Actualizado el 4 de junio de 2014

Miriodor

Por: . 2|6|2014

Para David Cortés

 MiriodorEn el panorama canadiense la provincia de Quebec destaca, entre otros elementos, por ser de mayoría poblacional francófona y con una herencia cultural más ligada a la Europa continental que a la fuente anglosajona predominante en el resto del país. Cuna de figuras reconocidas del pop (Céline Dion), el jazz (Oscar Peterson), el rock (Frank Marino) y el metal extremo (Despised Icon) cuenta también con la más alta proporción nacional de experiencias musicales que se salen de los moldes. Desde la fusión de UZEB hasta el trabajo corporativo del sello Ambiances Magnetiques, pasando por una escena progresiva y experimental que encabezaron en los años 70 los grupos Maniege, Harmonium, Offenbach y Conventum, hasta individualidades como Andre Duchesne, Rene Lussier, Jean Derome, Diane Labrosse, Joane Hetu y Michel F. Coté. En esa cuerda floja de sonoridades inclasificables se apunta Miriodor, equipo que viene batallando desde 1980.

Una de las características de su obra es el sostenimiento de un sello identificable, que ha resistido las constantes mutaciones de formatos. Lo que comenzó como un dúo tentativo (el tecladista Pascal Globensky y Francois Emond en varios instrumentos de aliento, voz y piano) y ha llegado a extenderse hasta el sexteto según las distintas etapas, consigue mantener un mismo espíritu orquestal, aunque varíen los timbres y coloraciones. Incluso, si aplicamos la experiencia dadaísta, intercambiando piezas de un disco a otro, es probable que no desentonen, confirmando aquella “continuidad conceptual” que propugnaba Frank Zappa.

Y es que a partir del conciso debut Rencontres (1986), Miriodor conserva las trazas que lo asocian a la estética del movimiento Rock en Oposición (RIO por sus siglas en inglés) cuya impronta trasciende hasta la actualidad. Folclor centroeuropeo, músicas electroacústica, concreta y concertante, improvisación, rock de cámara: todo reprocesado y fundido en un cóctel que enfatiza en lo instrumental. Con el álbum homónimo de 1988, 3é avertissement (1991) y Jongleries élastiques (1996) forma la tetralogía principal, la que marca direcciones que se mantienen hoy. Los títulos siguientes insisten en esa senda de experimentación, con resultados que quizás no sean tan impactantes, pero cuyo rigor está a prueba de balas. Mekano (2001), Parade-Live at NEARfest (2005), Avanti (2009) y el fonograma del año pasado, Cobra fakir, muestran a la banda revisitando sus influencias mientras recalca en un sonido que, no por familiar, se vuelve aburrido o predecible. A estos títulos cabría añadir una cinta escasamente divulgada de sus días iniciales (Tot ou tard, 1987) y una grabación en vivo de 1989 que apenas ha visto la luz hace muy poco tiempo.

El ingrediente rock sobresale en piezas como “Middle ages”, “Spiral”, “Igor, I´ours a moto”, “Standard deviation”, “Network”, “Cobra faquir”, “Mme X” y “Avanti”. Otras (“Bal con”, “Toutes proportions gardees”, “Echec et mat”) subrayan el ingrediente camerístico; “Nocturnal procession” exhibe un soberbio y lírico solo de saxo, “Tramp” brilla con su refinada elaboración melódica, “Full moon” mezcla dinamismo y sutileza, y “Titan” enseña un ángulo armónico amenazante desde el órgano. Arreglos sobrios y complejos a la vez, donde la instrumentación eventualmente expandida no llega a saturar nunca, base roquera dominada sobre todo por la percusión, el humor presente en pasajes con toques que rezuman cierta extracción circense, audacias en las armonías, cuidado esmerado hacia las texturas y melodías brillantes: todo ejecutado con impecable elegancia y una naturalidad que parece tornar fácil lo difícil. La madurez de sus composiciones arrancaba desde sus trabajos tempranos, y el transcurrir del tiempo solo ha demostrado lo que ya se revelaba en “Regards” o “Suspicion”, de su primer álbum: había llegado un grupo que sabía los secretos de maniobrar influencias, buscando acentuar su personalidad. Sólo me sorprende un poco (lo confieso) que dentro de un discurso donde la voz humana parece no tener cabida, cuando decidieron abrir la boca, lo hicieron en inglés (“La maison dieu” y la épica “Egregore”).

Desde 1993 el núcleo lo redondean Globensky en los teclados, Rémi Leclerc en la batería y cuanto artefacto se pueda percutir, y Bernard Falaise, responsable de la guitarra y el bajo, y el último en incorporarse. De todos modos, las responsabilidades instrumentales son traspasables entre ellos, según las necesidades de cada momento. Los demás integrantes en las diversas estructuras aportan su visión, antecedentes e intereses, pero el resultado se impone con una fisonomía grupal. El ya mencionado Emond, el saxofonista Sabin Hudon, Marc Petitclerc en los teclados, el guitarrista Dennis Robitaille y el bajista Nicolas Masino (sustituido hace poco por Nicolas Lesserad) son los otros miembros que, con pasos variables, han dejado su huella en la historia del colectivo. A ellos hay que agregar una serie de invitados en violín, trompeta, trombón, fagot, cello, flauta y saxofones varios. Como un lujo extra, el sueco Lars Hollmer (otrora líder de Samla Mammas Manna) colaboró en varias composiciones (“Talrika”, “Forét dense”, “Bonsai givré”) para el álbum Parade, además de incorporar su recordado acordeón.

Es curioso señalar que algunos de los músicos no tienen una formación académica ni saben leer partituras. De hecho, los miembros estables de Miriodor sobreviven económicamente dedicados a otras profesiones (lo cual quizás explique la parquedad de su discografía) y solo en ocasiones muy puntuales se han salido de los márgenes de su propia agrupación para ensayar otros proyectos (Klaxon Gueule, L´Orkestre des Pas Perdus, Papa Boa). El respaldo de las instituciones culturales quebequenses, y la confianza de la compañía disquera norteamericana Cuneiform, dirigida por Steve Feigenbaum —que ha sabido colocar sus trabajos en los circuitos adecuados de promoción y ventas— son invaluables a la hora de mantener su historia. También se entiende así su pertenencia al sector independiente que, sin presiones de contentar a un mercado, puede crear con mucha mayor libertad.

La escucha de obras acreditadas a sus referentes musicales, funciona como acicate y aprendizaje constante. Aunque su sonido resulta más cercano a ciertas raíces europeas (Henry Cow, Debile Menthol, Etron Fou Leloublan, Von Zamla) conecta asimismo con el de otros exponentes por medio mundo (Cartoon, The Muffins, Banda Elástica). Su contribución al variado Unsettled scores (1995) fue un collage desarrollado con fragmentos de piezas de los belgas Present y Univers Zero, con lo cual mostraba sus preferencias; al tiempo que los norteamericanos PFS y el trío francés de guitarristas Philharmonie incluyó versiones de dos temas de la discografía de los canadienses. Todo esto para evidenciar la retroalimentación que funciona aún en los círculos menos populares de la música actual.

Con la creciente utilización de la tecnología digital, los samplers y sistemas MIDI, la combinación de  recursos acústicos y electrónicos, y el proceso de edición concebido como piedra angular de un modus operandi, Miriodor ha desplegado más de tres décadas de carrera con una obra zigzagueante, poco numerosas actuaciones en directo y una persistencia singular en un mundo que parece no prestar mucha atención a su existencia. Su proyección ideológica se sintetiza en la creación sin compromisos. Seguramente el grupo no sea el representante más visible de la música contemporánea en Canadá, pero es un eslabón clave para entender las dinámicas culturales y avanzadas sonoras que se mueven a la par en la norteña nación.

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