Actualizado el 17 de diciembre de 2017

Jakko

Por: . 13|12|2017

Tal vez de ese turbio panorama temprano halló las fuerzas para seguir hasta hoy. Entre otras cosas, Jakko M. Jakszyk lucha para que la fibra pop y el reto «avant» de cierto rock no sean excluyentes.Para el guitarrista, cantante y compositor Jakko M. Jakszyk (1958, Londres) su actual estancia en King Crimson materializa un sueño adolescente. Con 13 años de edad asistió a uno de sus conciertos y decidió que ese era el tipo de música que quería hacer. Tras décadas pasando por un montón de sesiones y escenarios, desde 2013 forma parte de la reciente alineación del cambiante colectivo. Pero un vistazo a su trayectoria personal muestra que, si bien le fascina ese rock técnicamente demandante, también se interesa por otros sonidos y contextos.

En su caso lo marcaron por igual el rock en oposición y el funk, la escuela de Canterbury y el pop de los años 60, el punk y el rock progresivo, la estética new wave y la musicalización de audiovisuales, las sonoridades de culturas no occidentales y el humor, el jazz, la actuación y la electrónica house. Revoltijo de referencias que ha logrado encajar en su trabajo, a veces de forma más depurada, o mezclando todo sin proporciones calculadas.

Tentativas bandas iniciales (Soon After, Synthesis) dieron paso a 64 Spoons (Landing on a rat column, 1976) donde ya ese deseo de fusionar elementos quedó claro. Desde entonces integró agrupaciones (Level 42, The Lodge) y contribuyó con nombres famosos y perfiles bajos, del power metal al jazz-rock o la canción de tintes progresivos: Saro Cosentino, The Tangent, Mick Karn, Stewart & Gaskin, David Jackson, Pip Pyle, Akiko Kobayashi, Swing Out Sister, Lifesigns, Steve Hackett, Peter Blegvad, Indigo Falls, Sam Brown, Steven Wilson o What If. El grupo Kings Of Oblivion al lado del baterista Gavin Harrison antecedió al proyecto Dizrhythmia, con el contrabajista Danny Thompson y las percusiones de Pandit Dinesh, en sendos álbumes (1988 y 2016) que enfatizaron lo acústico en preciosas melodías atravesadas por breves momentos de jazz, atmósfera tribal y sutileza pop. También publicó a dúo con el cantautor Tom Robinson el We never had it so good (1990) dominado por el rock optimista de «The baby rages on», «What have I ever done to you».

A la par con tales experiencias y manteniendo esa diversidad de estilos, se arriesgó como solista. Silesia (1982), Mustard gas and roses (1994) y Kingdom of dust (del mismo año) suenan a pop-rock con programación electrónica y algo de funk. The road to Ballina (1997) fue un singular proyecto autobiográfico, concebido inicialmente para ser transmitido como programa radial. Pero hay dos opus que fundamentan su esencia como creador: el doble The bruised romantic glee club (2007) y Waves sweep the sand (2009). Ambos incluyen piezas de su autoría y un puñado de covers sorprendentes (de Soft Machine a Bread), tienen espacio para su autonomía instrumental e invitados de lujo, y equilibran sus referentes sonoros mientras decantan pasiones y coordenadas.

En su obra hay potentes instrumentales («Christmas in Krakow», «Kevin Costners golf course», «The devil´s dictionary», «Alien lights in iberian skies») y canciones estructuradas sobre tempos movidos («I´ll stand on my own») o reposados («Forgiving», «It´s only the moon», «Secrets and lies»). Cadencias bailables al estilo nuevaolero planean en «Ingmar Bergamn on the windowsill», «Grab what you can», «Tell me where to run» y «Straining our eyes». Otro punto son sus versiones: «London bridge» (Bread), «Islands» (King Crimson) y «Theme one» (George Martin) suenan reconociblemente cercanas a los originales. Por su parte «Picture of a city» (también de Crimson) toma una exótica dimensión con el inserto de tabla hindú, y «Nirvana for mice» (Henry Cow) respeta la introducción y luego se sumerge hacia una especie de math-rock. En general, su guitarra hace solos concisos y marca armonías, pero elude el protagonismo, por lo cual la interacción de instrumentos es piedra angular tanto en sus composiciones como en los arreglos.

El empleo individual que hace de los teclados, flauta, saxo, marimba y un extenso surtido de cordófonos y percusiones, denota más una necesidad expresiva personal que una exhibición de solvencia en cada uno de ellos. Dada su formación autodidacta (no lee ni escribe música) le concede especial importancia al entrenamiento para generar lo que él llama «memoria muscular», aunque se sirve de anotaciones básicas hechas a su manera. La práctica constante le da confianza para enfrentar todo tipo de repertorios.

Al inicio mencioné su membresía en King Crimson, una saga que se divide en tres capítulos. Primero fue su vínculo al grupo de auto-tributo 21st Century Schizoid Band (2002-2007) donde le tocó sustituir la guitarra de Robert Fripp para interpretar aquellos temas que se había aprendido de memoria escuchando los viejos vinilos. Cuatro años más tarde compartió crédito con Fripp y el saxofonista Mel Collins en A scarcity of miracles, donde (se ve ahora) comenzó a acomodarse una estrategia encaminada a resucitar (otra vez) una banda cuyo final había sido anunciado poco antes a través del retiro de su líder. Evidentemente la química funcionó entre ellos pues en 2013 se proclamó el regreso de King Crimson a los escenarios.

Para no variar, la nueva etapa trajo sorpresas comenzando por la inclusión de tres bateristas (Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Bill Rieflin) y la recuperación de Collins (fuera de la banda desde inicios de los años 70) junto al casi omnipresente Tony Levin en el bajo (es el segundo miembro que más tiempo ha estado en sus filas), amén de la posterior conversión de Rieflin en pianista, al tiempo que Jeremy Stacey ocupaba su lugar con las baquetas. A Jakko (en la voz principal y segunda guitarra) le tocó asumir el rol que durante décadas había recaído en Adrian Belew. De ahí surgieron las comparaciones, aunque pronto quedó claro que se trataba de dos personalidades bien diferentes. Donde Belew explotó su histrionismo gestual –incluyendo cierto frenético toque en las seis cuerdas- Jakko puso discreción en escena (pese a su vena actoral), asumiendo unos solos pulcros y apuntalando el desempeño de Fripp (quien a su vez emplea otra afinación). Incluso, la misma visualidad colectiva se ha transformado: ahora las baterías van delante, con lo cual el foco de atención del público en los conciertos cambia de perspectiva. El melancólico timbre vocal de Jakko y su reconocida fibra melódica, junto a esa alineación sui generis, han permitido rescatar material descartado por años y trabajar en nuevas piezas para lo que se espera sea un próximo disco en estudio. Por el momento, el Rey Carmesí sigue publicando tomas en directo de sus maratónicas giras internacionales, ejercita las improvisaciones como vehículo de creatividad y alista su futuro como entidad.

A todo esto hay que sumar, en cuanto a Jakko, sus aportes en las remezclas de álbumes claves del progresivo británico, la música para series radiofónicas, audiovisuales y juegos de computación, y su labor como productor discográfico. Su trayectoria no incluye canciones de éxito, ni títulos importantes en ventas, y sus comienzos fueron totalmente desestimulantes: proyectos truncos, grabaciones publicadas a destiempo y pequeñas batallas contra los anormales de la industria. Tal vez de ese turbio panorama temprano halló las fuerzas para seguir hasta hoy. Entre otras cosas, Jakko M. Jakszyk lucha para que la fibra pop y el reto «avant» de cierto rock no sean excluyentes.

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