Actualizado el 13 de octubre de 2016

Síntesis

Por: . 12|10|2016

Es uno de los exponentes más conocidos de la fusión de sonidos modernos y tradicionales, y ni siquiera se ha acomodado a esa sola dirección. Síntesis es, en fin, un grupo marcado por las paradojas.

Para Ernesto Hernández y Roberto “Titi” Alemán

Recién cumple cuarenta años de actividad y apenas cuenta con una decena de títulos en su haber. Ha sido escuela para muchos de sus miembros, pero pocos han continuado por derroteros similares después. Es un nombre capital para el rock en Cuba, y nunca aparece en los festivales del género, ni cuenta con émulos de su labor. Comenzó asociado a la estética de la Nueva Trova, pero su reconocimiento más importante le llegó desbrozando otros senderos. Es uno de los exponentes más conocidos de la fusión de sonidos modernos y tradicionales, y ni siquiera se ha acomodado a esa sola dirección. Síntesis es, en fin, un grupo marcado por las paradojas. Sin embargo, nada lo detiene: ni las veleidades del público, ni los cambios múltiples de formación, ni la burocracia, ni las críticas de un lado o del otro. Ni siquiera el tiempo. Desde su arribo a la escena cubana, llegó para quedarse.

La unión del cantautor Mike Porcel, el cuarteto vocal Tema 4 (Ele Valdés, Silvia Acea, Carlos Alfonso y Eliseo Pino) y otros cuatro instrumentistas, junto al recientemente fallecido actor José Antonio Rodríguez como asesor escénico, fue el punto de partida a finales de 1976, en un experimento que intentó combinar pasados disímiles e intereses comunes.

Dos años después, su álbum debut inauguró la discografía oficial del rock cubano. Con anterioridad hubo intentos varios (Wilson y su Combo, Los Bucaneros, Luisito Bravo) que apuntaban más a lo anecdótico. Pero En busca de una nueva flor fue rock sinfónico hecho y derecho, incluso con las luces y sombras del estilo. Esmerado trabajo coral (junto a la alternancia de las voces solistas), orquestaciones envolventes (con la presencia de uno de los primeros sintetizadores que sonaron en el país) y una base rítmica discreta pero efectiva, dieron el toque a piezas que descollaron en su etapa inicial (“Somos la flor”, “Primera noche”, “Nueve ejemplares no tan raros”), amén de la titular que, además, sirvió como himno del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, celebrado ese verano en la capital.

A continuación sobrevino un quiebre en su trayectoria, con los primeros cambios de alineación que condujeron a los inevitables replanteamientos, evidenciados en los dos fonogramas siguientes. Tanto Aquí estamos (1981) como Hilo directo (1984) fueron discos de transición. Conservaban rasgos de su predecesor (como la inclusión de “Variaciones sobre un zapateo”), al lado de versiones a piezas ajenas que iban desde el “Elogio de la danza” (Leo Brouwer) hasta “Grifo”, grabada originalmente por el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, o aquel rotundo éxito (video clip incluido) que fue “Alguien llama” (Donato Poveda). Pero a la vez acusaban cierta dispersión estilística y composicional: síntoma del tanteo en que se hallaba inmerso el grupo.

No obstante, Hilo directo aportó dos temas que determinaron parte del futuro de la banda: “Asoyín” y “Mereguo”. La interesante labor de sincretismo, que podría asociarse a ciertos trabajos realizados por Irakere y el grupo Oru con Sergio Vitier, no había sido abordada antes desde la perspectiva del rock. Mezclar la tradición de raíz africana con la tímbrica electrónica supuso una mirada renovadora que fue recibida con cautela, escepticismo y euforia, casi a partes iguales. Hubo quienes hablaron de sacrilegio, los que no comprendieron aquella “extraña” fusión, y los que la aplaudieron a todo dar. A fin de cuentas, era solo el preámbulo de lo vendría, pues a partir de ese punto el trabajo de Síntesis, en sentido general, se bifurcó entre el etno-rock y el rock urbano.

La primera de esas líneas está reflejada en la trilogía que conforman Ancestros (1987), Ancestros 2 (1994) y Orishas (1998). Lo que se enunció en los dos temas citados antes, pertenecientes a Hilo directo, continuó como parte de un concepto más elaborado. Cantos, rezos e invocaciones a las deidades del panteón yoruba, en su lengua original, arreglados para una instrumentación que combina la electrónica de guitarras y teclados, con la acústica de percusiones y sonajeros. El lirismo que impregna a “Iyaoromi” y “Loku aye” se complementa con el empuje de “Ochanla” y “Asojano mawe”. La preciosa introducción vocal de “Iyamile” y la melodía de “So sa so” contrastan con el aire de “Eru aye” con su pasaje de rap y tinte funk. Y están, por supuesto, piezas infaltables en sus conciertos, como “Aguanileo”, “Ogun mariwo” y “Asokere”, de ritmos y estribillos contagiosos.

En cuanto al rock urbano, tuvo su despegue tentativo con El hombre extraño (1990), musicalizaciones sobre textos poéticos de Silvio Rodríguez. Se retomaba el signo textual asociado a la trova, con un sesgo más orientado hacia el individuo, además de un retorno al idioma español. En los límites del barrio (1995) afianzó esa dirección al recrear historias que conectaban con lo citadino: “Amalia”, “El errante”, “Todo por dinero”, al lado de la bella “Habrá un lugar”. Este recurso se consolidó en Habana a flor de piel (2001), que se inicia con “Si yo fuera…” y cierra con la que le da título, además de apostar por la diversidad de “Y tus ojos” o “Conmigo en la clave”, por citar dos ejemplos. Traigo para dar (2010), su última entrega por ahora, insiste en lo urbano, que pasa a ser otro de los sellos definitorios de la banda.

Si bien Síntesis se ha afianzado sobre las composiciones de sus propios miembros vale recordar que también el repertorio (para los álbumes o en vivo) se nutre con piezas de autores nacionales (como el binomio Piloto y Vera) y  foráneos (Los Beatles, Charly García, Airto Moreira) y de colegas cercanos (Carlos Varela, Amaury Pérez Vidal, Alberto Tosca, Rodolfo Athayde, Iván Latour, Francis del Río), así como la ocasional musicalización de poesías de Adria Santana, Félix Pita Rodríguez o Pablo Neruda. Entonces, resulta notable la manera en que ha consolidado un sello característico, a partir de fuentes tan variadas. En buena medida esto se debe al énfasis en el detallista trabajo vocal, el sólido engranaje rítmico, la calculada labor con la electrónica (aunque a la vez se eche mano de modo sostenido al piano y su timbre atemporal) y la mesura en los arreglos. Esto último me resulta interesante ya que siempre ha contado con instrumentistas de alto nivel interpretativo que, sin embargo, no destacan de modo llamativo en lo personal, sino que se integran al sonido colectivo.

Aquí, entonces, se impone mencionar a quienes en distintas etapas han transitado por sus filas, entre miembros oficiales e invitados de ocasión. Están los bateristas Frank Padilla, Julio César de la Cruz, Raúl Pineda, Leonardo Ángel Rodríguez, Sergio Cardoso, Eugenio Dorta, Abraham Mansfarroll, Michael Olivera y Hugo Cruz; el bajista Enrique Lafuente; los guitarristas Fernando Calveiro, Mario Daly, Mayito Romeu, José Bustillo, Pablo Menéndez, William Martínez, Jorge Luis Almarales, Víctor Navarrete, Yoandy Hernández, Andrei Martínez, Junior Alfonso y Maykel Olivera; las percusiones de Oney Cumbá, Octavio Rodríguez Jr., Frank David Fuentes y Yaimi Karell; los teclados de José María Vitier, Jorge Aragón, Ernán López-Nussa, Gonzalito Rubalcaba, Juan Carlos Valladares, Esteban Puebla y Pepe Gavilondo; y las voces de Eme Alfonso, Lien Díaz y Diana Fuentes, junto a Lucía Huergo (saxo, flauta y teclados), Fidel García (voz, teclados y percusión) y Equis Alfonso (voz, bajo y teclados). No están todos los que son, pero son todos los que están. A la vez, Carlos y Ele, quienes permanecen desde los días iniciales, figuran en colaboraciones con Yusa, Liuba María Hevia, Yolié, Chucho Valdés, Havana, Osamu y otros, junto a contribuciones para la cinematografía cubana.

Carlos y Ele, quienes permanecen desde los días iniciales, figuran en colaboraciones con Yusa, Liuba María Hevia, Yolié, Chucho Valdés, Havana, Osamu y otros, junto a contribuciones para la cinematografía cubana. A estas aturas no queda prácticamente nada del aliento sinfónico y trovadoresco de sus comienzos, ni en su proyección, ni en su cancionero habitual para las presentaciones, más allá de la nostalgia de los más memoriosos. Su carrera en los últimos 35 años es de otro calibre, igualmente valiosa en su metamorfosis. Lo cierto es que ha superado la prueba del tiempo. Su obra tiene toda la connotación de un hito, redescubriendo la vigencia de las tradiciones cuando son asumidas con percepción contemporánea, y la fuerza de lo actual que no olvida su historia.

Cuatro décadas haciendo cultura y capeando temporales son motivo suficiente de orgullo. Seguirán las paradojas, tal vez, pero este es un buen instante para recapitular lo andado y darle gracias al Síntesis de ayer, de hoy y de mañana, por la perseverancia.

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