Actualizado el 2 de marzo de 2015

León Gieco

Por: . 25|2|2015

Un punto ineludible en su biografía es el nexo con Cuba. El ya citado contacto inicial con la Nueva Trova, a través de la circulación clandestina de discos y casetes, pasó a la filiación mucho más sólida cuando, mediados los años ochenta, llegó el inevitable abrazo musical con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, continuado luego con la empatía que lo acercó a Santiago Feliú. A Santiago Feliú

Pocos creadores poseen un status similar al del argentino León Gieco (Santa Fe, noviembre de 1951). Su capacidad para atrapar públicos diversos y traspasar fronteras genéricas con naturalidad, saltando de lo acústico a lo eléctrico, del rock a los sonidos tradicionales, de las temáticas de amor a las de crítica social, lo sitúan como un hito indispensable en la música contemporánea. Fiel a sus credos estéticos y humanos, hace cuarenta años que tiende puentes entre generaciones a partir de una obra que ha mostrado estar a prueba del tiempo.

Empleando como tempranas referencias a Bob Dylan (sobre todo), la música autóctona argentina, la nueva trova cubana y el rock, se insertó en los ambientes de Buenos Aires desde principios de los años setenta, cuando se forjaba la escena rockera con Almendra, Manal, Arco Iris y grupos similares. Se fogueó en escenarios mientras armaba repertorio, y se vinculaba al denominado “rock acústico” junto a Sui Generis, Pedro y Pablo, Pastoral  y Vivencia. Los temas con los que se dio a conocer ya tenían los rasgos que lo particularizaron desde entonces: guitarra acústica y armónica como soporte instrumental básico, voz vibrante, sugerentes construcciones melódicas y textos diáfanos. Por otro lado, estableció un nexo que imbricaba los aires del folk-rock anglosajón con los colores de la tradición nacional.

Hasta hoy su legado cifra más de cuarenta álbumes repartidos entre obras personales, asociaciones temporales y proyectos de variada índole. Pienso que sus primeros tres lustros de trabajo profesional determinan casi todo lo que vendría después. Entre el debut homónimo en 1973 y Semillas del corazón (1988) se halla la mayoría de los momentos fundamentales de su carrera. Bastaría recordar El fantasma de Canterville (1977, con la pieza titular especialmente escrita para él por Charly García), Siete años (1980) y Pensar en nada (1981, cuya actualización sonora indicó que León no se estancaba en fórmulas), así como Por Sui Gieco (1976) que lo reunió con María Rosa Yorio, Nito Mestre, Raúl Porchetto y el ya citado García, en una aventura de música y amistad.

Punto y aparte es la trilogía —extendida luego a cuatro álbumes— De Ushuaia a La Quiaca. Publicada en partes, entre 1985 y 1986, es una de las más consistentes y visionarias obras de antropología musical. Implicó un esfuerzo humano y tecnológico sin precedentes en el país —ni en muchos otros lugares, valga la aclaración. León, el productor Gustavo Santaolalla —con quien venía colaborando desde su primer registro, y que ha sido eje fundamental en toda la trayectoria del cantautor— y un equipo móvil de grabación, recorrieron de sur a norte la geografía del país. Deteniéndose en cada pueblo, buscando a intérpretes locales —la mayoría desconocidos— y rescatando piezas del folclor, el proyecto recopiló in situ una cantidad impresionante de material auditivo y visual.

Orozco (1997), Bandidos rurales (2001) y Por favor, perdón y gracias (2005) son vueltas de tuerca al oficio de cronista cantor. Por su parte, Tesoro, los niños primero (1991), de música para el público infantil, y Un León D-mente (2009), con sonoridad netamente heavy, marcan extremos, —no opuestos, solo complementarios— de su labor. Están, además, los múltiples registros en vivo, las compilaciones con material antes inédito y contribuciones en discos ajenos, así como los trabajos armados en homenaje a su trayectoria, o que incluyen repasos a algunas de sus composiciones. Asimismo está León cantando piezas de otros autores. En este rubro destaco tres versiones en las que se apropia de las melodías de manera muy personal, logrando interpretaciones que considero difíciles de emular: Príncipe azul (Eduardo Mateos), Blues de los plomos (Oveja Negra) y Un pacto (Bersuit).

Sus canciones animan guitarreadas entre amigos de disímiles latitudes: La colina de la vida, Cinco siglos igual, La navidad de Luis, Dice el inmigrante, En el país de la libertad. Las hay más cercanas al folk (Los chacareros de dragones, Soy un pobre agujero, En la cintura de los pájaros, La cultura es la sonrisa) o donde el rock sin estereotipos determina el sonido (Pensar en nada, Todos los caballos blancos, Familia rodante). Y, por supuesto, está Solo le pido a Dios. Considerada ahora —y concebida así por su autor— como una pieza de genuino corte pacifista, al dispararse las hostilidades entre Argentina y Gran Bretaña en 1982, en “la guerra de las Malvinas”, la junta militar gobernante se apropió de ella para intentar enardecer un patriotismo belicista, descontextualizando uno de sus versos: “solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente”. La manipulación, por suerte, no surtió el efecto esperado. Esto lleva a recordar que junto a ordenanzas institucionales prohibiendo la difusión de obras de su autoría (Las dulces promesas, Canción de amor para Francisca, Tema de los mosquitos) hubo vetos también hacia frases específicas en algunas canciones. Nada nuevo cuando el arte molesta a quienes detentan el poder. Tampoco es una sorpresa que algunas levanten ronchas. Directas y emocionales muchas veces, pueden prestarse a ser mal entendidas. Y no se trata de que “la burguesía” o “la derecha” estén siempre detrás de tales incidentes. Gente de diversos estratos, madres y padres de familia, ciudadanos comunes que desanda las calles, se han sentido vulnerados por algún que otro tema (Santa Tejerina, Un minuto). La sinceridad tiene un precio y León lo ha pagado también.

No se corta ante ningún ritmo: cumbia, tango, rock, chacarera, heavy, bahuala, blues, vidala, ska. El bombo y el violín, el bandoneón y la guitarra eléctrica, los sintetizadores y el charango dotan de atractiva riqueza tímbrica a sus fonogramas. Impresiona el listado de colaboradores por el eclecticismo indicativo de una perenne ruptura de barreras. Íconos del rock local (Charly, Spinetta, Gustavo Cordera, Nito Mestre, el grupo Arco Iris en pleno), invitados extranjeros (Rubén Albarrán, Jim Keltner, Alex Acuña, Luis Conte, Jimmy Johnson, Dean Parks, Dino Saluzzi) y figuras provenientes del metal (Ricardo Iorio, Andrés Giménez) o lo tradicional (Leda Valladares, Cuchi Leguizamón, Sixto Palavecino) comparecen al lado de colosos como Mercedes Sosa y Pete Seeger. Asimismo, hay que mencionar la cercanía de los guitarristas Rodolfo Gorosito, Eduardo Rogatti y Luis Gurevich —su mano derecha desde 1992— que transitaron por sus bandas de respaldo y resultaron claves para definir etapas, no solo como instrumentistas sino incluso firmando piezas en coautoría con León.

Un punto ineludible en su biografía es el nexo con Cuba. El ya citado contacto inicial con la Nueva Trova, a través de la circulación clandestina de discos y casetes, pasó a la filiación mucho más sólida cuando, mediados los años ochenta, llegó el inevitable abrazo musical con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, continuado luego con la empatía que lo acercó a Santiago Feliú. Nada extraña entonces que Solo el amor (Silvio), Para Bárbara (Santi) y Guajira guantanamera (Joseíto Fernández) figuren en su discografía.

Un elemento clave para comprender el rol de León Gieco en la música latinoamericana de las últimas décadas es su activismo social. El compromiso con (a mayoría de) la gente de su tiempo y lugar es algo que nunca ha desestimado, llevándolo incluso más allá de los escenarios musicales o políticos. La suya es una militancia de izquierda sin dogmas, no la repetición hueca de consignas, basada en su opinión individual o en el análisis de las vivencias de otros que han tocado de algún modo su fibra. Participa en eventos al servicio de reclamos concretos y tiende una mano solidaria hacia un desconocido necesitado, incluso cuando su generosidad acaba siendo un arma de doble filo que se vuelve contra él.

Aquel chico Raúl Alberto Antonio Gieco, santafesino hasta los tuétanos, aunque hace años se mudó al asfalto bonaerense, que un día, entre nervioso y decidido, dejó Cañada Rosquín para probar universos; devenido profesor de mecanografía mientras no paraba de soñar músicas, afinaba —¿afilaba?— su instrumento y se ganaba el apodo de “León”; que vivió censuras, exilio y regreso, compartiendo los momentos más tristes y también los más luminosos en una convulsa historia nacional; hoy es ese creador que esquiva la veneración, se oculta de la fama con un barbijo y convive tranquilo con la conciencia de rara vez haber errado el tiro. Cuatro décadas, guitarra en mano, haciendo patria y cultura.

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