Actualizado el 23 de mayo de 2018

Terje Rypdal

Por: . 18|5|2018

Para Carlos Labra

En 2017 cumplió 70 años de vida y los celebró tocando a tope con un nuevo grupo, Conspiracy. Mientras hay quienes prefieren la jubilación, el noruego Terje Rypdal (Oslo, agosto de 1947) sigue dando guerra. Pulsa la guitarra en discos propios y ajenos, festivales y conciertos, pero escribe también partituras orquestales para conjuntos varios. No es un tipo mediático, y a pesar de su extensa trayectoria tampoco es muy conocido que digamos. No obstante, tiene una obra que lo sustenta y que por más de cinco décadas ha desafiado gustos, modas y encuestas de popularidad.

Como muchos jóvenes a inicios de los años 60, se interesó por el rock & roll instrumental, antes de recibir el influjo jazzístico. Así permutó de sus primeros combos con aliento hippy (The Vanguards, The Dream) a las bandas de sesudos del free-jazz (George Russell, Lester Bowie). El entrenamiento le abrió unas perspectivas sonoras que lo atraparon, junto a su interés inocultable por las propuestas de Jimi Hendrix, Miles Davis, Krzysztof Penderecki y Gyorgy Ligeti. Todavía hoy sigue abrevando en esas fuentes.

Su debut en solitario fue con Bleak house (1968) que oscilaba entre momentos de swing, soul sicodélico y los pasajes atmosféricos que se volvieron su marca de fábrica. Luego llegó su nexo al prestigioso sello disquero alemán ECM (que continúa hasta hoy) y una primera etapa marcada por el jazz, pero abierta a una exploración que se particularizó en esos sonidos envolventes entre la turbulencia y la calma. Después entregó Whenever I seem to be faraway (1974), el medular Odyssey (1975), Waves (1977) y Descendre (1980) que sirven de introducción si se quiere conocer el estilo de Rypdal. Así como esos títulos lo presentaban en contextos grupales más o menos amplios, en After the rain (1976) la ausencia de un equipo de respaldo (él lo grabó todo) redundó en un mayor énfasis por lo textural, en detrimento del dinamismo presente en los demás.

Una segunda fase corresponde a composiciones enraizadas en la moderna música concertante. Construidas a la manera “clásica” (sonata, suite) para ensambles orquestales y corales, a veces ni siquiera participa él mismo con su guitarra. Undisonus (1990), QED (1991), Double concertó/5th symphony (2000), Lux aeterna (2002) y su último trabajo oficial por ahora, Melodic warrior (2013) resumen esta inclinación. No es que sean dos vertientes que se excluyen –de hecho hay álbumes donde coexisten- sino apenas un intento de catalogar sus producciones por sus rasgos más característicos. Todo esto se completa con títulos como Vossabrygg (2006) y Crime scene (2010) en los que mezcla jazz maduro, funk, rock y electrónica.

Otras aristas interesantes son sus binomios, concretados junto al cellista David Darling para EOS (1984), la violinista Birgitte Staernes (Sonata opus 73/Nimbus opus 76, 2002), el pianista Ketil Bjornstad (Life in Leipzig, 2008) y la trilogía compartida con el guitarrista Ronnie Le Tekro (entre 1997 y 2002). En ellos se movió por lo experimental, lo camerístico, el jazz contemporáneo y un enérgico toque metalero no exento de lirismo, respectivamente. Asimismo estuvo la labor con la banda temporal The Chaser materializada en cuatro fonogramas (Chaser en 1985, Blue en 1987, The singles collection dos años después, y en 1995 If mountains could sing) que lo reconciliaron con su vena más rockera. Mención aparte para la dupla de grabaciones (1979, 1981) a trío con el contrabajista checo Miroslav Vitous y el baterista norteamericano Jack DeJohnette. Páginas como “Flight”, “Seasons”, “To be continued” y “Sunrise” son explosividad a raudales, entre remansos de paz.

Si bien hay una marca en su música (buen ejemplo son esas largas notas que desarrolla con el control de volumen o los compresores) sus discos ofrecen una gran gama expresiva. Quien busque melodías hipnóticas tiene a “That´s more like it”, “Electric fantasy”, “Sonority”, “Waltz for broken hearts/Makes you wonder” o “Bend it”, y para los aficionados a la adrenalina están “Ambiguity”, “Sprott”, “U.N.I.”, “Geyser”, “Champagne of course”, “Laser”, “Don Rypero” o “The secret life”, en abierto contraste con la acústica “Now and then”. Hay piezas que avanzan desde un inicio tranquilo ganando intensidad (“Over birkerot”, “Notteliter”, “Charisma”, “Ved sorevatn”, “Inseiling”); otras coquetean con el blues sin serlo con exactitud (“Omen”), se regodean en los ritmos y ambientes electrónicos (“Jungeltelegrafen”, “Key witness”) o suenan tan contagiosas como “Daredevils”. Combina el gusto por las armonizaciones del jazz y el free-rock más espontáneo. Deja espacios al silencio o cede protagonismo a instrumentos como la trompeta en “Midnite” o “Speil”, mientras diseña laboriosamente las texturas y no descarta la potencia desbocada o bajo control, en situaciones de improvisación.

Enfocado en sus ideas, pocas veces acude a piezas de que no sean suyas, salvo las que se firman en coautorías, o si se trata de las de colegas integrados en sus proyectos. Tocar temas ajenos lo deja para las más de cuarenta contribuciones discográficas multinacionales en las que ha participado, bajo las banderas de Barre Phillips, Michel Galasso, Jan Garbarek, Palle Mikkelborg, Tomasz Stanko, Edward Vesala, Markus Stockhausen, Karin Krog, Paolo Vinaccia, John Surman, Michael Mantler, Pal Thowsen, o el grupo Secret Garden para citar unos cuantos. O, por ejemplo, en su repaso a “Not a second time” del más añejo cancionero Beatle, incluida en un tributo al cuarteto británico que se publicó en 1995.

Por años un puñado de amigos ha prestado sus habilidades para respaldarlo: los bajistas Arild Andersen y Bjorn Kjellemyr, los bateristas Jon Christensen y Audun Kleive, y los ya mecionados Mikkelborg (trompeta), Garbarek (saxo) y Bjornstad, han sido los más constantes, junto a acompañantes de ocasión (Billy Cobham, Victor Bailey, Trilok Gurtu, el Hilliard Ensemble, su hijo Marius Rypdal). Recientemente se le ha visto compartiendo con Elephant9, retomando su veta de jazz-rock progresivo. La energía que le brinda este joven trío (órgano, bajo y batería) es el soporte perfecto para que el guitarrista interactúe con solos y riffs incendiarios. Excelente manera de recordarnos que veteranía no significa anquilosamiento.

Su nombre no se menciona con demasiada frecuencia, salvo en círculos muy concretos, pero cuenta con el seguimiento de un sector no desdeñable del público y un ganado respeto dentro de su profesión. Una buena prueba es el álbum Sky music (2017), donde músicos de diferentes promociones, tendencias y latitudes (Henry Kaiser, Raoul Bjorkenheim, David Torn, Bill Frisell, Hedvig Mollestad y más) se reunieron para homenajearlo.

Casado con las seis cuerdas, también hace uso de la flauta y –en menor medida- sintetizadores, percusión, saxo soprano y piano. Establece una alternancia entre interpretar y componer, buscando inspiración en la naturaleza nacional (optó por vivir en las montañas). Ha ralentizado sus entregas, pero sigue tocando, y no hay síntomas que indiquen que piensa detenerse. Desde su guitarra de guerrero melódico Terje Rypdal parece decirnos: “que pare el que tenga frenos”.

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