Actualizado el 10 de noviembre de 2014

AKA Moon

Por: . 4|11|2014

(Para Guy)

AKA Moon. Una invitación de libertad sonora que desde la pequeña Bélgica nos hace este trío de jazz y no jazz.Más de un siglo de historia ha transmutado la fisonomía del jazz. Corrientes, estilos y fusiones le cambian la cara constantemente, motivando incluso, a veces, la ira o el desconcierto entre puristas y seguidores. Si bien su cuna es Estados Unidos, Europa no va a la zaga en cuanto a proponer algunos de los desarrollos más radicales. Por ejemplo, en Bélgica no son inusuales los entrecruzamientos genéricos, las colaboraciones de músicos de distintas tendencias, sobre todo en las áreas más imaginativas y arriesgadas. Hay una búsqueda expresiva que se traduce en cientos de proyectos, estables o efímeros, abocados a crear un jazz libre de ataduras y abierto a casi todo lo que venga. AKA Moon es parte de esa escena.

Aunque decenas de instrumentistas han colaborado de una u otra manera en su trayectoria, AKA Moon es un trío. Todos sus miembros tienen estudios académicos, premios estudiantiles y ejercen como profesores, a la vez que se mueven en proyectos paralelos al grupo. Fabrizio Cassol (1964) toca el saxo alto y es el responsable principal de las composiciones, Michel Hatzigeorgiou (1961) domina el bajo eléctrico, y el más joven de todos es el baterista Stéphane Galland (1969). Reunidos a principios de los años 90, han fraguado desde entonces una de las asociaciones musicales más espectaculares de su país.

Su sonido está, sin dudas, enraizado en el jazz y con influencias que remiten por igual a John Coltrane y Soft Machine. El sentido armónico, la estructuración de los ritmos y un gusto controlado hacia la improvisación (pese a que todo está escrito) remiten a ese género. Quizás la reducida instrumentación sea lo que les lleva a explorar códigos avant garde, músicas globales, rock, free-jazz, música concertante y más, como método de explotar al máximo sus posibilidades. La experimentación ha estado en la base de su entrega desde el primer instante. No quedarse quietos: buscar, reconstruir, proponer. Ahí está su discografía para demostrarlo.

La introducción más obvia es la pareja de álbumes iniciales: AKA Moon (1992) y Rebirth (1994). Ambos prefiguran la capacidad del trío para exponer melodías cambiantes, bajeo funk y endiabladas figuras rítmicas desde un formato escueto y que anuncia la cohesión de que hará gala a través de los años. De la tranquilidad de AKA earth se pasa a la compleja AKA dance, en el primero, mientras en el segundo sobresalen piezas como Rebirth 2 –donde Galland saca las manos y de qué manera- y la furiosa Bruit (de la autoría de Pierre van Dormael: uno de los escasos ejemplos de temas ajenos en su obra). Le siguieron los dos volúmenes de Akasha (1995) que inauguran lo que se volverá piedra angular de su obra: la mezcla del jazz con los sonidos étnicos de diferentes países. A partir de ese momento su obra se bifurca: por un lado, no faltarán incursiones en las músicas centroafricana, hindú, árabe, caribeña o de Europa central, con profusión de invitados y el empleo de instrumentos como el mrindangam o las tablas de la India, y tamboreros de las tribus pigmeas en África. Nada puro: todo combinado con un respeto tan valioso como el riesgo de encararlo de ese modo. Por otra parte, la música occidental contemporánea, popular (jazz) y de concierto, con sus violines, pianos y guitarras eléctricas adicionados. No hay una norma rígida, y por eso resulta tan difícil ponerle etiquetas a su trabajo.

Tras Ganesh y Elohim, publicados el mismo año (1997) llegó una trilogía singular, marcando de paso la entrada temporal de un cuarto miembro, el pianista Fabian Fiorini. El primer capítulo lo aportó Invisible mother (1999) con la intervención del reputado ensamble Ictus, conducido por  George-Elie Octors. Un repertorio atípico, orientado hacia la música de cámara actual dejó poco espacio para que el (ahora) cuarteto recurriera a su habituales armas jazzísticas, salvo en Part 2. Invisible sun (2000) se inclinó hacia la sonoridad de “big band”, el jazz orquestal con huella de Duke Ellington pero actualizado, con diálogos de metales en distintos registros, pulso desenfadado, un concepto tomado del I Ching y su modelo de azar, y hasta un órgano de iglesia incluido. Finalmente, Invisible moon (2001) fue un regreso a la fusión étnica y -por rarísima ocasión- a la voz humana (David Linx en Three) con el grupo moviéndose cómodamente en áreas que conoce al derecho y al revés.

Acto seguido, AKA Moon mostró que la imprevisibilidad es uno de sus lemas. De entrada volvió a ser el trío original, aunque Fiorini figurara como invitado eventual en el futuro. Pero además se avanzó en direcciones sorpresivas (¿o no?). In real time (2001) incluyó música para ballet, y un año más tarde Guitars fue un homenaje a ese instrumento y algunos de sus íconos fundamentales (Paco de Lucía, John Scofield, Bill Frisell, el bajista Jaco Pastorius). La presencia de David Gilmore, Prasanna y Pierre van Dormael alternándose en el desempeño de las seis cuerdas fue crucial para facturar lo que quizás sea su disco más jazz-rockero. Act 3, Ying-Yang y From influence to innocence se llevan las salvas.

Luego hubo que esperar cuatro años hasta Amazir que, no tan sorprendentemente, incluyó referencias a Cuba. Digo esto porque resulta innegable el impacto internacional de los ritmos de la isla. Sin embargo, lo curioso es que AKA Moon no utilizó percusiones extras, ni mostró sujeción a la (aparentemente) sacrosanta clave. Se apropió de patrones asimétricos y un singular sentido polirrítmico para esbozar un álbum contundente (donde destaco Cuba No. 2). También me llama la atención lo poco que tiene que ver con la mayoría del jazz que se hace en nuestro país, y como la visión de “lo cubano” puede ser tan abierta y polisémica desde el prisma de estos belgas. Para cerrar este ciclo, Culture griot (2009) y Grazzoppa´s (2010) continuaron la línea de lo étnico.

Un detalle crucial en la trayectoria de AKA Moon han sido sus colaboradores. A diferencia del gastado recurso de utilizarlos para apuntalar algún que otro pasaje, dar un poco de color extra aquí o allá, o apoyarse en algún reconocimiento previo, comercialmente viable, hay interacción y enriquecimiento mutuo. Desde la presencia de maestros como el hindú Umayalpuram K. Sivaramaa (mridangam) y el maliense Baba Sissoko (tamani) hasta los tecladistas Benoit Delbecq y Eric Legnini, los guitarristas Marc Ducret, Nelson Veras y Philip Catherine, y el trombonista Robin Eubanks, cada uno interviene de manera orgánica, aporta su personalidad, pero los resultados siguen siendo, en esencia, responsabilidad del trío. Por eso no es fortuito que tras 15 años y un puñado de álbumes pletóricos de invitados, se decidiera retomar la formación inicial para Unison (2012), su último título por ahora, que destila fuerza en cada surco, como resumen de aprendizajes y experiencias. Los proyectos, de todos modos, no paran, y ya andan enrolados en un recorrido por la música búlgara que dará que hablar si se concreta en grabaciones oficiales.

Mientras Cassol reparte su tiempo entre las colaboraciones (Garrett List, La Grande Formation, Toots Thielemans), musicalizaciones para teatro (VSPRS, 2006), su interés por el barroco, y discos a su nombre (Pitié, 2008, Strange fruit, 2012), sus colegas de equipo también hacen de la suyas. Hatzigeorgiou aparece en registros de Erwin Vann y Daniel Denis (líder de Univers Zero) a la vez que mantiene su proyecto Variations On A Love Supreme, con un álbum homónimo de clara extracción “coltraneiana”. Por su lado, el baterista Galland toca por igual con Nguyen Le, Zawinul Syndicate, Jeroen van Herzeele y Zap Mama, que con el grupo Greetings From Mercury en su muy recomendable fonograma Continuance, y mantiene un proyecto personal llamado Lobi (con una grabación de igual nombre en 2012).

Hay una búsqueda expresiva que se traduce en cientos de proyectos, estables o efímeros, abocados a crear un jazz libre de ataduras y abierto a casi todo lo que venga. AKA Moon es parte de esa escena.AKA Moon: música de vigor, de sorpresas escondidas tras los asaltos rítmicos, los recovecos melódicos, las explosiones tonales. Música que abreva de fuentes contemporáneas y de las tradiciones milenarias de medio mundo. Música que no necesita visados para salir, llegar y quedarse. Diálogo perenne que se olvida de meridianos y paralelos, y donde los patrimonios culturales son la fértil tierra con la que se labra el presente. Una invitación de libertad sonora que desde la pequeña Bélgica nos hace este trío de jazz y no jazz.

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