Actualizado el 7 de julio de 2017

David Lebon

Por: . 3|7|2017

David Lebon: Es un rebelde sosegado que puede mirar hacia atrás con satisfacción, pero prefiere saber que le esperan nuevas mañanas.

Para LaiNatali y Víctor Tapia

Ha tocado con algunas de las agrupaciones y personalidades claves del rock argentino, y pese a tal antecedente las baladas tienen un peso determinante en su producción. No clasifica entre los grandes vendedores del género, pero su nombre está a la par de los íconos del movimiento suramericano. David Lebón (1952) lleva más de medio siglo en la música, destacándose como guitarrista, cantante y compositor, si bien ha pasado por casi todos los instrumentos. Su trayectoria hasta hoy, con altas y bajas, es una que nos habla de pasión y encantamiento, de ganas y talento. Pero sobre todo “El ruso” (como le apodó su círculo íntimo) es un trasmisor de sencillez y sabiduría, con una historia individual de tensiones y agradecimientos.

Se inoculó de rock viviendo temporalmente en Miami, Estados Unidos, a inicios de los sesenta, cuando se catapultaba la “Beatlemanía”. Fue su primer y definitivo aprendizaje. Sin paciencia para los estudios, lo suyo era rayar los vinilos, poniéndolos una y otra vez, para intentar sacar los acordes. Dos bandas adolescentes (The Alley Cats y The Lords of London) le dieron el gusto por la escena y estuvo entre los privilegiados que vieron a Los Beatles en su gira norteamericana de 1965. Volvió a Buenos Aires con 16 años y la cabeza volada. Poco a poco se coló en las descargas nocturnas donde el rock local fraguaba su continuidad. Al final de la década ya era un habitual en los bares de música, se deslumbró con Almendra y su poética en castellano, Héctor Starc le prestó una guitarra, y por ahí le llegaron las primeras convocatorias formales para integrar conjuntos.

Los setenta fueron tiempos de maduración y búsqueda. Aprendió a componer, pasó de un instrumento a otro, hizo amistades que le han durado toda la vida, y lidió con las dos caras de esa moneda llamada fama. Fue bajista con Pappo´s Blues, Pescado Rabioso y una brevísima reunión española de Los Gatos; tocó algo de teclados para Espíritu, y se sentó tras la batería en Color Humano. Pero las seis cuerdas lo atraían demasiado, y antes de mediar la década decidió que con ellas encaminaría su futuro. Puso guitarras con La Pesada del Rock & Roll, Sui Generis, Polifemo y la revisión musicalizada de “La Biblia”, entre otros. Funcionó, ganó reconocimiento y la consagración no se hizo esperar: Serú Girán, banda en la que militó desde 1978 hasta 1982, con un regreso diez años más tarde.

El cuarteto que completaron Charly García, Pedro Aznar y Oscar Moro tuvo de todo. Desde unos inicios casi anónimos, probándose en pequeños foros, hasta terminar reventando estadios. Dejó una tetralogía inmejorable de álbumes en estudio (de su primera etapa) y uno disparejo cuando se apostó por su resurrección en los noventa. Reunió cuatro fuertes personalidades, y contra cualquier presagio, consiguió un equilibrio pasmoso a base de empatía y profesionalismo. En la banda coescribió varios de los momentos cruciales del repertorio, principalmente con García (“Esperando nacer”, “San Francisco y el lobo”, “No puedo dejar”, “En la vereda del sol”) junto a canciones individuales (“Cuánto tiempo más llevará” y “Mundo agradable”) que se enmarcan en lo mejor de su autoría. Fue, sin dudas, el punto culminante de su trayectoria.

Si bien en 1973 había iniciado una desigual discografía solista, los ochenta fueron, numéricamente hablando, su período más pródigo. Arrancó con Nayla de 1980, y la cerró con Contactos, de 1989, junto a seis más en el intermedio, destacando El tiempo es veloz (1982), Desnuque (1984) y Nunca te pude alcanzar (1987). Desde entonces arrastra cierta intermitencia creativa, con unos pocos títulos en estudio, como Nuevas mañanas (1991), Yo lo soñé (2002), una segunda versión del Desnuque (2005), Deja vu (2009) y Encuentro supremo, que lo devolvió a la actualidad justo el año pasado. Se rodeó de invitados de lujo y más de una vez asumió todos los roles instrumentales, para asegurarse que las cosas salían tal y como las deseaba. Mención aparte para el registro doble en directo junto a Pedro Aznar, publicado en 2007. Discazo que resume carreras, sus protagonistas se esmeraron en la selección, y dando preferencia a lo acústico, ensamblaron una obra que recomiendo como punto de arranque para quienes aún no conozcan lo que hace este par de colegas.

En su obra privilegia los temas de su inspiración, con alguna que otra colaboración autoral, pero no desdeña encarar versiones. Así incorpora “Laura va” (Almendra), o regraba “Viernes 3 AM” y “Suéltate rock & roll”, que corresponden a sus etapas con Serú Girán y Polifemo, respectivamente, convoyadas con “I want you (she´s so heavy)” de Los Beatles, y el arquetípico “Rock de la cárcel” que inmortalizó Presley. En cuanto a su material, su debilidad por las baladas de tintes rockeros no contradice la garra de sus temas más enérgicos (“32 macetas”, “Ciegos”, “Qué te pasa, Argentina”). Pero asimismo se atreve con aires funk, algo de pop, jazz-rock (la aventura de Seleste) y mucho blues, así como piezas de medio tempo o directamente lentas, mezclas de melodía e intensidad (“Sin vos voy a estallar”, “El tiempo es veloz”). En “Dos edificios dorados” hace un homenaje –implícito, aunque no declarado- a Eric Clapton incorporando parte del fraseo introductorio de la épica “Layla”. Reconoce que prefiere hacer pocas tomas a la hora de grabar sus partes de guitarra: apuesta más por la emoción que por el perfeccionismo. Sus textos son declaraciones de principios (“No quiero encerrarme”) y testimonios personales de amor y sociedad, rabia y humor, interpretados con esa peculiar forma de cantar (diría más bien “de pronunciar”) que lo identifica.

Sus contribuciones, aunque no frecuentes, están repartidas en fonogramas de Fito Páez, Piero, Nito Mestre, El Negro García López, Alejandro Lerner, Julia Zenko, Claudio Gabis y sus entrañables Spinetta y Charly, entre varios más. Por otro lado, figura asimismo en bandas sonoras, siendo “Tango feroz” la más recordada por estos lares. En La Habana se le pudo ver en febrero de 2007, a propósito del concierto de celebración por los 40 años de rock argentino, como parte de las actividades de la Feria Internacional del Libro. Un verdadero regalo de la vida para quienes estuvimos allí, y que quizás haya motivado el bolero “Volver a Cuba” que incluyó en su última producción, cantado a dúo con Marcela Morelo.

Ha tocado con algunas de las agrupaciones y personalidades claves del rock argentino, y pese a tal antecedente las baladas tienen un peso determinante en su producción. No clasifica entre los grandes vendedores del género, pero su nombre está a la par de los íconos del movimiento suramericano.Pasó por gurús, drogas y alcohol, fue secuestrado en los días de la dictadura, le encanta tener un televisor cerca y estuvo en la mira del amarillismo periodístico. Reconoce que no sabe hacer otra cosa que no sea música y, mientras compone desde la computadora, admite que las partituras le resultan indescifrables. Pulsa su viola a corazón abierto: no tiene más secretos. Ha tocado rock bravo, pero también en tributos a Gardel y con orquesta sinfónica. En un momento le quitó el pie al acelerador y se dedicó a disfrutar la naturaleza mendocina, la alegría de los nietos y la sobriedad, la paz y las recapitulaciones (con un punto especial para echar de menos a los amigos desaparecidos), preparando música sin presión, por puro instinto. Sigue pensando en discos como cápsulas de emoción, no como fritangas para alimentar el mercado. Es un rebelde sosegado que puede mirar hacia atrás con satisfacción, pero prefiere saber que le esperan nuevas mañanas.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | | | | | |

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