Actualizado el 19 de diciembre de 2016

Didier Lockwood

Por: . 15|12|2016

Inspirado en los grandes de su instrumento y en personajes de influencia insoslayable si de quebrar reglas se trata (John Coltrane, Frank Zappa), este violinista galo lleva su apuesta a todos los niveles, desde la pedagogía y el repertorio clásico, hasta la apertura del jazz y las vibraciones del rock.

Para Martín Moya

Francia cuenta con una rica tradición de violinistas. Probablemente sea la comunión de géneros, donde la clásica, el jazz, la música gitana, el rock, los estilos más experimentales (electrónica incluida) y hasta el tango conviven sin (demasiada) desconfianza mutua, incluso en medio de una sociedad sacudida por tantas convulsiones. A través de varias generaciones, el instrumento ha tomado presencia, con Stéphane Grapelli, Jean Luc Ponty, Michel Ripoche, Catherine Lara, Gérard Hourbette, Dominique Pifarély y Scott Texier, entre muchos otros nombres. También destaca Didier Lockwood, nacido en la norteña y portuaria ciudad de Calais, en febrero de 1956. En su caso, combinó el aprendizaje académico, con una inquietud que lo condujo por otros caminos, hasta convertirlo en un referente de obligatoria mención.

Fue una especie de niño prodigio, transitando por todos los escaños de la educación musical hasta graduarse del conservatorio. Incluso fue premiado por una de sus más tempranas composiciones. Pero luego mandó a bolina su prometedor futuro como concertista, y dio un paso que lo marcó para siempre: se coló en el mundo del rock. Primero con una banda apenas recordada (Visitors), antes de entrar por la puerta ancha en ese mismo 1974, al enrolarse en Magma, el colectivo donde Christian Vander había dado vida a un estilo único: el zeuhl. Inmerso en un sonido demoledor, impulsado por la batería de Vander y el carisma vocal de Klaus Blasquiz, el joven violinista de 18 años dejó su huella fundamentalmente en los maratónicos conciertos que la banda ofrecía en ese tiempo, algunos de los cuales se recogieron en discos como Live/Hhai (1975). Fue la etapa que cimentó ambas reputaciones: la del grupo y la suya.

Luego pasó por colectivos como Zao (Kawana, 1976), Pierre Moerlen’s Gong (Downwind, 1979), Surya (Surya, 1980) y Fusion (desprendimiento eventual de Magma, con un acento más funk en su disco del mismo nombre, publicado en 1981), antes de optar por una carrera discográfica como solista, aunada a colaboraciones de ocasión. En verdad, ya la había iniciado en 1979 con New world. Pero en el decenio siguiente, puso a un lado su membrecía en grupos y empezó a publicar sus propios álbumes, en una obra que, a través de una veintena de títulos, llega hasta la actualidad.

Están Fasten seat belts (1982), The kid (1983), Out of the blue (1985), 1, 2, 3, 4 (1987, con los cantantes Jacques Higelin y Alex Ligertwood, entre otros), Lune froide (1991), New York rendezvous (1995), Storyboard (1996), ‘Round about silence (1998), Les mouettes (2005) y el reciente Apesantar (2016), para citar solamente algunos, junto a varios registros en directo. Hay también compilaciones, un par de fonogramas dedicados a su ídolo Grapelli, y bandas sonoras para cine (Les enfants de la pluie, en 2003; La reine soleil, de 2007) y danza (Omkara, 2001). Al lado de muchos instrumentistas franceses que lo acompañan, convoca a músicos de otros países (Steve Gadd, Gil Godstein, Abdou M’ Boup, Joey DeFrancesco, Niels Hennig-Orsted Pedersen, David Sancious, John Etheridge, Tom Kennedy, Toure Kunda, Peter Erskine, Dave Holland, Tony Williams) con lo cual gana un acento internacional.

Ese multiculturalismo está presente con los ritmos brasileros (“My favorite dream”, “Sao Luis”), de chachachá (“Tom thumb”, “Sunny sonny”) y atisbos de melodías orientales (“Eastern dance”). Pero, por otro lado, el violín brilla en los temas veloces (“Don’t drive so fast”, “Anatole blues”) con fraseo rápido, sostenido en una percusión acelerada, y coloca también momentos de tranquila emotividad (“Grenouille”,  “Reminescence”). En “Impressions” alterna los solos con la guitarra y los teclados, mientras que el compás juguetón de “Extrasystoles” casi evoca un ragtime, que tiene su reverso en “Jiggling in Central Park”, un potente tema de bop. Por lo regular, sus trabajos son composicionalmente colectivos, pues junto a las piezas que él firma, está la participación de los músicos que lo acompañan, y las versiones que hace sobre otros autores (Stevie Wonder, Joseph Kosma, Sonny Rollins, Thelonious Monk, Miles Davis). Esto, aunado a los cambios de formatos (desde el pequeño combo hasta las orquestas sinfónicas), le otorgan un punto de diversidad y búsqueda, que resulta atractivo.

Comparte crédito en dúos junto a los pianistas Francois Cahen (Thank you friends, 1978), Martial Solal (Solal-Lockwood, 1993), y su hermano Francis Lockwood (Brothers, 2009), la soprano Caroline Casadeus (sendos volúmenes de Le jazz et la diva, en 2006 y 2008), así como con el acordeonista Marcel Azzola (Waltz club, 2006), aunque también en los últimos tiempos ha actuado bastante en binomio con los guitarristas Bireli Lagrene, Mike Stern y —sobre todo— Martin Taylor. Asimismo, están los tríos con los intérpretes de las seis cuerdas Philip Catherine y Christian Ecoudé (Trio, 1981); el bajista Alain Caron y Jean Marie Ecay (guitarra) para un álbum en 1992 titulado por sus apellidos; y con los catalanes Joan Albert Amargós (piano) y Carles Benavent (bajo) en Colors (1991). Por otra parte, participó en grabaciones de Billy Hart, Richard Galliano, Gordon Beck, Michel Petrucciani, el cuarteto UZEB, el ensamble Bernd Konrad-Hans Koller Unit, y la Orquesta Nacional de Jazz de Luxemburgo, y con toda seguridad le aguardan próximas contribuciones.

Si bien se atreve con el saxo, los teclados, la trompeta y la mandolina, lo suyo es el violín, donde no descarta el sonido acústico, pero se dedica esencialmente a la modalidad eléctrica dentro del jazz. No se debe olvidar que el instrumento tuvo una etapa de peso en los primeros años del género, como parte de sus formaciones básicas, antes de ser desplazado y quedar como un reducto de virtuosos o ejecutantes ocasionales. En la segunda mitad del siglo XX volvió a cobrar protagonismo, tanto en el rock como en el jazz, y esa ola impulsó la carrera de Didier Lockwood como un ejecutante de distinción. Le gusta improvisar y también atenerse a las partituras cuando es necesario, y su estilo, sin dejar de ser vehemente, explota un lado lírico. En algunos instantes creo que suena meloso, sobre todo en ciertas baladas o piezas lentas. Pero en general posee un ataque certero y fuerte. Basta escuchar “Sleight of hands” y “Bloody Mary” para darse cuenta.

Desde 2001 dirige el Centro de Música que lleva su nombre, dedicado a los instrumentos de cuerdas, y donde ejerce como profesor. Es una manera de completar un círculo y reciprocar su propia formación. Enseñar es un arte y él lo sabe bien. Por eso sus energías se reparten entre su trayectoria como ejecutante y las aulas donde ayuda a preparar el futuro. De todos modos, no me sorprendería que él entienda si la decisión de un alumno, en la encrucijada entre los estudios y el profesionalismo en lo popular, se inclina por lo segundo. Pasó por eso y conoce lo que puede significar. Quién sabe si se visualiza a sí mismo en algún discípulo rebelde.

Desde 2001 dirige el Centro de Música que lleva su nombre, dedicado a los instrumentos de cuerdas, y donde ejerce como profesor. Es una manera de completar un círculo y reciprocar su propia formación. Enseñar es un arte y él lo sabe bien.Inspirado en los grandes de su instrumento (Ponty, Grappelli, Zbigniew Seifert, Papa John Creach, Jerry Goodman, Michal Urbaniak) y en personajes de influencia insoslayable si de quebrar reglas se trata (John Coltrane, Frank Zappa), este violinista galo lleva su apuesta a todos los niveles, desde la pedagogía y el repertorio clásico, hasta la apertura del jazz y las vibraciones del rock. Sigue haciendo giras, metido en los estudios de grabación, impartiendo clases y aceptando nuevos foros de exposición. La clave está en mantenerse activo. Y que sea el violín quien entone la última palabra.

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