Actualizado el 25 de agosto de 2018

Ben Harper

Por: . 14|8|2018

Para Alejandro Frómeta

Toda su obra es un contrapunteo constante entre la sutileza del cantautor y la energía del rockero. Por supuesto, hay otros muchos ingredientes más, pero la esencia es ese debatirse en las aguas turbulentas que mezclan tradición y modernidad. De su California natal al mundo, Ben Harper (1969) ha encontrado un nicho lo suficientemente amplio como para albergar la música que lleva dentro. Música con mensajes de rabia y amor, convicciones y sueños, donde lo más íntimo —al punto del desgarro— va a la par de la crónica social de choque.

Harper, aunque nacido en el otro extremo del país, viene directamente del blues, de sus escuelas complementarias de Nueva Orleans y Chicago. Se aprecia en su entrega pasional, en el trasfondo de sus vocalizaciones, en el aire que envuelve muchas de sus piezas. Y si bien en sus discos hay numerosas muestras que lo atestiguan, la pareja de álbumes que grabó con el icónico Charles Musselwhite (1944) ofrece un mejor ejemplo. Tanto en Get up! (2013) como en No mercy in this land, publicado en marzo del presente año, la parte compositiva descansa en la pluma del joven Ben, mientras el veterano Charlie pone su armónica al servicio de temas a su medida. Separados por un cuarto de siglo en edad, vibran en la misma sintonía, y hallaron un terreno común para laborar. “Love and trust”, “Trust you to dig my grave”, “You found another lover (I lost another friend)” o “I don´t believe a word you say” incorporan las claves de un género construido entre el dolor y la belleza, testimoniando que el encuentro es mucho más que la suma eventual de dos tipos que beben de idéntico licor musical.

En realidad, cuando Ben Harper debutó con Welcome to the cruel world, en 1994, ya exponía una dinámica donde lo acústico y el blues tomaban un peso importante, ligados al rock más amplio. Fight for your mind (1995), The will to live (1997) y Burn to shine (1999) cerraron su paso por la década de los años noventa, un período en el cual se estabilizó en ese esquema de canción que no le teme a otras tendencias. En el último de los fonogramas citados ya empezó a compartir crédito con The Innocent Criminals, banda de instrumentistas que, con pocos cambios, lo había acompañado antes, para reaparecer intermitentemente en el futuro.

Sin embargo, el Tercer Milenio presenció una bifurcación en su trabajo. Paralelo a sus álbumes como solista comenzó una serie de colaboraciones que aportaron inesperada diversidad a su trayectoria. Por ejemplo, tras el Diamonds on the inside (2003) aterrizó con There will be a light (2004), en unión al longevo conjunto vocal The Blind Boys of Alabama. Grabación imbuida de góspel, puso al descubierto otra de las fuentes referenciales de Harper. A este hay que agregar la pareja de títulos ya mencionados al lado de Musselwhite, y Childhood home (2014) donde compartió protagonismo con su madre en piezas concebidas por ambos y que pese a su inicio country-pop se consolida en torno a un folk melódico interpretado en familia.

Retomando la producción a su nombre, en el doble Both sides of the gun (2006) se hizo cargo de buena parte de lo que se escucha, seguido por Lifeline, un año después, nuevamente con Los Criminales Inocentes. Para White lies for dark times (2009), mucho más marcado por el blues-rock, se apoyó por única vez en un nuevo piquete, Relentless7. Continuaron Give till it´s gone (2011) y Call it what it is (2016), más algunos registros en vivo, en una carrera creativa que ha combinado éxito comercial y compromiso político con las causas humanas que lo tocan de cerca.

En 2010 Ben hizo otro movimiento singular: después de darse a conocer en solitario (pese al acompañamiento más o menos estable de sus equipos) se unió a otros dos cantautores —Joseph Arthur (1971) y Dhani Harrison (1978)— para crear Fistful of Mercy, suerte de “supergrupo” (denominación un tanto rimbombante) que facturó el álbum As I call you down ese mismo año. Fusionando aires de folk sicodélico con un pop adulto en hermosas composiciones a tres voces, deudoras en buena medida de lo hecho por Crosby, Stills & Nash cuatro décadas atrás, y adornadas por el subyugante violín de Jessy Green, abrió espacios para una colaboración que hasta hoy —pese a declaraciones— no ha definido una continuidad.

En su discografía hay funk, reggae, country, soul. Basta con tomar cualquiera de sus títulos para toparnos con esa amalgama de sonoridades. Riffs ledzeppelinianos conviven con melodías a media voz, ritmos tensos, tonos menores e insistentes guitarreos. Junto a temas tranquilos (“Ashes”, “Another lonely day”) hay otros cruzados de intensidad eléctrica (“God fearing man”, “Faded”, “So high, so low”) o dominados por su expresiva manera de cantar (“How dark is gone”). Casi siempre, además de asumir el rol vocal, Harper se ocupa de las guitarras, sobre todo esa que se pulsa colocada encima de las piernas, con un aditamento de metal, plástico o vidrio para frotar las cuerdas en el mástil, y que se suele conocer como hawaiana.

Junto a instrumentistas de base y secciones de metales o cuerdas, se han colado invitados como Jackson Browne, Ladysmith Black Mambazo, David Lindley, el ex Blues Project Danny Kalb y el ex Beatles Ringo Starr, entre algunos más. Sin embargo, para su proyección escénica alterna entre su banda de ocasión, y otras a golpe de individualidad que le sirven para tomar el pulso a sus canciones desnudas.

Muchos de sus textos abordan experiencias personales o de su contexto inmediato, como la pesadilla que retrata en “Don´t take that attitude to your grave” (“escucho helicópteros cada día sobre mi casa”), los confusos sentimientos por el paso del tiempo (“Goodbye to you”), la necesidad de gritar bien alto los credos (“Fight for your mind”), la denuncia sin cortapisas (“Call it what it is”), o moviéndose entre el optimismo de “With my own two hands” y la sombría desesperanza en “Both sides of the gun”. En ocasiones parece que canta desde el fondo de un pozo, o de una botella, o de los sentimientos: cicatrices de vida. La mayoría lleva su firma, a veces en coautoría con algún colega.

Pero no descarta versionar a Bob Dylan, Leonard Cohen, Chris Darrow, Lou Reed y Bruce Springsteen, tanto en vivo como en estudio, y contribuye en tributos a Fats Domino, Neil Young y otros. Están también sus no muy abundantes colaboraciones que lo sitúan al lado de la brasileña Vanessa da Mata, Jovanotti, Taj Mahal, John Mayer, Pearl Jam, Toots & The Maytals y el ex bajista de Led Zeppelin John Paul Jones: una lista que en cualquier momento puede aumentar.

Brincó desde el circuito folk de la costa oeste norteamericana a los escenarios internacionales sin adulterarse, actualizando el legado de la llamada canción protesta desde una sensibilidad pop. Es un trovador que enchufó al corazón su guitarra eléctrica y decidió dejar una huella que incluyera tanto sus convicciones como sus dudas. No me entusiasmo con la totalidad de lo que ha hecho, pero su postura artística cuenta con todo mi respeto.

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