Actualizado el 29 de septiembre de 2017

Roger Glover

Por: . 26|9|2017

Sin demeritar a su antecesor (Nick Simper) ni a su sucesor (Glenn Hughes) en la banda, el aporte de Glover es tan sustancial que, sin querer, los eclipsa. No hablo de mejor ni peor, adjetivos que en música no significan nada, sino de la manera en que ayudó a definir un concepto como instrumentista y autor, y a su papel de catalizador positivo cuando las pugnas internas han pasado a mayores.

                                                                                                                                                           Para Lesme Jardines y Raúl Valdés Quesada

Ahora que uno de los grandes nombres del rock británico, Deep Purple, encara su auto-titulada gira de despedida, es buen momento para enfocar hacia uno de sus integrantes. Rara vez su nombre es citado entre los músicos más influyentes del género, al tiempo que sus colegas de banda acaparan la atención mediática. Sin embargo, Roger Glover (Gales, noviembre de 1945) es un bajista poderoso e imaginativo, pese a que nunca ha optado por las cotas del virtuosismo. También como compositor se destaca firmando buena parte del material de esa banda, más sus heterogéneos trabajos en solitario. No parece molestarle el perfil bajo en los medios, pero sus observaciones y su talante amigable le convierten en baza fundamental para mantener la cohesión colectiva, en un contexto en el que los egos suelen hacer explosión.

Formado en la efervescencia “beatle” en los años 60, saltó del grupo Episode Six y su pop no demasiado interesante, a las filas de Deep Purple, que exhibía muy buenas credenciales en ese 1969, pero todavía estaba a la búsqueda de un sonido definitivo. Con su entrada, y la del cantante Ian Gillan, se remachó lo que pronto fue la alineación clásica, conocida como “Mark II”, junto al organista Jon Lord, el guitarrista Ritchie Blackmore y el baterista Ian Paice, único componente que ha sobrevivido a todas las estructuras desde la fundación en 1968.

El paso de Glover está representado en dos etapas. La primera abarcó desde 1969 a 1973, con seis soberbios fonogramas. De hecho, entró a la banda justo para la grabación del Concerto for group and orchestra (1969), partitura de Lord donde se produjo un curioso ensamblaje entre el rock y la instrumentación sinfónica. In rock (1970) destilaba electricidad en cada surco, adelantando la fórmula que Purple acuñó desde entonces. Le siguieron Fireball (1971), Machine head (1972), el impactante doble en vivo Made in Japan ese mismo año, y Who do we think we are (1973), antes que el bajista se viera repentinamente fuera de sus filas.

Aunque cada uno de esos títulos tiene su mérito propio, el Machine head merece un comentario aparte. Ostenta todos los atributos de un clásico: perfecto balance de canciones, excelente trabajo de composición, interpretación y producción, portada icónica, y toda una carga mítica que rodeó su grabación en Suiza. Desde el arranque energético de «Highway star» hasta el cierre no menos vigoroso con «Space truckín», pasando por ese auténtico himno que es «Smoke on the wáter», con uno de los riffs más famosos y copiados, ha resistido muy bien el paso del tiempo transcurrido, 45 años desde su salida al mercado. Varios millones de compradores, ser mencionado siempre como un álbum referencial para intérpretes posteriores del rock, y el hecho que sus temas tengan innumerables versiones (del jazz al metal) lo colocan en un sitio privilegiado. En pocas palabras: un discazo.

El impasse de más de una década en la conexión de Glover con Deep Purple se quebró en 1984 cuando fue convocado para el regreso de la «Mark II» con el controvertido Perfect strangers, donde el grupo se alejó de algunas de sus características de antaño, enfilando hacia otras que se consolidaron hasta hoy. Hubo una lenta transformación de su sonido que, conservando parte de la fuerza anterior, se inclinó hacia un estilo maduro, quizás hasta reposado en sus matices. A partir de ahí, con cierta intermitencia, la discografía continuó con obras que, adecuadas a los momentos actuales, tienen la solidez que da la experiencia profesional pero carecen (para mi gusto) del aporte medular de la etapa previa. Ahí están The house of blue light (1987), Slaves and masters (1990, donde Joe Lynn Turner asumió temporalmente el rol de vocalista) y The battle rages on (1993) que marcó la salida de Blackmore y el reingreso de Gillan. Purpendicular, tres años más tarde, encontró a la banda reforzada con el guitarrista norteamericano Steve Morse, una sustitución que todavía genera controversia pero que al nivel interno ha funcionado a la perfección. Abandon (1998), Bananas (2003, con Don Airey sustituyendo a Lord), Rapture of the deep (2005), Now what?!(2013) y el reciente Infinite, completan la cosecha en estudio junto a un sinfín de registros en directo y compilaciones.

Sin demeritar a su antecesor (Nick Simper) ni a su sucesor (Glenn Hughes) en la banda, el aporte de Glover es tan sustancial que, sin querer, los eclipsa. No hablo de mejor ni peor, adjetivos que en música no significan nada, sino de la manera en que ayudó a definir un concepto como instrumentista y autor, y a su papel de catalizador positivo cuando las pugnas internas han pasado a mayores. De hecho en escena destila un buen humor contagioso mientras a la vez, en las sesiones, es riguroso y atento a los detalles como relajado en las improvisaciones. No exagero al decir que buena porción del arte de Deep Purple se debe a este singular bajista.

En el intermedio de ambas etapas con Purple, sólo volvió a figurar como miembro de una agrupación en Rainbow para el contundente Down to earth (1979) y los siguientes álbumes hasta 1984. Entretanto, y cada vez que la ocasión se lo permitía, ejerció como productor (Nazareth, Judas Priest, Rory Gallagher, Elf, Michael Schenker, Status Quo, Dream Theatre) o instrumentista invitado (Rupert Hine, Gov´t Mule, Andy MacKay, John Perry, Dave Cousins, Pretty Maids y varios de sus ex colegas de banda). Reconoce disfrutar mucho ambas facetas, pues le permiten acceder a músicos de distintas procedencias, hacer amistades, forjar alianzas y ejercitarse. Todo esto sin olvidar, además, su discografía personal como solista.

Deep Purple, encara su auto-titulada gira de despedida...En 1974 debutó con The butterfly ball and the grasshopper´s feast, juntando un impresionante cartel de vocalistas (Tony Ashton, John Lawton, David Coverdale, Ronnie James Dio, el propio Gillan) para un trabajo conceptual basado en un poema para niños, pero con todas las canciones firmadas por Glover. Elements (1978), con una intención más experimental bordeando el rock progresivo, evitó las guitarras eléctricas y contó el apoyo de una sección de cuerdas. Siguieron Mask (1984), de ritmos funk e invitación a bailar, que engancha desde que arranca con «Divided world»; el optimista Snapshot (2002) y If life was easy (2011), junto al Accidentally on purpose, grabado a dúo con Gillan. Estos trabajos muestran a un creador inquieto, no atado a los clichés del rock duro, y cuyos intereses evidentemente van más allá de su agrupación matriz. Por otro lado, le han permitido laborar con gente como Warren Haynes, Oz Noy, Simon Phillips, Randy Brecker, Randall Bramblett y Dr. John, que contribuyen a diversificar sus apuestas.

Aficionado a la pintura y la fotografía, vegetariano no militante y entusiasta de Bob Dylan, el folclor y ciertas aristas de la vanguardia, Roger Glover sigue siendo hoy una baza principal en la historia de Deep Purple en particular, y del rock en general. Si después que concluya la gira actual, el grupo da por finalizada sus actividades, y él decide colgar el bajo y dedicarse a una jubilación apacible rodeado de nietos, me parece un colofón merecido. Lleva una vida entera dedicada a la música. Desde su primera banda sesentera, The Madisons, hasta hoy, ha llovido mucho, y él ha aprovechado cada día para dejar un legado musical y humano que, sin dudas, será recordado.

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