Actualizado el 8 de abril de 2015

Kimmo Pohjonen

Por: . 3|4|2015

Con un historial de poco más de siglo y medio, despegándose de su origen austriaco, y perfeccionado con la complicidad de luthiers, innovadores y sus mismos ejecutantes, el acordeón se encuentra enraizado en tradiciones diversas de la música popular. Está en el vallenato colombiano, los huaynos de Perú, los estilos celtas, gitanos y norteño, el zydeco y otros. Jazz, pop, rock y metal también le abren las puertas ocasionalmente, si bien la marca folk parece estar en la base de sus intervenciones. Nombres reconocidos internacionalmente (Chango Spasiuk, Flaco Jiménez, Dino Saluzzi, Richard Galliano, Renato Borghetti) y otros no tanto, atestiguan su paso por la más amplia acepción de la música actual. De The Band y Gogol Bordello a Mägo de Oz, pasando por Barenaked Ladies, The Pogues y Calexico, su empleo conecta con fuentes fácilmente discernibles. Incluso en las discografías de The EC Nudes, Hamster Theatre, Nimal, Samla Mammas Manna o el Canvas Trio de Joelle Leandre, más inclinadas a lo experimental, el instrumento conserva un sonido identificable. Con el finlandés Kimmo Pohjonen (1964) todo eso cambió.

En las manos de este músico, el acordeón cromático —que emplea botones en vez del teclado para la mano derecha— transformó de manera radical una sonoridad que se creía inmutable. Distorsionarlo con pedales y sistemas MIDI, le dio un giro peculiar. Más allá de cambiarle la tímbrica, lo despojó de la obligatoriedad de reproducir su historia, y a la vez lo dotó de un nuevo arsenal de registros e identidad. Esta movida conceptual es donde (pienso) que radica el mérito real del inquieto instrumentista, al margen de su desempeño como virtuoso. Al escucharlo se hace difícil buscar referencias conocidas. Los asideros comunes desaparecen. Semeja una guitarra eléctrica, un sintetizador o un artefacto de ciencia ficción: algo así como una caja de Pandora que, al destaparla, libera tonos y acordes “imposibles”. No en balde, en una de esas caracterizaciones simplistas pero efectivas, alguna prensa lo bautizó como el “Jimi Hendrix del acordeón”.

Con un bagaje académico centrado en la música “clásica”, se hizo breve partidario del punk y la poesía oral, y tocó en efímeras bandas de rock, sin olvidar los estilos folclóricos nacionales. Estudió el melodeón y la armónica, la mbira de Tanzania y el tango renovado de Piazzolla. Quizás toda esa mezcla le sirvió para perfilar un camino propio, donde estos elementos se sumaron al rock progresivo, la improvisación, la música de cámara y la electrónica. En 1999 se sintió lo suficientemente maduro como para apostar por una obra propia, y empezó a grabar y actuar en conciertos. Desde entonces no ha parado.

Los primeros álbumes sorprenden por su eclecticismo. El acordeón lidera todo el tiempo, pero hay diseminadas otras intervenciones instrumentales. Con Kielo (1999), Kluster (2002) y Kalmuk —del mismo año y con una pequeña orquesta sinfónica— inicia una discografía no muy numerosa pero que explora senderos para su capacidad compositiva y su inquietud como creador. Hay piezas que se acercan a lo ambiental (“Loska”, “Avanto”), la electroacústica (“Aroma”) o la música clásica contemporánea (“Genesis”, “Mantis”), mientras otras se sustentan en ritmos hipnóticos (“Kalvaja”). La melodía juguetona de “Kalmukki” contrasta con la hecatombe sonora de “Vortex”, la breve y anárquica “Sirpale”, y la opresiva —atravesada por un sorpresivo pasaje brillante— “Koruna”. “Kielo” casi suena a pop, “Voima” avanza lentamente desde un inicio apacible hasta un final pleno de energía, y los casi ocho minutos de “The furies” se inscriben a la perfección en el mejor rock de cámara.    

Como ocurre con otros músicos abocados a la experimentación, prioriza los formatos reducidos y muchas veces poco convencionales.  Dos de sus fonogramas, armados a dúo, así lo atestiguan. Uumen (2005) con el baterista francés Eric Echampard apuesta por la improvisación total, el diálogo intuitivo. Oscilando entre los ritmos vigorosos de “Vaste” y la titular, la energética “Onde blonde” y el pulso nervioso de “Anemia”, es obvio que la experiencia les brindó múltiples satisfacciones, pues hasta hoy siguen colaborando, aunque no existan nuevos registros oficiales. El otro lleva por título Murhaballadeja (2012) y lo grabó con su antiguo profesor y cantante Heiki Laitinen. Aquí encontramos una obra dominada por la voz y la canción tradicional, aunque el acompañamiento de Kimmo se aleja de las pautas folk. El fuerte acento vocal sobresale en “Itkuvirn sodissa kaatuneille” y “Katrina”, mientras “Kaarlo ja Kerttu” insinúa un ritmo tangueado.  

Aunque en su estilo abundan las sutilezas y matices, quizás uno de los rasgos más llamativos es la explosividad de su ejecución. Su mejor exposición fue el trío KTU. Completado con Trey Gunn en la sofisticada guitarra Warr (de catorce cuerdas) y la batería de Pat Mastelotto, ambos integrantes de King Crimson, su aporte se concretó en dos discos: 8 armed monkey (2005) y Quiver (2009). Si el primero evocó más sus trabajos previos como solista, descontando la formidable “Absinthe”, el segundo consigue labrar una intrincada factura donde asoma la estética “crimsoniana”. Temas fieros, ritmos macizos y un combate armónico de guitarra y acordeón se desarrollan en “Kataklasm”, “Jacaranda” y “Aorta”. Tras el receso de esta aventura, Kimmo retomó un patrón similar entre 2010 y 2011 con el grupo K Cube, junto a Sami Kuoppamäki (batería) y Timo Kämäräinen (guitarra) para una serie de conciertos. Cerrando el recorrido a su obra grabada, Uniko (2011) fue un trabajo encargado por el afamado Kronos Quartet. Kimmo escribió todo el material junto a su colaborador habitual Samuli Kosminen, responsable de los procesamientos digitales. Música emocional, rítmica a veces, sosegada otras, que combina acordeón, violines, viola, cello y sampleo en vivo de cuerdas y percusiones.

Otro rasgo esencial de su labor es el carácter visual que se perfila en tres direcciones. En primer lugar están las partituras especialmente concebidas para danza, cine y teatro. En década y media, Kimmo ha colaborado con bailarines de ambos sexos (Aki Suzuki, Reijo Kela, Minna Tervamaki), coreógrafos, teatreros y directores fílmicos. Por ejemplo, dos largometrajes, el finés Jadesoturi (Antti-Jussi Annila) y el ruso Majak (Maria Sahakyan), ambos de 2006, cuentan con bandas sonoras hechas por el acordeonista. Vínculos con el Ballet Nacional de Finlandia, y frecuentes trabajos conjuntos con danzarines y actores de otros países, avalan esta línea. Por otro lado, tiene piezas que, sin ser pensadas para esa finalidad, son recreadas en contextos destinados para la vista. Finalmente, pero no por eso menos importante, están las propias puestas en escena de sus conciertos. Se suele respaldar con un cuidadoso diseño de iluminación —cortesía de Valo Virtanen— que incluye no sólo las proyecciones de luces y videos, sino también efectos digitales, y la eventual presencia de alguien bailando al son de sus interpretaciones.

Debo mencionar además sus contactos con el colectivo vocal ucraniano Dakha Brakha; las adaptaciones de piezas de David Bowie y Beethoven; dúos circunstanciales con su hija Saana en batería, el cellista Jeffrey Zeigler y el trombonista Markku Veijonsuo; proyectos de electroacústica (Earth Machine Music) y con sus coterráneos del cuarteto de cámara Proton String. Evidentemente, es un tipo que no se está quieto, y que en lo posible trata de no repetirse, abriendo siempre surcos hacia lo nuevo.

Practicando mucho e insistiendo en experiencias propositivas, conoce todos los trucos y posibilidades de su instrumento. Lírico, tenue, feroz, atonal o explosivo, el acordeón de Kimmo Pohjonen es un distintivo. No es música de multitudes, ni de élites. Sencillamente está ahí, sonando en presente para quien quiera (y pueda) escucharla, y decidir si le interesa o no. Al fin y al cabo de eso se trata todo: opciones.

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