Actualizado el 16 de mayo de 2016

David Byrne

Por: . 12|5|2016

Parece que David Byrne no tiene apuros, y aunque cree en la espontaneidad, su concentración le impone plazos que resultan un tanto alargados para las exigencias del mercado y el placer de sus seguidores.

Para Rafa González Escalona

 

“La diversidad es la condición del mundo contemporáneo”. Son palabras de David Byrne (mayo de 1952), escocés de nacimiento, neoyorkino por adopción, y con vocación de hombre planetario. Su liderazgo en el grupo Talking Heads lo situó en una imprecisa vanguardia musical, en la segunda mitad de los años setenta. A partir de ahí, su cruce de géneros y experiencias, lo ha convertido en una suerte de hombre renacentista. Filma, escribe, compila, dirige, actúa, compone, canta, produce, toma fotos, toca varios instrumentos, edita, hace radio. ¿Olvido algo? Tal vez, pues se ha dedicado a sorprender a casi todos con sus giros imprevistos y la magnitud de sus intereses.

Talking Heads fue un caso raro en el ambiente new wave estadounidense de finales de los años 70. Lo suyo no era punk al duro y su música, demasiado intelectualizada para muchos, tenía la paradoja de coquetear con el funk sin abandonar la energía rock, incursionando en los ritmos bailables y abriéndose a referencias multiculturales. El cuarteto, con Tina Weymouth en el bajo, Chris Frantz en la batería, y el último en llegar, Jerry Harrison, en la otra guitarra y los teclados, se mantuvo incólume por más de un decenio, transformándose y forzando límites con cada álbum, mientras firmaba un estilo.

El primer disco se iniciaba con la brillante “Uh oh, love comes to town” y cerraba con la irónica “Pulled up”. Prendas como “First week, last week, carefree” —que introdujo los ritmos latinos— y la clásica “Psycho killer” lo convirtieron en un álbum fundamental para la cosecha de 1977. Continuaron More songs about buildings and food (1978, donde se inició una relación con el productor Brian Eno que abarcó los dos títulos siguientes), Fear of music (1979), Remain in light (1980), el en vivo The name of this band is Talking Heads (1982), Speaking in tongues (1983), Stop making sense (1984, banda sonora del filme homónimo), Little creatures (1985), True stories (1986) y el cierre con Naked en 1988, aunque el final del grupo solo se oficializó comenzando la década siguiente.

Propulsada por una sección rítmica imparable y escueta a la vez, un exigente trabajo en las guitarras, y una lírica neurótica y dadaísta, más el auxilio de invitados adicionales, su música ejerció como influencia para otros (Radiohead, Cartón Tabla, REM, Charly García). Entre las contagiosas cadencias de “Burning down the house” y “Life during wartime”, la optimista “Once in a lifetime” y la versión al “Take me to the river” (Al Green) por un lado, y la tensión de “Memories can’t wait” y el crispado sonido de “I zimbra” (antecesora de lo que King Crimson enarboló en los 80) por otro; hay un mar de diferencias que se complementan. De eso se trató: contrastes y más contrastes que generaron una marca de fábrica.

Todavía integrando la banda, se adelantó a establecer colaboraciones que le abrieron senderos alejados del sonido de los Heads. En 1981 publicó The Catherine Wheel, partitura concebida para una coreografía diseñada por Twyla Tharp. Cuatro años más tarde se aventuró con Music for The Knee plays, que recogía la música para una ópera escrita por Robert Wilson. Pero sus trabajos personales de canciones quedaron inaugurados en 1989 con Rei Momo. Un disco que mostró la empatía con las sonoridades latinas (cumbia, merengue, son, samba) que dominaron lo que hizo después, con acentos funk, y momentos magistrales en “Independence day”, “Carnival eyes” y “Don’t want to be part of your world”. Prosiguió con un álbum instrumental (The forest, en 1991) tras el cual publicó Uh-oh (1992) y uno con su nombre por título en 1994, mezclando las melodías pop con pigmentos caribeños y afroamericanos. Temas como “She’s mad”, “Hanging upside down”, “Angels”, y “Lillies of the valley” pusieron fuerza en ambos registros. En Feelings (1997) incluyó la salsa funkeada de “Miss America” y el rock machacón de “The civil wars” y “The gates of Paradise”, mientras Look into the eyeball (2001) fue pop ecléctico y orquestal, menos abiertamente latino en su concepción, con piezas como “Walk on the water” y la excelente “The great intoxication” donde hace gala de su peculiar expresividad vocal. Grown backwards (2004) siguió un giro similar a su predecesor, con una instrumentación ecléctica, y joyitas como “Dialog box” y “Astronaut”. En estas grabaciones se respaldó por invitados de lujo (Rufus Wainwright, Karen Mantler, Morcheeba, John Medeski, Herbert Vianna, Rubén Albarrán, Bebel Gilberto, Arto Lindsay, Steve Swallow, Kirsty MacColl, Willie Colón), mientras él saltaba de la guitarra a los teclados o las percusiones.

Con tanta pasión por lo latino (aprehendida en las salas de baile de Nueva York), no es casual que Cuba figure sistemáticamente en su obra, traducida en su interés por géneros tradicionales (bolero, mambo, chachachá, danzón, rumba); su labor impulsando grabaciones varias (desde Silvio Rodríguez a Zeus) y la presencia de músicos como Celia Cruz, Paquito Hechavarría y Oscar Salas en sus propios fonogramas. Quién sabe si el futuro depara alguna sorpresa extra.

En 1988 dio vida al sello Luaka Bop, apostando por la distribución de material de preferencia no anglosajón, lo cual lo relacionó con artistas de variadas latitudes, promoviéndolos a través de compilados y álbumes individuales. Años más tarde, y como maniobra para desligarse de multinacionales y conservar mayor libertad sobre sus propuestas, creó Todo Mundo, disquera con la que ha publicado la mayoría de sus restantes opus.

Sus proyectos armados a dúo sirven como aproximación a su forma de asumir colaboraciones. En 1981 sacó junto a Brian Eno un álbum experimental que en su momento vendió muy poco, pero con el tiempo ganó influencia por su factura visionaria. My life in the bush of ghosts anunció las fusiones enfocadas en ritmos tribales africanos, así como el uso de la electrónica analógica en la manipulación de los sonidos. Luego tardaron 27 años en presentar otro trabajo (Everything that happens will happen today), mejor recibido pero quizás no tan determinante. En 2010 puso a circular Here lies love, en conjunto con el DJ británico Fatboy Slim, doble álbum conceptual con protagonismo de voces femeninas, y pasados tres años desembarcó con la cantautora norteamericana St. Vincet, Love this giant, armado a partes iguales entre los dos y sustentado por un elegante cuerpo de metales. Además, junto a sus numerosas intervenciones, componiendo para ballet, teatro, instalaciones y cine (a recordar El último emperador, de 1987), están las remezclas de sus temas realizadas por otros artistas (el disco The visible man, 1998) o versionados desde las más disímiles perspectivas (Phish, Tom Jones, Balanescu Quartet, Dave Matthews Band, Caetano Veloso, Living Colour, Os Paralamas, Smashing Pumpkins).

En su faceta de escritor cuenta con varios libros publicados donde sobresale Cómo funciona la música (2012), que recomiendo a todo el que lo pueda conseguir. Texto crucial para entender interioridades de la creación contemporánea, y donde pone sus vivencias bajo la lupa del analista. Temáticas como las tecnologías, la industria del disco, la promoción y el acto mismo de generar música bajo los cambiantes conceptos actuales son descritos con claridad, para una lectura fascinantemente enriquecedora.

Entusiasta del ciclismo y (cosa rara) del formato mp3, reconoce que “vivir hoy de la música es casi imposible”. Acepta el error como parte del proceso creativo, ignora o sigue las reglas según la ocasión, y constantemente le toma el pulso a la calle para incorporar en su arte aquellas soluciones que —viniendo de los nuevos movimientos sonoros— le resultan interesantes. Parece que David Byrne no tiene apuros, y aunque cree en la espontaneidad, su concentración le impone plazos que resultan un tanto alargados para las exigencias del mercado y el placer de sus seguidores. Pero sigue, ahí está, y eso es lo esencial.

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