Actualizado el 19 de abril de 2018

Guigou Chenevier

Por: . 29|1|2018

Guigou Chenevier tiene todas las trazas de un tipo indiferente a la falta de éxito comercial: nunca estuvo en sus planes apuntarse a las listas de éxitos.Todo comenzó en 1971 en Grenoble, pequeña ciudad del sureste francés. Guigou Chenevier (1955), especializado en percutir cualquier artefacto que le cayera cerca, armó un trío inicial (Grace Molle) que se fue transformando y cambiando de nombre en años posteriores. Desde su diminuta batería sentó un discurso artístico y humano que todavía hoy le resulta válido. Alejado exprofeso del mercado masivo, mientras retorcía el concepto de rock, su legado es el de alguien que decidió ir contracorriente.

La resaca contracultural de la década anterior, sicodelia incluida, más el impacto de la revuelta social en Mayo del 68 y la búsqueda de lenguajes alejados de la tutela anglosajona, hicieron de la escena gala en los 70 un hervidero. Estaban frescas las utopías, las tendencias más vanguardistas en el arte echaban raíces, y los grupos musicales proliferaban como hongos, mezclando jazz con folk, electrónica y tradición, clasicismo y blues, rock y anarquía dadaísta, extravagancia y pacifismo militante, teatro del absurdo y referencias multinacionales. Fue cuando irrumpieron Magma, ZNR, Clearlight, Art Zoyd, Albert Marcoeur, Lard Free, Urban Sax, Pataphonie, Edition Spéciale, Pulsar, Potemkine, Zao, Wapassou, Total Issue, Alain Markusfeld y tantos más. En ese torbellino nació Etron Fou Leloublan, colectivo que ya en 1973 impulsó definitivamente la carrera de Chenevier.

Etron fue una singularidad en su tiempo. Marcado por otros iconoclastas (el Capitán Beefheart, Soft Machine, Erik Satie) aunque con una desenvoltura propia, tuvo un formato que pugnó por expandirse durante años, pero giró siempre en torno a la sección rítmica de Guigou y el bajista y cantante Ferdinand Richard. Por el trío-cuarteto pasaron en diversas etapas los saxofonistas Chris Ganet, Francis Grand, Gerard Bole du Chaumont, Bernard Mathieu y Bruno Meillier, así como la organista Jo Thirion. A pesar de ese instrumental escueto, más cercano al jazz que al rock, cada uno de sus integrantes se desempeñaba en diversos frentes. El mismo baterista —amén de un set surrealista de tambores que sumaba juguetes, latas de pintura, frascos, utensilios de cocina o cuanto tareco se le ocurriera— se desempeñó como vocalista o tocando el saxo tenor en ocasiones.

De todos modos la música estaba construida sobre tensiones instrumentales, donde humor y actitud naif se codeaban con pasajes improvisados o estrictamente escritos, ya fuera de modo individual o colectivo. Pese a las diferencias, había cierta dosis de uniformidad que permitió labrar un estilo (asumido por exponentes ulteriores: Rattlemouth, PFS, Art Moulu) pero que en su momento no tuvo receptividad, ni siquiera entre sus colegas. Demasiado raro hasta para los estándares de un rock progresivo que se presumía abierto a la exploración, y cuya obsesión con el virtuosismo no encajaba para nada en los ideales del combo galo.

Su discografía es un ejemplo de cómo la precariedad instrumental y la autonomía creativa pueden ir de la mano. Batelages (1976) y Les trois fou´s perdégagnent (1978) son cartas de presentación, con esa fusión de disonancias, sarcasmo, repeticiones delirantes, declamación (más que canto) y disloque rítmico. En public (1980) —grabado en una gira por Estados Unidos— reafirmó tales coordenadas, expandidas en las tres producciones finales: Les poumons gonflés (1982), Les sillons de la terre (1984) y Face aux elements dechaines (1985). Aquí las armonías son más tersas a la vez que se refinan las melodías; jazz, folk y rock colisionan con el espíritu de la canción francesa, y el humor se endurece. Paradójicamente son sus títulos más accesibles, aunque nunca del todo. La frescura inicial cedió paso a la cara amarga de los nuevos tiempos. En esos años ya la banda había pasado por su vínculo con el Rock En Oposición, culminando un ciclo con la autogestión por bandera. La ruptura no se hizo esperar.

Al margen de Etron Fou, el baterista ha desarrollado un frenético tren de acciones, fuera del radar mediático. Organiza festivales (de músicas inclasificables), fundó una disquera (Inoui Productions) para promover emprendimientos arriesgados, y colabora con agrupaciones danzarías y teatrales, además de escribir bandas sonoras para cine. Pasó por equipos efímeros como Encore Plus Grande (Total bliss, 1987), Buga Up (Présage de lapin de la maison, 1988) y Octavo (Des pieds et des mains, 1992), nutriéndose de nuevos aires, del punk a la improvisación libre. Armó también un proyecto centrado en su instrumento (Les Batteries) con el norteamericano Rick Brown y el británico Charles Hayward (este último sólo figuró en el primer álbum) para una recomendable trilogía: Noisy champs (1986), Démesure révolutionnaire (1991) y Bell system (1998).

Por demás, la aproximación de Guigou a la batería es cualquier cosa menos ortodoxa. Explota su rango melódico y sus ritmos no remiten a los de otros. Con un punto de teatralidad visual, van de la sencillez infantil a un pulso desbocado: insertados en la trama sonora, sostienen estructuras mucho más complejas, que el oído inquieto no tarda en descubrir.

A su nombre cuenta con los álbumes Arthur et les robots (1982), Guigou Chenevier et Les Figures (1997), Les rumeurs de la ville (1998), Le batteur est le meilleur ami du musicien (2003) y Pieces musicales avec vue (2006), más sus créditos a dúo con Sophie Jausserand (A l´abri des micro-climats, 1984), Denise Bernet-Rollande (Le diapasón du Pere Ubu, 1993) y el guitarrista estadounidense Nick Didkovsky (Body parts, 2000). Asimismo se le halla en fonogramas de Fred Frith, Christiane Cohade y Video Aventures, o en escena con Slapp Happy en noviembre pasado.

Con su grupo Volapuk casi duplicó el formato triangular de Etron. En este caso el saxo y el bajo eléctrico fueron sustituidos respectivamente por el clarinete de Michel Mandel y el cello de Guillaume Saurel, agregando más adelante el violín de Takumi Fukushima. Con Le feu du tigre (1995), Slang (1997), Pukapok (1999), Polyglot (2000) y Where is Tamashii? (2003) presentó un rock de cámara minimalista que no descarta la ironía, mientras bebe de Stravinsky y el folk gitano. Cuerdas, vientos y percusiones dialogando entre oscuras atmósferas y fogonazos melódicos.

En los últimos años se ha involucrado en experiencias como Balugan (rock de vanguardia y gamelan), Les Phasmes (música concreta), Piles (otro trío de batería), Mutants Maha (cámara y electrónica), Le Miroir Et Le Marteau (¿avant punk?), dúos, tríos y cuartetos de improvisadores, pequeños ensambles experimentales, o acompañando la escenificación de textos de Rimbaud y Mallarmé. Su propuesta grupal estable más reciente parece ser Réve Generale (Howl, 2015), septeto con duplas de guitarras, cellos y violines más su batería, que reúne a miembros de Volapuk y los checos Metamorphosis.

Mira la historia de lejos, reconociendo errores y aciertos, y deslindándose de las etiquetas. Prefiere el presente antes que reverenciar un pasado, aunque sea el suyo. Guigou Chenevier tiene todas las trazas de un tipo indiferente a la falta de éxito comercial: nunca estuvo en sus planes apuntarse a las listas de éxitos. Su opción sigue siendo defender la independencia y la otredad entre tanta música cuadriculada y corporativismo implacable. Trabajar los sonidos para su gusto y quienes quieran escucharlos: sin compromisos. Por todo eso, mis respetos.

Categoría: La Cuerda Floja | Tags: | | | | |

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