Actualizado el 21 de abril de 2018

Javier Ruibal

Por: . 18|4|2018

Fotografía Elías Carmona

Fotografía Elías Carmona

Para Jorge Villa

No se considera cantautor ni flamenco, quizás por pudor y respeto. Sin embargo, no sólo es evidente que se alimenta de ambas fuentes, sino que a la vez ha ayudado a engrandecerlas. Bulerías, tangos y rumbas se entrelazan con aires del Magreb, sones del Caribe y bossa brasilera, para una mixtura en perenne cocción. El pasado año 2017 le fue conferido en España el Premio Nacional de Músicas Actuales, reconociendo el alcance y singularidad de su obra. Es un creador autodidacta, que comenzó cantando en inglés y tocando covers con una guitarra de palo, antes de hacer sus piezas, animándose a grabar sólo cuando sintió que, por fin, tenía algo propio que decir. Ese es Javier Ruibal (Cádiz, 1955): filtro de referencias y uno de los cultores más destacados dentro de las variadas ramas donde crece la canción de autor.

Sus primeros álbumes le permitieron dar a conocer lo que pronto sería un estilo personal, con una sólida base de flamenco. Si bien el debut Duna (1983) pasó casi inadvertido, Cuerpo celeste (1986) y La piel de Sara (1989) contenían los elementos que todavía hoy identifican su propuesta. Pensión Triana (1994), grabado en vivo, fue resumen y consolidación de todo lo anterior, abriendo una ventana al futuro. “Guadalquivir” y “La rosa azul de Alejandría” (con algo de blues colado entre sus cuerdas), la intensa “Bulerías”, “Tanguito” (homenaje al finado rockero argentino de igual seudónimo) y “La flor de Estambul” (su particular y emotiva lectura para la música minimalista del francés Erik Satie) mostraban una suma de esencias anticipando caminos sin prejuicios. Contrabando (1997) y Las damas primero (2001) reforzaron el legado, tras lo cual se apuntó dos registros en directo aunque de facturas diferentes: Lo que me dice tu boca (2005) y Sueño (2011); éste último con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de Córdoba, con las piezas enriquecidas por la concepción para ese gran formato instrumental. Quédate conmigo (2013) y 35 aniversario, publicado tres años más tarde y nuevamente con público, más un montón de amistades que aterrizaron a tiempo para celebrar sus tres décadas y media en el arte (Kiko Veneno, Jorge Drexler, Martirio, Miguel Ríos, Juan Echanove), completan una discografía que, como se puede ver, no es muy amplia en número, pero ha marcado a un buen puñado de artistas dentro y fuera de España. Eso sí, llama la atención que de una decena de discos, cuatro sean “en vivo”, tal vez buscando esa complicidad y retroalimentación que se genera entre espectadores y músicos, sobre todo cuando de flamenco se trata, y que tanto aportan a la interpretación.

Aparece además como invitado en fonogramas de Pedro Guerra, Celtas Cortos y en tributos a Javier Krahe, Jesús de la Rosa (ex líder de la banda Triana), Miguel Ríos, Pablo Guerrero y el grupo madrileño de rock urbano Leño. Junto a eso ha hecho aportes para bandas sonoras cinematográficas, y colaboró con Sara Baras poniendo música a varios de sus espectáculos de baile.

Por lo regular sus canciones giran en torno a las relaciones humanas (afectivas, amorosas) con la mujer —tangible o inalcanzable— como epicentro. Se apoyan en giros costumbristas, describiendo personajes y situaciones que difuminan las fronteras entre ficción y realidad. En sus letras no hay complicaciones: vienen desde (y hacia) el habla popular, diáfanas, con una pizca de argot y mucha poesía coloquial. No es casual que haya echado mano a versos de Federico García Lorca y Rafael Alberti: la literaria “generación del 27” en dos de sus más grandes exponentes. Por ahí también saltan autorías compartidas con Mari Pau Domínguez, Antonio Carvajal, David Broza, Tito Muñoz y Joaquín Sabina, para nombrar solo algunos.

Respecto al sonido, sospecho que su procedencia natal (esa Cádiz de ancestros fenicios, romanos, griegos, árabes y más) influye en esa mezcla donde todo está permitido para una receta multicolor. Hay tientos y alegrías, como hay rock, funk y jazz, tango rioplatense, blues, son y géneros del norte de África. Más que enfocarlos directamente, Ruibal los destripa, les da la vuelta y los vuelve a armar. El resultado es una música viva, rica en ingredientes, pero manteniendo al flamenco en el centro neurálgico. Palmadas y ritmos desde el cajón, dinámica labor guitarrera e inflexiones vocales (en su caso con una fuerza realmente impresionante, sin dejar de ser melódica) establecen la conexión. Ahí también juegan un rol destacado los instrumentistas que lo respaldan. Entre ellos sus coterráneos Chano Domínguez (piano), Jorge Pardo (saxos y flauta), Pedro Estevan (percusiones) y Gerardo Núñez (guitarra), junto al alemán Andreas Prittwitz (saxo y flauta), el británico John Parsons (guitara eléctrica) o el argentino Marcelo Fuentes (bajo). A destacar, además, la presencia de cubanos en su discografía: Gema Corredera, Manuel Machado, Luis Dulzaides y Oriente López, entre otros.

A propósito: en cuanto a Cuba, vale recordar que Javier se presentó por primera vez en escenarios nacionales en 1997. Desde esa fecha ha repetido visitas en varias ocasiones, interactuando con Santiago Feliú, Kelvis Ochoa, Jorgito Kamankola y Luis Alberto Barbería (con quien protagonizó una gira). Por otra parte, produjo al ex Arkanar Alejo Martínez, y participó en un disco homenaje al trovador Noel Nicola, mientras “La flor de Estambul” fue grabada por la agrupación Aceituna Sin Hueso para su debut Marginales.com (2003). En temas suyos (“Tabaco y tinto de verano”, “El guapo que te quiera”, “Vinos y besos”, “Toito Cái lo tengo andao”) afloran influencias de la música de nuestro país, mientras “Habana mía” (que creo en ocasiones se rinde ante algún que otro innecesario cliché) está dedicada a la capital de todos los cubanos.

Con disquera propia —que le garantiza independencia del cada vez más ominoso engranaje comercial— y un proyecto familiar (Casa Ruibal) desde 2013, acompañado por sus hijos Lucía (bailaora) y Xavi (percusiones), busca y halla tiempo para componer, producir, contribuir, proponer. Ana Belén, Mónica Molina y Pasión Vega cantan sus composiciones, pero su huella se extiende a otros cultivadores de la canción hispanoamericana. El trabajo de Ruibal es una de las mejores pruebas de que no hay distancias entre Los Beatles y Serrat, entre Hendrix y Camarón. Una punta del Mediterráneo se enlaza con el Mar de las Antillas; un acorde nacido en el delta del Mississippi se hermana a un quejío andaluz.

Decepcionado de la política y sus vaivenes, con una izquierda manipuladora, una derecha de retranca y un centro siempre bajo sospecha, pasa de nacionalismos (“patrias y banderas, para el que las quiera”) y deposita más fe en el individuo que en la “masa” despersonalizada. Desertor de los estudios de Medicina, se volcó en la canción en un instante crucial de su vida. Hoy no cabe duda de que el Arte ganó con creces, y por el camino quedó un prospecto de doctor. Si hay algo de cierto en una etiqueta tan indefinida y a la vez abarcadora como la de “música actual”, parece hecha justa a la medida del quehacer de Javier Ruibal.

 

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