Actualizado el 3 de agosto de 2015

Mike Patton:

Por: . 31|7|2015

Mike Patton: Se le conoce como cantante, pero llamarlo “vocalista” es más preciso, pues buena parte de lo que hace está bien lejos del canto más o menos convencional. Con naturalidad maneja su extenso rango de seis octavas y media: sube a las notas más altas y apenas sin transición, se precipita a los registros más graves.Mientras cada día los límites entre géneros musicales se difuminan de forma acelerada, más y más creadores apuestan por incursionar en esa cuerda floja de olvidar las etiquetas; movida que garantiza riesgos y excitación a partes iguales. El estadounidense Mike Patton (California, 1968) es uno de ellos. Vocalista fuera de serie, un sector del público lo identifica con Faith No More (FNM), banda que en los años noventa dejó un compendio de memorables grabaciones, encabezó listas de éxitos y resignificó el término “metal alternativo”. Otro lo asocia con sus proyectos experimentales, alejados por completo de lo masivo. Patton es la suma de todo eso y un poco más, pero sobre todo es una individualidad que parece no detenerse ante esquemas o prejuicios. 

Moviéndose entre el metal, el hard rock y el grunge de finales del siglo XX, FNM ya contaba con una trayectoria larga cuando Mike remplazó al cantante original. Su entrada marcó el despegue de la banda, en cuanto a un mayor impacto en las audiencias y un recibimiento positivo por la crítica. El tecladista Roddy Bottum, Jim Martin en la guitarra (sustituido al final por Jon Hudson) y la sección rítmica de Mike Bordin (batería) y Bill Gould en el bajo fueron el soporte sonoro a los textos (casi) surrealistas escritos por Patton.

Cuatro discos sirvieron para catapultarla como una de las agrupaciones destacadas del período: The real thing (1989), Angel dust (1992), King for a day, fool for a lifetime (1995) y Album of the year (1997). Junto a piezas devenidas clásicas (“Epic”, “Ashes to ashes”, “Midlife crisis”, “A small victory”) se facturaron otras que mostraban el cúmulo de influencias que manejaban sus integrantes. En algunos casos lo referencial en su repertorio era obvio, aunque dispar: “War pigs” (Black Sabbath), “I started a joke” (Bee Gees), “Easy” (Lionel Ritchie), o el tema instrumental de la película Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969). De hecho fue de los pocos grupos de ese tiempo que se aventuró en las versiones. Por otro lado, la gama estilística incorporó elementos de funk, rock progresivo, hip hop, ritmos latinos, punk y cierto coqueteo pop. Con todo eso obtuvo un sello propio, destacando entre la homogeneidad generalizada. Al igual que otros nombres de su época, FNM se reunificó este año 2015 y presentó un nuevo álbum, Sol invictus. Más allá de las razones (artísticas, económicas, afectivas) para el regreso, la grabación trae un resumen de temas (“Superhero”, “Cone of shame”, “From the dead” o la tangueada “Rise of the fall”) donde lo que falta quizás en la visceralidad de antaño se compensa con un toque de madurez.   

No obstante, antes de su irrupción en la gran escena (sin ironía) del metal con FNM, ya Mike Patton hacía de las suyas dentro de Mr. Bungle, proyecto signado por la amistad de juventud entre el vocalista, Trevor Dunn —bajista que reaparecerá una y otra vez a su lado— y el guitarrista Trey Spruance como base central. Ellos, más el baterista estable desde 1989, Danny Heifetz, y un cambiante dueto de alientos, dieron vida a una discografía que ha resistido el embate del tiempo con hitos como Disco volante (1995) y California, cuatro años después. 

El contacto con John Zorn en 1992 fue crucial. El saxofonista neoyorkino lo impulsó a improvisar y probarse en contextos de creación espontánea. Desde entonces, se han sucedido colaboraciones entre ambos (Elegy, The big gundown, The gift, The song project y varias más) así como ramificaciones sobre terrenos comunes (Moonchild Trio, Hemophiliac, Naked City). En alguna medida, ese empuje hacia lo inclasificable está presente en su carrera personal, mediante proyectos, grabaciones y asociaciones. Por ejemplo, la banda Fantomas, cuya estructurada mezcla de riffs metaleros, chillidos vocales y percusión a todo tren —0cortesía del cubano Dave Lombardo— conduce tanto a la calma pasajera como a mareantes melodías y ritmos retorcidos. En su fonograma The director´s cut (2001) se modifican —hasta tornarlas irreconocibles a veces— algunas memorables canciones del séptimo arte (El padrino, El bebé de Rosemary). Otros casos serían Tomahawk, cuarteto que prioriza la labor colectiva entre lo experimental y lo accesible, en una tetralogía discográfica, y Peeping Tom —con un disco de cuasi-electrónica en 2006 que contó con las contribuciones un tanto sorpresivas de Bebel Gilberto y Norah Jones. En estas agrupaciones figuran algunos de los momentos emblemáticos de Patton.

Su empatía con la escena nipona del rock ruidista lo llevó a asociaciones temporales con Melt Banana, Milk Cult, Maldoror, Otomo Yoshide y otros. Sus bandas sonoras para cine —Crank 2: Alto voltaje (Mar Neveldine y Brian Taylor, 2009) es tal vez una de las más conocidas— se conjuntan a colaboraciones de culturas y geografías heterogéneas. La islandesa Björk lo invitó a su disco puramente vocal Medulla (2004); hizo trip-hop con Lovage; algo entre clásico y electrónico con el violinista Eyvind Kang; y rock de vanguardia con los romanos Zu. Grabó con la pianista canadiense Marie Goyette, el DJ de origen venezolano Kid 606, el compositor noruego John Erik Kaada, el trío californiano de música de cámara Tin Hat, el “supergrupo” Praxis (de Bill Laswell), y experimentalistas como Alvin Curran y Bob Ostertag. Junto a todo eso se le encuentra también en el seminal álbum Roots (1996) de los brasileños Sepultura.

Se le conoce como cantante, pero llamarlo “vocalista” es más preciso, pues buena parte de lo que hace está bien lejos del canto más o menos convencional. Con naturalidad maneja su extenso rango de seis octavas y media: sube a las notas más altas y apenas sin transición, se precipita a los registros más graves. Pero no solo eso. Reproduce una pasmosa gama de sonidos solo con el empleo de sus cuerdas vocales. La demostración más evidente fue su primera incursión en solitario, Adult themes for voice (1996), obra de —hay que decirlo— difícil degustación. Susurros, alaridos, risas, jadeos, gritos, sollozos, onomatopeyas: un abanico de emociones y ánimos expresados a pura y dura voz. Por otro lado, Mondo cane (2010) es una inmersión en las baladas italianas que tanto furor causaron en los años cincuenta y sesenta. Canciones que hoy pueden parecer empalagosas, pero que respondían a uno de los conceptos orquestales de su tiempo, son recreadas por el ex FNM que consigue insuflarles la emotividad de antaño sin embarrarse en almíbar. Como muestra, la versión de “Ore d´ amore”, rotundo éxito de Fred Bongusto en 1967 que —con versiones de Frank Sinatra y Dyango— hasta sonó por aquellos ya lejanos días en la radio cubana.

 Desde 1999 codirige Ipecac, un sello disquero independiente que cobija la mayoría de sus propuestas, a la vez que promueve trabajos en los cuales deposita su confianza. Estilos dispares como el country y el techno, música para comedias, rock y experimentación radical coexisten en un catálogo que se mantiene en expansión.

No tuvo formación musical, ni sabe descifrar una partitura —dibuja apenas unas guías en el papel pautado para orientarse— y reconoce que tampoco suele practicar con la voz. Reservado y lejos de las luminarias de la fama, lector compulsivo y declarado cinéfilo, le importa un pepino quedar como un tipo incomprendido que navega contracorriente y que lejos de anclarse en expectativas ajenas aboga por la sorpresa en prácticamente todos sus trabajos. “¿Para qué mirar hacia atrás si se puede mirar hacia adelante?”, apuntó alguna vez al ser entrevistado. Mike Patton suscribe la libertad como herramienta para abrir senderos. De ahí su actualidad que no responde a modas ni mercados. Lo que identifica a este “hombre de las mil voces” es su capacidad para no estarse quieto.

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