Actualizado el 18 de septiembre de 2014

Equis Alfonso

Por: . 2|9|2014

Para Luna

 Equis AlafonsoParece incansable. Se apunta en casi todo, y va dejando huellas aquí y allá. Emana entusiasmo, energía y unas ganas de hacer que (todo lo indica así) ni los obstáculos más absurdos le hacen decaer. Nacido en la capital cubana en septiembre de 1972, Equis Alfonso hizo estudios musicales, participó brevemente en bandas embrionarias como Estado de Ánimo y Baño Público, militó en Síntesis y Havana, y hace casi dos decenios se aventuró como solista en una trayectoria que continúa hasta hoy.

Su paso desde 1990 por Síntesis, agrupación prácticamente familiar, lo llevó a asumir responsabilidades diversas, incluso cuando dejó de pertenecer oficialmente a su nómina. Se hizo cargo del bajo, las percusiones, coros, programaciones y la ocasional voz solista, además de compartir los teclados con Esteban Puebla y contribuir en el diseño visual de los discos. Sus roles de orquestador y compositor se reflejaron también en este período. No hay que olvidar que debutó ese mismo año haciendo arreglos para piezas del álbum El hombre extraño como “El día que no importaba”, “Dices que la canción” y la titular. Le siguieron Ancestros 2 (1994), En los límites del barrio (1995), Orishas (1998) y Habana a flor de piel (2001), siempre en esa dualidad conceptual que se mueve entre la revitalización sincrética y la canción urbana fundida en rock. En cada uno de ellos aportó temas con su firma (“Ochihe iwama”, “Iyamile”, “Iyaoromi”, “Ochimini”) o compartiendo crédito con su padre Carlos Alfonso (“Fifty fifty”, “Dianas”, “Obatala”) entre otros. Canciones como “Todo por dinero” o la titular del fonograma de 1995 ya apuntaban la tónica de lo que serían algunas de las temáticas principales de su proyección como autor: el barrio como microcosmos de la ciudad, espacio afectivo, con sus sonrisas y sinsabores, y las convulsiones económicas que golpeaban cada vez más arteramente, poniendo en aprietos (entre otras cosas) la supervivencia del arte.

Sin abandonar Síntesis, integró como bajista el grupo Havana en 1992, en lo que representó su capítulo esencialmente rock, su puesta en escena friki. Junto al cantante Iván Latour y Osamu Menéndez en la guitarra, completó el trío inicial, redondeado con Mario Javier “Neni” Vinat (batería) que entró poco después. En esta etapa, hasta 1995, el sonido fue conciso, potente y melódico a la vez, con textos que se salían del promedio del género en el país y una solidez instrumental lograda sin acudir al virtuosismo. Fue la suma de cuatro individualidades con antecedentes disímiles y un interés común: hacer grunge en español. “Alma en soledad”, “Ella y él” y “Puertas que se abrirán” las coescribió con Latour, al tiempo que “Sombra y delirio”, uno de las piezas más recordadas, fue de su total autoría. De alguna manera parte de esa sonoridad marcaría sus futuros álbumes en solitario.

Su discografía personal  muestra varias aristas. X Moré (2001) es un tributo al gran Benny Moré, repasando guarachas, sones, mambos y boleros que “El Bárbaro del Ritmo” grabó originalmente entre 1953 y 1958. Equis revisita ese material apoyado en guitarras eléctricas, loops, percusiones y códigos del hip hop, con resultados que (al menos a mí) me resultaron disparejos. Creo que en algunas piezas la mixtura funcionó, y en otras quedó por debajo. No obstante, fue un experimento interesante que puso sobre el tapete la posibilidad de imbricar pasado y presente sonoro. Por su parte, Delirium tremens (2003) incluyó música para una obra danzaria de Pepe Hevia y aunque se apoyó sobre todo en lo instrumental incorporó también su voz junto a la de Diana Fuentes. Sin embargo, son los restantes títulos los que identifican con más agudeza su trabajo. Mundo real (2000), Civilización (2004), Revoluxion (2007) y Reverse (2011) comparten un hilo rector: el rock urbano. Hay otros elementos (funk, rumba, rap, ritmos globales, electrónica, metal, pop) pero el sonido es plenamente rockero, mientras la poética (con una tónica que linda en lo transgresor) le debe mucho a lo socialmente citadino, al margen que pueda tocar asuntos más generales. Como ocurre con Carlos Varela, La Habana aflora en las canciones de Equis, quizás sin un protagonismo tan explícito, pero se percibe el sudor de salitre, sus pesadumbres y sueños a medio reparar, la angustia y belleza de su cotidianidad, el precario equilibrio de sus hijos naturales y adoptivos en la construcción de un porvenir que en muchas ocasiones se desdibuja. Su obra implica búsqueda, retos, combinación indiscriminada de géneros, y eso lo caracteriza en una escena nacional que suele tender hacia lo plano.

Además de contribuir en proyectos (de estudio, conciertos o videográficos) con Varela, Santiago Feliú, Free Hole Negro, Osamu, Diana Fuentes y su hermana Eme Alfonso, entre otros, aportó música para cine, en concreto para las películas María Antonia (1990, de Sergio Giral) y Miel para Ochún (2000, de Humberto Solás). En esta vertiente pienso que el trabajo que consolidó la carrera autoral de Equis fue la banda sonora de Habana blues, en 2005. Obra del realizador español (egresado de la EICTV de San Antonio de los Baños) Benito Zambrano, el filme y su música ganaron notoriedad dentro y fuera de Cuba. Seis temas compuestos juntos a José Luis Garrido, Kiki Ferrer y Dayan Abad, y otros tres con Kelvis Ochoa y Descemer Bueno, respaldaron la propuesta visual de gran carga dramática (sobre todo en la actuación de Roberto Sanmartín) basada en una ficción que se aleja apenas unos milímetros de la cruda realidad nacional. “En todas partes”, “Arenas de soledad” y la que toma el nombre de la película, que el propio Equis interpretó  con desgarradora emoción, están entre los retratos más vívidos del contexto generacional cubano reflejado en la gran pantalla.

Desde inicios del año en curso también intenta echar adelante el ambicioso proyecto que significa la Fábrica de Arte Cubano. Concebido como un espacio multicultural y aglutinador, va avanzando con los tropiezos lógicos de un parto dentro de un contexto no precisamente favorable. Al frente de un grupo de colaboradores (tan entusiasta como él) acondicionó una antigua fábrica de aceites en el Vedado habanero, muy cerca de la ribera del Almendares, para dar cabida a exposiciones de artes visuales, muestras cinematográficas y de danza, conferencias y conciertos de diferentes tipos de sonidos (jazz, concertante, trova, rock, hip hop, tecno). En una ciudad cuya nocturnidad se atraganta de seudohumor, chanchanes regurgitados, baladistas y algún que otro esbozo de decoro musical, la FAC —sin ser el non plus ultra de las opciones posibles— brinda un abanico atractivo, culturalmente hablando. Pero mientras parece que los tiempos apuntan hacia cierto “sálvese quien pueda” para iniciativas así, también la burocracia y los suspicaces ponen su granito de mierda para entorpecer una propuesta que, por encima de todo, y sin descartar el lógico autofinanciamiento, busca la unión, el intercambio y el vuelo espiritual. Habrá que ver hasta dónde se le permite llegar y, entretanto, cruzar los dedos.

Premiado nacional e internacionalmente, a este músico nuestro pienso que le faltan pocas áreas creativas donde intervenir. Lo mismo agarra una cámara para filmar, narra una historia, compone, organiza, canta, toma fotos, pulsa el bajo y la guitarra, que se recrea en los teclados, edita, toca puertas, busca opciones, produce discos, dibuja, conversa o presta un instrumento. Quizás es que se necesitan más personas como él, con esa capacidad ciclónica de trabajo, para echar adelante los proyectos culturales que se sueñan. En poco más de dos décadas de intensa labor, Equis Alfonso ha demostrado que la pasión en su herramienta favorita.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | | |

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