Actualizado el 7 de agosto de 2016

Snarky Puppy

Por: . 4|8|2016

Aunque ellos se reconocen como jazzistas, insisten en que Snarky Puppy no es una banda de jazz. Es fácil darse cuenta, por ejemplo, que el funk tiene una fuerza apreciable en su repertorio, como el soul, el rhythm & blues...

Para Ale y Michel

Han transcurrido diez años de su debut discográfico, y en ese tiempo Snarky Puppy pasó de ser una apuesta estudiantil, a captar la atención de colegas, críticos y aficionados de casi todo el mundo. Formada en Texas, e instalada más tarde en Nueva York, la banda devenida multinacional transita con un pie en el jazz y el otro donde caiga. Encabezada por el bajista, productor y compositor principal Michael League (1984), mantiene un formato que va rotando según los requerimientos de la música y la disponibilidad de los propios implicados. Suele ser un octeto (cambiante) pero crece hasta incorporar más de 40 instrumentistas. Toca hoy con el mismo entusiasmo de una década atrás, y es una referencia de cómo la rigidez en los géneros cada vez importa menos.

Sus tres primeros registros (The only constant, 2006; The world is getting smaller, 2007; Bring us the bright, 2008) mostraron un ingrediente jazzístico que comenzaba a mutar. Piezas como “Hot & bothered”, “Intelligent design” “Precipice”, “34 klezma” y “Fair play” apuntaban a una movilidad y diversidad conceptual que, con el tiempo, lo caracterizó. El grupo enarbolaba una desenvoltura juvenil (casi todos sus miembros nacieron en los años 80) y un eclecticismo muy a tono con una época de intercambios sonoros. Para Tell your friends (2010) y groundUP (2012) la cohesión colectiva ganó fuerza, mientras se diversificaban las influencias y matices. Las excelentes “Bent nails”, “Whitecap”, “Skate U” y “Minjor” (con su atmósfera rock) enseñaron las mejores bazas.

A continuación llegaron algunas experiencias curiosas. Primero Amkeni (2013), grabado con el cantante Bukuru Celestin y músicos de Burundi. Este tipo de asociación intercultural, nada infrecuente en la actualidad, condujo a la banda a una perspectiva de trabajo diferente. Implicó balancear la tradición centroafricana con un punto de contemporaneidad tímbrica, aplicado desde el enfoque primario (las composiciones del vocalista, sobre sencillos acordes, pero con una gran variedad melódica) hasta el añadido de la instrumentación y la aplicación de las voces. Se inició con la alegría de “Ndagukunda” para concluir con la profunda “Muzogezahe”, aunque el espíritu góspel flota en cada pieza.

Otro peldaño fue la serie Family dinner, con sendos volúmenes. El primero se publicó en 2013 con la participación de Lucy Woodward (tremenda en “Too hot to last”), Shayna Steele, Malika Tiroliien, Chantae Cann y otras vocalistas. El álbum le reportó un Grammy a la banda, por la interpretación de “Something” a cargo de Lalah Hathaway. En contraste con el discurso instrumental de la mayoría de sus trabajos, aquí (como en Amkeni) las canciones llevaron la batuta, y los arreglos se concibieron en función de las mismas. Esta modalidad se repitió en 2016 con una segunda entrega que contó con Susana Baca (en la seductora “Molino molero”), un recuperado David Crosby para la bella “Somebody home”, Salif Keita y Charlie Hunter entre los invitados, sorprendiendo con el aire retro de “Brother, I’m hungry” y el acercamiento al rock indie en “One hope”.

We like it here (2014) continuó la saga habitual de su sonido, mediante el ritmo sincopado de “What about me”, la trompeta dominante en “Shofukan” y “Kite”, y el poderoso cierre de “Lingus”. A continuación apareció Sylva (2015), grabado junto a la holandesa Metropole Orkest bajo la conducción del británico Jules Buckley. Seis piezas de League (sobresaliendo “The curtain”) en las cuales el afamado ensamble orquestal —uno de los más solicitados de sus características en la actualidad— y la ecléctica agrupación norteamericana se combinaron de modo efectivo. Este fonograma le valió otro Grammy y expandió su audiencia hacia territorios nuevos. Por ahora —y aclaro bien, “por ahora”— la cosecha se cierra con Culcha vulcha (2016) en el que la confidencia de tantas peripecias vividas en común, se tradujo en una producción más compacta, realizada íntegramente en estudio, sin público. “Semente”, “Big ugly” y “The simple life” son algunos de sus momentos estelares.

Caracterizado por el espíritu nómada desde sus días tempranos, de disco en disco, de concierto en concierto, el elenco ha incluido a los bateristas Robert Searight, Larnell Lewis, Steve Pruitt, Taron Lockett, Ross Pederson, Jason Thomas y Lamont Taylor; Nate Werth, Marcelo Woloski, Louis Cato y Keith Ogawa en las percusiones; los tecladistas Bobby Sparks, Caleb Sean, Bill Laurance, Shaun Martin y Cory Henry; la tríada de guitarristas Bob Lanzetti, Chris McQueen y Mark Lettieri; Justin Stanton en teclados y trompeta; los saxofonistas Bob Reynolds, Brian Donohoe, Ian Rapien, Clay Pritchard y Chris Bullock; los trompetistas Mike Maher y Jay Jennings; Sara Jacovino en el trombón, Zach Brock en violín y unos cuantos nombres más.

Con un plantel tan extenso, es normal que sus integrantes se dediquen también a sesiones al margen de la banda. Algunos (Laurance, Cory) cuentan con trabajos en solitario y otros se enrolan, simultáneamente en proyectos como Foe Destroyer, Magda Banda y Progger. Entre estos últimos destaco a FORQ, donde League, McQueen y Jason, junto al tecladista Henry Hey (y con Adam Rogers también en guitarra para el primer álbum) generó un par de títulos de rock-jazz energético muy recomendables. Además, la variada lista de colaboraciones se engrosa con los nombres de Norah Jones, Toby Keith, Justin Timberlake, Boyz II Men, Rubén Blades, Kronos Quartet, Bruce Springsteen, Arturo O’Farrill, Eminen, Roy Hargrove, Lionel Loueke, Wayne Krantz, Eryka Baduh, Adam Levine, Céline Dion, Ari Hoening y Snoop Dog, entre muchos más.

Aunque ellos se reconocen como jazzistas, insisten en que Snarky Puppy no es una banda de jazz. Es fácil darse cuenta, por ejemplo, que el funk tiene una fuerza apreciable en su repertorio, como el soul, el rhythm & blues (el real, no la versión pasada por agua que algunos pretenden vender ahora como “r&b”) y en menor medida el rock y el hip hop. La mayoría de sus discos son en vivo (en estudio), buscando capturar la interacción inmediata de los instrumentistas. Casi la totalidad de los temas llevan la firma del bajista, aunque hay aportes de otros miembros, sobre todo Stanton (“Mr. Mortauk”, “Gemini”, “Outlier”) y Maher (“Sleeper”, “Skate U”). Con preponderancia acústica, algunos se erigen sobre ritmos latinos (“Palermo”, “Tío Macaco”, “Alma”) y festivos (“Flood”), marchas funky (“Grown folks”, “Phoebus”) o con la fuerza de “Gone under” y “Jefe”. Otros recuerdan las estructuras y timbres del jazz-rock setentero (“Loose screws”, “Making the circle”, “Tarova”); alojan impresionantes solos de órgano (“Ready Wednesday”) y guitarra (“The good man”, “Slow demon”, “Jambone”), o se enuncian a través de tórridos riffs de metales (“Go”). Huyendo del hermetismo, hay reminiscencias brasileras, melodías amables pero no complacientes, dosificada presencia electrónica, y un sonido brillante y vibrante al mismo tiempo. Snarky Puppy invita a disfrutar y nos reconcilia con una de las mejores mezclas genéricas que se pueden escuchar hoy.

Sin hacer concesiones, la banda trata de llegar a todas las personas, independientemente de culturas, edades y credos pues —como sostiene League—“gente que no coincide políticamente puede sentarse junta y disfrutar una misma canción”. No se trata de descartar las diferencias, sino de recordar el papel unificador que puede tener la música. Por otro lado, aboga por poner distancia del entramado corporativo y desde 2007 mantiene su sello GroundUp Music para promocionar sus trabajos y obras cercanas en esencias.

A pesar de los premios Grammys y de haberse convertido en una de las revelaciones creativas del último decenio, Snarky Puppy sigue apostando por la independencia de la industria, la música sin etiquetas y la retroalimentación a través de talleres y clases que se imparten por varias ciudades del mundo. Ya no es aquella tropa de veinteañeros que se encerró a crear música como un exorcismo de estudiantes, inspirada por igual en la estética del rock garagero y el jazz menos famoso. Ahora convive en carreteras interminables, vuelos interoceánicos y estudios de grabaciones, pero sin perder el saludable toque de diversión, ni adulterar la vitalidad de su propuesta.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados