Actualizado el 22 de julio de 2014

Bobby McFerrin

Por: . 11|7|2014

Para Isabelle y Leo

Bobby McFerrin. La música de Bobby McFerrin no solo va más allá de las palabras: también parece rechazar la barrera del tiempo.  En el inicio fue la voz: el primer medio de emitir sonidos que manejó la humanidad, cuando todavía era una tribu sin historia. Desde ese punto impreciso en el tiempo y hasta hoy, la voz ha tenido un peso considerable en las músicas de todas las culturas. Figuras como el ya desaparecido Kongar-ol Ondar (Tuva) y Mike Patton (Estados Unidos) son extremos de un arte cada vez más sofisticado y abarcador, mientras el canto de los pigmeos centroafricanos, el blues, el cante jondo, la ópera y otros, fueron explorando, desde sus respectivas características, las posibilidades de tales sonoridades. En todo esto influyen mucho la naturaleza, la singularidad fónica de cada individuo, pero también el entrenamiento con las técnicas más diversas, abarcando por igual lo popular y lo concertante. Como un caso icónico está el norteamericano Bobby McFerrin, nacido en marzo de 1950 y quien por más de treinta años ha reorientado de un modo muy personal lo que se entiende por música vocal contemporánea.

Imbuido de una formación familiar que combinó religiosidad y arte operático, hizo trabajos menores en la música antes de debutar discográficamente en 1982. Poco a poco comenzó a labrarse un nombre en la escena del jazz, hasta que sacudió el mercado pop en 1988 con su mega éxito “Don´t worry, be happy” (estribillo que desde entonces se ha vuelto una especie de código del optimismo) y llegó la consagración. Por suerte los humos no se le fueron a la cabeza, y su trayectoria posterior muestra a un creador que constantemente se está marcando nuevas metas y explorando maneras para no estarse quieto.

Las vocalizaciones sin palabras —carentes, por tanto, de un explícito mensaje intelectual—, inflexiones y entonaciones varias, la respiración marcando cadencias, melodías cíclicas y a la vez cambiantes, silbidos, chasquidos, murmullos, pequeños gritos controlados, silabeos: recursos que explota tras una ejercitación concienzuda. La moderna tecnología de grabaciones le permite, además, realizar múltiples tomas de su propia voz, que se van superponiendo para lograr un efecto de polifonía final. Percute su cuerpo mientras canta, golpeando el pecho o las piernas con sus manos para acentuar determinados momentos, o proveer un pulso métrico. Es lo que se suele llamar “un hombre orquesta”, capaz de reproducir unilateralmente una gama sorprendente de sonidos. Concede también  un rol vital a la improvisación, sobre todo en escena. En ese caso el atractivo recae en que no sólo está entrando en un terreno que le plantea enigmas y retos constantes ante los cuales tiene que crecerse como artista, sino que también libera al escucha para que cada quien se arme su propia historia, decodificando a su manera lo que él está interpretando. Es un punto importante, porque no dicta impresiones, más bien apela a las emociones que sea capaz de exteriorizar y cómo éstas llegan y sensibilizan a su público.

Mientras algunos de sus álbumes privilegian la proyección netamente vocal, como el ejemplarizante The voice (1984), otros suman instrumentaciones variadas que pueden ir desde unos pocos invitados, hasta la presencia de grandes orquestas. Con títulos como Spontaneous inventions (1986), Simple pleasures (1988), Medicine music (1990), Bang!Zoom (1995), Vocabularies (2010) y Spirityouall, del año pasado, ha ido mostrando su evolución artística. Asociado al jazz, la escucha de estos álbumes, sin embargo, no deja dudas de que se está ante un músico que ignora las barreras de géneros. Suma todos los elementos que considera enriquecedores y que le aporten diversidad. Por eso hay blues, pop, góspel, hip-hop, folclor mundial, country, bossa, funk, soul. Incluso, muchas de sus composiciones evocan la riquísima y no siempre explorada tradición vocal africana, algo que se aprecia sobre todo en el impresionante Circlesongs, de 1997. Otro hito fue Paper music (1995) donde asumió el podio de dirección ante la Orquesta de Cámara de la ciudad de St. Paul. Hago una mención aparte para Beyond words (2002): lo que se dice “un discazo”, una de esas obras que no tiene desperdicio. Grabado con un equipo de lujo (Chick Corea, Gil Goldstein, Richard Bona, Omar Hakim y Cyro Baptista) además de su hijo Taylor, arranca con tres joyas (“Invocation”, “Kalimba suite” y “A silken road”) para incluir más adelante piezas como “Ziggurat” y “Sisters, la intrigante “Chanson”, o las muy breves “Pat & Joe” y “Mass”, entre otras. Se completa así un fonograma que resalta por su esmerada factura, la compenetración colectiva —donde la instrumentación redondea con acierto y sin excesos la labor de la voz— y la excelencia composicional.

McFerrin cuenta también con par de significativos duetos. Uno lo asoció al cellista Yo Yo Ma para el álbum Hush (1992), cuyo foco apuntó al repertorio clásico europeo (Vivaldi, Bach, Rachmaninoff), mientras con el ya citado pianista y teclista Chick Corea hizo tándem para Play, también de 1992, centrado en piezas  de jazz, y The Mozart sessions, cuatro años más tarde, y que como indica su nombre repasó –sin demasiado revuelo- sendos conciertos del célebre austriaco. Además, junto a una serie de colaboraciones con nombres meridianos del jazz (Herbie Hancock, Pharoah Sanders, Wynton Marsalis, Quincy Jones, Yellowjackets, Dizzy Gillespie, Weather Report) se ha asociado con creadores que provienen de otros ámbitos en materia de sonidos. Ahí están los ejemplos de Gal Costa, Michael Hedges, Bela Fleck y Laurie Anderson. Por otro lado, el trabajo junto al colectivo Voicestra, activo e intermitente desde 1989, refleja otra vuelta de tuerca a su pasión por las voces. Integrado por una docena de cantantes de ambos sexos, se acopla a Bobby en una profunda proyección polifónica, abarcando un rango mucho mayor de texturas y matices.

Su peso como autor se evidencia en las piezas “The jump”, “Grace”, “Heaven´s design”, “My better half”,” Sweet in the morning”, “Gracius, Baby”, entre varias más; que alternan entre distintos estilos. Se acerca a compositores inscritos en el jazz (Miles Davis, Billy Strayhorn, Ornette Coleman, Horace Silver), el funk (James Brown), el pop (Joan Armatrading, Bob Dylan) y el rock (Van Morrison, Orleans, Cream) tanto como a los “clásicos” y los “tradicionales”. Aunque hace algunas transformaciones en las melodías, por lo general suele ser bien respetuoso, lo cual añade un elemento extra de atracción. En todo caso, no deja de ser curioso su apego al material de The Beatles. Canciones como “Drive my car”, “Come together”, “Blackbird” y “From me to you” pasan por el “tratamiento” McFerrin demostrando, por un lado la solidez de la construcción original, y por otro, la comprensión que hacia ellas exhibe el vocalista norteamericano, además de servirle como terreno para desarrollar su arte.

La música de Bobby McFerrin no solo va más allá de las palabras: también parece rechazar la barrera del tiempo.  Su profunda espiritualidad la convierte en algo de ayer, hoy y mañana. Rebasa lo netamente religioso, y da la impresión de conectar con ancestrales códigos genéticos. Lo cierto es que suele conmover a creyentes y ateos por igual. A sus facetas de maestro de música, conferencista, investigador de las influencias del canto sobre el cerebro (junto al neurólogo Daniel Levitin), compositor, director de orquesta y vocalista (con un rango estimado de cuatro octavas), se pueden añadir las de impulsor de experiencias de integración multicultural y (especie de) embajador artístico que apela a ese “lenguaje más allá de las palabras” –como califica su música- para abrir caminos de comprensión en el babélico mundo actual. Ahora La Habana se apresta a recibirlo dentro del IV Festival Leo Brouwer de Música de Cámara. Privilegio nacional de sumar otra voz al batallar que por más de tres décadas, Bobby McFerrin ha liderado desde su humildad como artista y ser humano.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | | | | | |

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