Actualizado el 26 de noviembre de 2015

Tatsuya Yoshida

Por: . 23|11|2015

Desde 1985 su labor comenzó una ramificación que prosigue hasta el presente. Es como si algo le impidiera estarse quieto, o concentrarse en una sola dirección. Por el contrario, Tatsuya Yoshida está aquí y allá, ahora y mañana, saliendo de una experiencia para enrolarse en otra...

Para Noriko

 Lleva más de treinta años atizando tambores y platillos a un ritmo que no decae. Aparece en cientos de grabaciones que funden estilos dentro y fuera de su país, y es una de las figuras claves del underground japonés. Tatsuya Yoshida (1961) desarrolla su trayectoria con matices inimitables. Si bien se le conoce sobre todo por su explosiva aproximación al instrumento —el saxofonista Albert Beger decía que “no puedes sobrevivir mucho tiempo tocando como lo hace él”—, su vasta obra está llena de guiños y referencias, propuestas para vías de escape y un vínculo casi físicamente suicida con la batería.

Junto a variantes nacionales como el j-pop y sonidos enraizados en diversas modalidades del folclor, Japón cuenta con una escena musical que va del jazz al hip hop, la música electrónica de baile y el heavy metal, la salsa, el reggae y el ruidismo sin ambages. Tiene también una bien desarrollada historia de rock progresivo y tendencias cercanas desde que despuntaron Stomu Yamash´ta, Wha Ha Ha, Bi Kyo Ran, Yellow Magic Orchestra y Sadistic Mika Band en los setenta. La continuidad fue signada por colectivos del corte de Happy Family, PON, Il Berlione, Tipographica, Boredoms, Zypressen y Bondage Fruit, junto a individualidades como Otomo Yoshide, Toshi Makihara, Yuriko Mukoujima y Kiyomi Otaka. Hacen música que no responde a ataduras de estilos, ni persiguen un sonido “obviamente” japonés (eso queda para los rastreadores de postales turísticas) sino que toman lo que necesitan y trabajan con eso, llámese como se llame. En ese perfil encaja Yoshida desde que fundó Ruins a mediados de los años ochenta.

Ruins comenzó como un dúo, pero su devenir lo identifica más como proyecto personal del baterista. Una sucesión de bajistas (Kazuyoshi Kimoto, Hideki Kawamoto, Ryuichi Masuda, Sasaki Hisashi) ha tratado de mantener el paso, durando a veces apenas un par de discos. El hecho de basarse en la interrelación de una sección rítmica, con el añadido muy circunstancial de otros instrumentos y los malabarismos vocales de su líder, exigió un acople sin grietas y un nivel de energía rara vez escuchado fuera de los ámbitos del punk más rabioso. Y no fue fácil seguirle la rima.

El primer disco se grabó en 1986 y desde ese momento comenzó una singladura que con distintos matices se mantiene hasta hoy. Destaco los álbumes Stonehenge (1990), Burning stone (1992), Hyderomastgroningen (1995), Vrresto (1998) y Tzomborgha (2002), entre una decena más, aunque cualquiera sirve para ilustrar esa línea a medio camino entre la anarquía y la preparación consciente. Porque resulta que todo está escrito, no dejado al azar, manteniendo algunos espacios de improvisación. Esa contundencia rítmica que embiste todo el tiempo, desarrollada desde el binomio bajo-batería, hasta las cambiantes voces en un lenguaje inexistente, como extraídas de un dibujo animado, son frutos de la paciencia. Todas las referencias vitales están ahí, exactamente equilibradas: la intensidad zeuhl, la urgencia punk, el rock como fuerza motriz. A veces afloran otros colores, como el aporte melódico de los teclados en el álbum Symphonica (2000), o los toques de saxofón y guitarra en Refusal fossil (1997). En algún momento incluso se cuelan versiones de material ajeno (Messiaen, Black Sabbath, Mahavishnu Orchestra) tocadas desde esa perspectiva de desquiciamiento. Pero hay un sello que planea por encima de cada acorde y cada brake.

El dúo hizo también colaboraciones acreditadas con sendos guitarristas: el británico Derek Bailey (Saisoro, 1995; Tohjinho, 1998) y el estadounidense Jason Willett, en 1994. Pero llegado el punto en que Tatsuya desistió de encontrar un acompañante estable, ensayó otras variantes. Por ejemplo, con el nombre Ruinzhatova, junto a Atsushi Tsuyama en el bajo y Seiichi Yamamoto en la guitarra, grabó tres álbumes de tenso rock experimental entre 1994 y 2004. Con Sax Ruins retomó el formato dual desde 2006 con la saxofonista Ryoko Ono y sendos títulos, rescatando en el reciente Blimmguass (2014) piezas del repertorio anterior con una visión armónica diferenciada.

Así como Ruins tiene todos los signos de ser el vehículo ideal de su música, la amplísima serie de proyectos intermitentes y simultáneos ofrecen atisbos de sus pasiones. The World Heritage fue un quinteto de dos guitarras, bajo, violín y batería, activo entre 2004 y 2007 con algunos de los músicos más sobresalientes de su país (Kido Natsuki, Yamamoto Seiichi, Nasuno Mitsuri, Katsui Yuji). Legó tres discos más emparentados con la improvisación del jazz-rock que con los experimentos desbocados de Tatsuya.

El trabajo del trío Korekyojin resultó abrasivo en temas como “Swan dave” y “Xenon”, por ejemplo, con la guitarra aportando el aire rock dentro de las melodías. En Koenjihyakkei el empleo de coros, la instrumentación más concisa, el piano repetitivo y los ritmos marchosos remiten al estilo “zeuhl” de Magma. Otros triunviratos: Seikazoku, nutrido con la sicodelia y el progresivo; Zubi Zuba, que apostó por las vocalizaciones a capella (alto, tenor y barítono) en su mezcla de cantos budistas y duduá para un único álbum de 1996; YBO2, potente avant-rock que dejó varios títulos en la recta final de los años ochenta, y Daimonji, donde nuevamente el ingrediente “zeuhl” se afianzó en las complejas estructuras y la intensidad eléctrica con presencia fundamental de los teclados de Hoppy Kamiyama.

Obviamente, abundan más en su discografía los colegas nacionales: las pianistas Eiko Ishibashi (Slip beneath the distant tree) y Satoko Fujii (Erans), la vocalista Tenko (At the top of Mt. Bracken), el baterista de Tipographica, Akira Sotoyama (Drum Duo), los guitarristas Uchihashi Kazuhisa (Barisshe), Tsuyama Atsuchi (Akaten), Imahori Tsuneo (Dots) y Haino Keiji (New rap), el cantante Damo Suzuki (The fire of heaven at the end of universe) y las agrupaciones Zeni Geva y Dissecting Table. Además, comparte escenarios y participa en grabaciones de los estadounidenses John Zorn y Ron Anderson, el grupo sueco Samla Mammas Manna (y por separado con su fundador Lars Hollmer), el bajista ruso Igor Krutogolov, el colectivo multinacional Acid Mother Gong, el polaco Piotr Zabrodzki, la pianista suiza Sylvie Courvoisier, el saxofonista israelí Assif Tsahar y el francés Richard Pinhas, entre muchos más. Sin dudas todo un militante de los entrecruzamientos culturales.

Baterista fuera de serie, canta, toca teclados, flauta indonesia, guitarra, bajo y genera ritmos con cuanto tiene delante, desde el zíper de su chaleco hasta una vieja cámara fotográfica. Su concepto de percusión pasa del jazz al death metal y el rock progresivo. No trata de ser el más veloz (para eso están Derek Roddy y los reyes del “blast beats”) sino de canalizar expresividad por todos los medios a su alcance. Se apoya en la composición, aunque haya mucho de improvisación a lo largo y ancho de su creación. Como curiosidad, la explosividad de su entrega tiene una contrapartida en las fotos de formaciones rocosas, captadas por medio mundo y que ilustran la mayoría de sus discos. Esa paradoja entre el inmovilismo pétreo de las imágenes y el dinamismo sonoro del material es también parte de su esencia.

Baterista fuera de serie, canta, toca teclados, flauta indonesia, guitarra, bajo y genera ritmos con cuanto tiene delante, desde el zíper de su chaleco hasta una vieja cámara fotográfica...Nuevamente hallamos música que no admite complacencia: o te sumerges en ella, o la apagas. Entonces surgen las interrogantes: ¿hacia dónde nos lleva? ¿Se supone que debe conducirnos a algún lugar mental o provocarnos un estado de ánimo específico? ¿Debe existir coincidencia entre los propósitos de la creación (asumiendo que los haya) y las expectativas de un auditorio marcado por la heterogeneidad? Cuestiones abiertas a todas las respuestas posibles.

Desde 1985 su labor comenzó una ramificación que prosigue hasta el presente. Es como si algo le impidiera estarse quieto, o concentrarse en una sola dirección. Por el contrario, Tatsuya Yoshida está aquí y allá, ahora y mañana, saliendo de una experiencia para enrolarse en otra. Ese sentido de nerviosa urgencia —siempre apurado— lo lleva a explorar y explorar mientras ejecuta sus vitaminados e impredecibles ritmos, directamente desde la tierra del Sol naciente.

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