, se le asociaba al bluegrass y el jazz tempranero (vía dixieland) pero gracias a la labor de Bela Fleck (julio de 1958) este cordófono va apareciendo en otros contextos con innegables ganancias.

De por sí, el banjo se las trae. Tocado con plectro o púa, y con un variable número de cuerdas (lo más común es que tenga entre cuatro y seis) sobresale en su versión acústica, aunque también existe la modalidad eléctrica. La combinación de madera y plástico en su construcción, la caja de resonancia y las distintas escuelas para su difícil pulsación le dan un sonido peculiar. Cuenta con una tradición en Estados Unidos que se remonta al siglo XIX, pero no es exclusivo de este país. En estos momentos, Fleck es su ejecutante más reconocido, discípulo y maestro a la vez. Lo ha demostrado no solo con una envidiable técnica, sino aguzando el oído, escuchando aquí y allá, y buscando nuevas posibilidades de expresión.

Aunque ya tenía álbumes a su crédito, el paso por el grupo New Grass Revival en los años Ochenta le permitió estrenar temas (“Big foot”, “Metric lips”) al lado de versiones a piezas de Bob Marley y The Beatles. Estos pasos iniciales mostraban por dónde irían los tiros en lo adelante: evitar el estatismo, tomar las raíces como punto de despegue y no como pedestal del ayer. Desde entonces, ya como solista, Fleck se ha mantenido apegado a esa máxima.

En un largo listado de discos, los iniciales (Crossing the tracks, 1979; Natural bridge, 1982; Deviation, 1984) apuntan todavía a lo tradicional, aunque no se queden repitiendo las fórmulas del pasado. Luego comenzó el proceso de apertura marcado por la trilogía Tales from the acoustic planet (que transita por el jazz, el bluegrass y la interacción con instrumentistas africanos) y Perpetual motion (2001) donde trasladó al banjo obras de Bach, Scarlatti, Mozart, Paganini y Chopin, entre otros. En realidad, el gran giro llegó en 1988 al formar su banda The Flecktones. Una cadeneta de álbumes avalan el trabajo de un colectivo que ha girado —fundamentalmente— en torno a Fleck y el bajista Victor Wooten (con una fenomenal carrera individual como jazzista) sin descartar las contribuciones de Roy Wooten en el estrambótico Drumitar (artefacto de su invención que combina elementos de batería y guitarra) y los sucesivos pasos de Howard Levy (armónica), Paul McCandless (oboe) y Jeff Coffin (saxos). Si bien enfatizan la autonomía instrumental del cuarteto, ocasionalmente cuentan con invitados (Branford Marsalis, Bobby McFerrin, Derek Trucks, Bruce Hornsby) que agregan flashazos de lujo. Entre más de una decena de títulos facturados hasta hoy me gusta destacar Three flew over the cuckoo´s nest (1993), Greatest hits of the 20th century (1999) y The hidden land (2006), repletos de sólidos arreglos y variadas composiciones.

Cada vez más reclamado en sesiones para otros (Dave Matthews Band, Jorma Kaukonen, Ginger Baker, McCoy Tyner, Shawn Colvin, Rory Gallagher, Phish) todavía halla tiempo para engrosar su discografía con nuevos (y por lo general, sorpresivos) proyectos. Algunos sobresalen por la notable explotación de los formatos pequeños y las desusadas combinaciones instrumentales. Trabajos a dúo junto al pianista Chick Corea (The enchantment, 2007); en trío con el chino Jie-Bing Chen (intérprete del erhu, especie de violín de 2 cuerdas) y la guitarra slide del hindú Vishwa Mohan Bhatt para Tabula rasa (1996); el Uncommon ritual (1997), otro trío, esta vez al lado de Edgar Meyer (contrabajo) y Mike Marshall (mandolina), y el muy recomendable The melody of rhythm (2009) grabado con Meyer y Zakir Hussaim (tabla) y que incluye su Concierto para banjo y orquesta, muestran las diferentes situaciones creativas en las que el banjoista se coloca. Across the imaginary divide (2012) compartido con el trío del pianista Marcus Roberts, subraya un mayor componente de jazz a través de laberínticas melodías (“Kalimba”, “Petunia”, “Let´s go”) tocadas con encanto y swing.

Fleck sobresale por el efectivo control sonoro del banjo, claridad de ejecución, capacidad de escritura e improvisación y por sacar al instrumento de sus clichés. Pedales y módulos sintetizados favorecen un diapasón más abierto, mientras su estilo recurre por igual al vocabulario más avanzado e investigador y a las formas tradicionales sureñas. Viajero impulsado por la curiosidad, ha recorrido medio mundo. En cada país que visita (Marruecos, India, Nepal, Mali, Tanzania, Madagascar) compra discos y contacta con intérpretes locales, dejando que la música fluya entre ellos para disfrutar la experiencia. De tales encuentros surgen grabaciones que contribuyen a diseminar estos acervos sonoros centenarios, como opciones ante la homogenización.

En su repertorio me inclino por destacar la variedad implícita en “Subtefuge” (con elementos de rock), “Spring thaw” y “The whistle tune” (en una línea tradicional), las intrincadas “Monkey see” y “Shocktime”, la emotiva “The natural bridge suite”, la más jazzística “Some roads lead home”, el fraseo incendiario de “Road house blues”, “The message” (con su vocalización rapera), la depurada construcción de “Seesaw”, el acento latino de “Rocco”, la veloz “Dear old dixie” y el corte experimental de “Contramonkey”. Estas se codean con bandas sonoras y relecturas a canciones de Navidad, piezas de Aaron Copland, Lennon-McCartney, Joni Mitchell y autores anónimos del folclor estadounidense.

Su obra es calidoscópica, refrescante a veces, enrevesada otras. Abarca pop, jazz, ritmos globales, bluegrass, rock, country, barroco, bebop, funk: por lo general, vuelto al revés. Difícil fijar los bordes de lo clásico o lo popular. Como afirmó en una ocasión: “no creo que una música sea mejor que otra”. Digamos que ese pensamiento le sirve de brújula a la hora de plantearse cada acercamiento. Lo otro es echar a andar la espontaneidad, interactuar ignorando los límites, y ver por cuáles derroteros llegar a resultados que considere provechosos. Aunque apuesta por desligarse de la maquinaria mercantil que existe entre creador y receptor (el músico y su público), no pierde de vista la necesidad actual de una buena promoción y del inevitable financiamiento para cada proyecto. El corazón puesto en las cuerdas, y los pies sobre la tierra.

Banjo urbano o rural, en sus manos son divisiones que carecen de sentido. Lo que vale es desaprender y descubrir, que para lo intacto están los museos. De modo que recomendaría a cualquier interesado dejarse llevar por el clímax envolvente de “Misunderstood”, la complejidad de “Bumbershoot”, la saltarina “Stomping grounds” o la amable melodía de “At last we meet again”. Son algunos de los caminos para acceder al universo en perpetua transformación de Bela Fleck.

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