Actualizado el 25 de abril de 2014

Julieta Venegas

Por: . 25|4|2014

Para Azucena y Vero.

Julieta VenegasNacida en California (Estados Unidos) e hija de mexicanos, para Julieta Venegas (1970) las fronteras no indican límites de ninguna índole: ni geográficos, ni culturales, ni personales. Bebiendo por igual del folk-rock, los corridos y mariachis, la estética “indie” y las cantautoras anglosajonas, más todo lo que halla a su paso y le resulta estimulante, va forjando su propia obra, sin ceñirse a una sola dirección. Si bien el mercado exige etiquetas, y a ella se le suele englobar en la de “pop latino”, su música incomoda los márgenes de tal definición.

En realidad pocos términos han sido tan tergiversados y descalificados como el de “pop”. Parece como si la palabrita sintetizara lo peor de la creación, visto desde el prisma de quienes comulgan con una “autenticidad” tan ambigua y engañosa como lo que critican. Por lo general las etiquetas son resbaladizas y lo más saludable que se puede hacer con ellas —sin caer en los axiomas— es poner distancia, pero esto no implica descartarlas del todo. Al final influyen siempre los gustos, afectos y predisposiciones de quienes juzgan en un sentido u otro, de modo que puede haber tanto pop escaso de cerebro como trova fatal, tanta música “clásica” hueca y redundante, como rock sinfónico ampuloso. Ningún género es intrínsecamente superior ni mejor, y todos tienen sus luces y sombras.

Sin dudas lo que hace Julieta Venegas es parte del universo pop, entendido como “música popular” y no como producto de laboratorio. Descontando sus volúmenes de ventas, los premios y reconocimientos institucionales, y la masividad de su éxito dentro y fuera de Hispanoamérica, la suya es —en mi criterio— una obra de sinceridad y buen hacer.

Tras formar parte del grupo Tijuana No, su debut discográfico como solista (Aquí, 1997) fue un trabajo ecléctico y contundente, quizás un tanto experimental (“Sabiéndose de los descalzos” está construida a pura voz y palmadas) que mostró hacia dónde apuntaban sus intereses, combinando melodías pegadizas y otras no tanto (“Oportunidad”, “De mis pasos”, “Andamos huyendo”), y redondeado por la esmerada producción de Gustavo Santaolalla. Desde entonces ha presentado una trayectoria parca en registros, pero con excelentes resultados. Los títulos Bueninvento (2000), (2003), Limón y sal (2006), MTV Unplugged (2008), Otra cosa (2010) y Los momentos (2013) permiten apreciar a una creadora en constante maduración que, sin abandonar el lenguaje propio del pop inquieto, transita por circunstancias varias que plasma en sus composiciones, incluso si tiene que apuntar: “estoy tan cansada de las canciones de amor, siempre hablan de un final feliz, bien sabemos que la vida nunca funciona así”.

Por supuesto, hay melodías y textos que rezuman optimismo, desenfado y humor, sentimientos radiantes que van de lo ingenuo a lo reflexivo, pero asimismo hallamos miradas disconformes sobre todo cuando habla de los conflictos humanos y la insostenibilidad sociopolítica de su país. Musicalmente se mueve por terrenos variados: rancheras, ska, rock, tango, trip hop, electrónica, country, boleros, aires del Caribe y Brasil. Los arreglos apuestan por la mesura, evitando los excesos instrumentales, algo que ella maneja cada vez más al involucrarse con la producción de sus fonogramas. Canciones como “Mírame bien”, “Hoy no quiero”, “Nada serio”, “A donde sea”, “Dulce compañía”, “Oleada”, “No hace falta”, “Voluntad” y otras, no son concebidas estrictamente como tareas de introspección sino que buscan una mirada más general, con algo de ficción, sin dejar de lado un toque personal. Si hay temas que pueden sonar “menores” es pura percepción individual de sus escuchas (donde me incluyo) pero el balance creo que apunta hacia un diapasón más que digno.

Integrando una cofradía de cantautoras mexicanas de estilos diferentes, junto a Ely Guerra, Lila Downs, Susana Harp, Natalia Lafourcade, Magos Herrera y Carla Morrison, entre muchas más, Julieta Venegas logra equilibrar arte y comercio. Como cantante muestra impecable dicción, soltura e histrionismo. Además de dominar el piano, los teclados y la guitarra, ha hecho del acordeón su instrumento icónico. Asociado a la música norteña mexicana, principalmente, consiguió insertarlo en el pop de manera efectiva. Por ejemplo, los temas “Andar conmigo”, “Me voy”, “Alguien”, “Casa abandonada”, “No seré” y “De qué me sirve” ilustran el tratamiento que le concede, apoyando la melodía y sobresaliendo en determinados pasajes. En cuanto al plano autoral, aunque firma la mayoría de las piezas, no rehúsa colaborar con otros compositores (Coti Sorokin, Rubén Albarrán, Adrián Dárgelos, Dante Spinetta, Jorge Villamizar) a la vez que interpreta temas ajenos (Andrés Calamaro, José José, The Beatles, José Alfredo Jiménez) o musicaliza a Pablo Neruda. Sus aportes a las bandas sonoras de los filmes Amores perros (2000, Alejandro González Iñárritu) y María llena eres de gracia (2004, Joshua Marston) —exhibidos en Cuba— también apuntalan su impacto como creadora.

Además de participar como invitada en álbumes de Lenine, Nacho Mastretta, Fito Páez, Martín Buscaglia, Joan Valent, Marisa Monte, Pedro Guerra y Kiko Veneno, contribuye en tributos discográficos a Chavela Vargas, Joaquín Sabina y Soda Stereo. Por otro lado funge como Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF, lo cual le posibilita actuar en diversos foros internacionales, pronunciándose en torno a los derechos humanos, el papel de las féminas en la sociedad, y en contra de la escalada de violencia que se cierne sobre mujeres y niñas en prácticamente todas las latitudes.

Julieta aterrizó por vez primera en Cuba, en el año 2000, con su acordeón a cuestas y un perfil bajo que, aunado a su timidez, la hizo pasar casi de incógnita. Más tarde, en sucesivos viajes, Rochy y Santiago Feliú han sido algunos de los que han compartido escenarios junto a ella. Mientras sus discos no circulan y su música tampoco tiene demasiada presencia en los medios de difusión nacionales, tal vez el melómano cubano se esté perdiendo la oportunidad de decidir por sí mismo sobre lo que hace esta cantante tan cercana y (¿por qué no?) tan nuestra también.

Entonces, ¿dónde situar a Julieta Venegas? ¿Importa realmente el calificativo que se le quiera dar a su obra? ¿No sería mejor mirarla como lo que es: una creadora que elude encasillamientos, y que si es incorporada al sello “pop” ha sido más por inercia que por definición? A fin de cuentas sus canciones están ahí, para ser disfrutadas o no, al igual que su compromiso social, su reformulación de las tradiciones musicales patrias o su proyección estética. En su trayectoria se comprueba el interés por explorar opciones, volver sobre sus pasos si es necesario, sacudirse esquemas (incluso arrinconando el acordeón si así le parece). Sueños, dudas y esperanzas que transitan por su canto sin pretender tener la verdad absoluta. Como explica en una de sus composiciones: “tengo una cita pendiente con la mujer que soy, no la que fui hace tanto y la que ven los demás.”

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