Actualizado el 30 de marzo de 2016

Carles Benavent

Por: . 28|3|2016

A partir de los años 80, Carles Benavent generó una escuela seguida por centenares de bajistas, que se afanan en copiar sus trucos y estilo como mismo en sus inicios él trataba de imitar a Jimi Hendrix y Jack Bruce.

Para Néstor del Prado

 

Compartir escenarios y estudios de grabación con figuras absolutamente revolucionarias en distintos géneros musicales es uno de los tantos méritos que acumula el español Carles Benavent (Barcelona, marzo de 1954). Por más de cuatro decenios ha jalonado registros personales, membresía en colectivos, y suculentas colaboraciones para otros, colocando el bajo eléctrico en una posición donde conversa en igualdad de condiciones con instrumentos de mayor solvencia melódica o protagonismo histórico. Su disposición a la aventura, a lo nuevo e inexplorado, marca toda su carrera hasta hoy.

Sus inicios están firmemente encajados en el rock, integrando agrupaciones claves de la progresía catalana. Un sonido marcado entonces por las influencias anglosajonas, pero que sentó las bases para el proceso de expansión que iluminó su trayectoria posterior. Comenzó en 1970 con el trío Crac, del cual saltó a Máquina, y luego a Música Urbana. Del blues-rock a la sicodelia experimental y el jazz-rock sazonado de aromas mediterráneos, piezas como “Invitation au xiulet”, “Font”, “Vacances perdudes”, “Agost” o la inusual —en ese contexto— “Pasodoble balear”, anunciaban senderos de búsqueda. Además, fraguó nexos de amistad con el baterista Salvador Font y el pianista y teclista Joan Albert Amargós, quienes han reaparecido en su trayectoria a lo largo de los años.

La entrada de Carles en el sexteto de Paco de Lucía en 1981 representó un cambio para esta agrupación a la vez que un giro vital en su devenir como músico. Junto a Rubem Dantas (percusión) y Jorge Pardo (saxo y flauta) conformó el triunvirato que dio un vuelo diferente a las composiciones de Paco en lo que pronto se conoció como “nuevo flamenco”. Con el agregado del cante de Pepe de Lucía, la segunda guitarra de Ramón de Algeciras y Manolo Soler responsabilizado del baile, fue un grupo que hizo historia. Bulerías, tangos y rumbas elaboradas con una instrumentación novedosa (sobresaliendo el bajo eléctrico), a despecho de puristas, inundaron el excelente disco Solo quiero caminar. Más adelante, retornó para Zyryab (1990) y Luzía, ocho años después, aunque creo que la consistencia del trabajo inicial fue la que determinó buena parte del legado del sexteto.

La conexión flamenca tuvo continuidad cuando el bajista colaboró en grabaciones para el legendario Camarón de la Isla. La tetralogía que abarca Calle Real (1983), Viviré (1984), Soy gitano (1989) y el álbum final del cantaor, Potro de rabia y miel (1992), dejaron claro que Benavent era un músico renuente a ser encerrado en una sola categoría, y que tenía mucho que aportar en cada proyecto. Esos trabajos junto a Paco y Camarón lo acercaron de modo más evidente a la fusión de flamenco y jazz con la cual se le relaciona, y que giran en la base de su estilo como instrumentista y creador; pero su discografía en solitario y sus restantes contribuciones muestran que le encanta ir siempre más allá.

En el ámbito del jazz (puro o fusionado) hay que recordar su paso por la banda de Chick Corea, concretada en los fonogramas Touchstone (1982), Again and again (1983) y The ultimate adventure (2006). También tocó con Gil Goldstein, Pat Metheny, Don Alias, Didier Lockwood, Nguyen Le, Alex Acuña, Stéphane Galland, Tito Duarte y hasta el “jefe de jefes” Miles Davis. En otras coordenadas, colaboró con su coterráneo Joan Manuel Serrat (Utopía, Nadie es perfecto, Versos en la boca) y con artistas nacionales como Carmen Linares, Enriquito, Pepe Bao, Santiago Auserón, los Bueyes Madereros, Domingo Patricio, Joan Sanmartí, su hija Angie Benavent y hasta el colectivo hip hop Liantes.

Sobre todo ha devuelto favores a algunos colegas prestando su bajo para álbumes de Jorge Pardo (Blau, El canto de los guerreros, Las cigarras son quizás sordas, Veloz hacia su sino, Mira), el percusionista Tino Di Geraldo (Burlerías, Flamenco lo serás tú, Tino) y el guitarrista Max Sunyer (Babel, Jocs privats, Trio, Sal marina, Nomades, Black coral). Con los dos primeros, además, conformó un trío inclasificable que abraza los palos flamencos, las armonías del jazz y atisbos sonoros multiculturales, desde la potente construcción de “Mi Carmen” hasta el funk sabroso de “Sujétame que lo mato”, o la belleza melódica que permea “Diego”. Otra asociación a tres implicó a Pardo y el guitarrista portugués Manuel de Oliveira, reflejada en Iberia live (2015).

Bajo su nombre lleva publicados Carles Benavent (1983), Peaches with salt (1985), Agüita que corre (1995), Fénix (1997) —concebido después del accidente de tráfico que lo mantuvo apartado un tiempo—, Aigua (2001), Quartet (2009) y Un, dos, tres (2011). Por otra parte, están sus duetos con el violinista y padre del baterista de Música Urbana, Salvador Font (Mantequilla, 1983), el ya citado Amargós (Dos de copas, 1985; Colors, 1991) y el guitarrista de Ketama, Josemi Carmona (Sumando, 2006).

De formación autodidacta, ejercitando la memoria y el oído, se especializó en el bajo eléctrico de cinco cuerdas, agregando una más aguda a las cuatro convencionales; y tocando con púa, lo cual le condujo a desarrollar una técnica personal. No obstante, en algún momento optó por el sonido acústico para ese instrumento, alternando además con la mandola, los teclados y la guitarra de modo ocasional.

El “solo”, como pasaje de destaque, además de no ser demasiado frecuente en su labor, adquiere otra dimensión con Benavent. Más bien lo que hace son contrapunteos, sin robar un primer plano evidente; pero con una presencia notable, sosteniendo el ritmo y, a la vez, aportando una nueva línea melódica. Un ejemplo elocuente está en “Curro solo hay uno”.

Sus piezas denotan múltiples influencias. “Clarinet & mandolin” remite a la música de cámara; “Here we are” apunta a Brasil; y “Viva Cai” y “Cuca” anuncian el dramatismo del mejor flamenco. Está la triste belleza de “Kaddish”, el reggae de “3 women, good morning Anya”, la atmosférica “Balada de Mayo” y la muy elaborada “Punt i final” (escrita por su hija Angie). La percusión mínima que sostiene “Aigua” contrasta con el despliegue rítmico de “San Tokio” y “Por Dioss”. El jazz-rock se potencia en “Sevillona” y “Melocotón con sal”; “Homenatje” alude a la fusión latina; mientras “Flamenquillo”, “A solas”, “Olé blues” y “Aguas de Abril” identifican su gusto melódico y fuerza como ejecutante.

A partir de los años 80, Carles Benavent generó una escuela seguida por centenares de bajistas, que se afanan en copiar sus trucos y estilo como mismo en sus inicios él trataba de imitar a Jimi Hendrix y Jack Bruce. A golpe de perseverancia y humildad se labró un puesto entre los grandes de la música actual. Probablemente aquellos sitios de los cuales era expulsado por “raro” en los años 70, cuando militaba en Máquina, o los ortodoxos que le pedían a Paco de Lucía que sacara del grupo a “ese de la guitarra china”, hoy se lo disputen, o hayan al fin aceptado la impronta de un bajista que no cesa de crecer y experimentar.

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